Por lo tanto, ya que estamos rodeados por una enorme multitud de testigos de la vida de fe, quitémonos todo peso que nos impida correr, especialmente el pecado que tan fácilmente nos hace tropezar. Y corramos con perseverancia la carrera que Dios nos ha puesto por delante. Hebreos 12:1 NTV
Con sus flecos de colores en los extremos de los mangos, que
parecían las colas de una niña coqueta recién peinada, los frenos recién
reparados por mi padre y ese olor a caucho nuevo que emanaban las llantas de
cara blanca… Al empujarla, respondía con ese sonido que no es ruido, sino
susurro: un clic–clic leve de la rueda libre, mientras la cadena, todavía fría,
dejaba escapar un tintineo suave, metálico, casi íntimo, como cucharas chocando
en una cocina. Siempre nos delataba y no podíamos sacarla a escondidas.
Así era nuestra bicicleta familiar. No era personal; era de
uso colectivo: una Vecesa californiana. No era nueva, pero lucía radiante
comparada con el esperpento oxidado y rechinante, con llantas de caucho macizo,
que ni siquiera tenía asiento. Fue el regalo de unos familiares y a nosotros
nos deslumbró desde el primer momento. Así comenzó mi amor por las bicis.
A mis 52 años aún encuentro gran deleite en conducirlas, y
esa mañana de jueves me transporté al trabajo en la mejor que he montado en mi
vida: liviana, veloz y con un sistema de frenado por discos que no tiene
parangón. Al empujarla, sentí que no avanzábamos sobre la calle, sino sobre una
línea invisible entre lo real y lo sagrado. Había descendido conmigo, había
escuchado mi respiración desordenarse y luego encontrar ritmo otra vez.
La indisposición de algunos de mis alumnos y la complicación
de horarios de otros me forzaron a volver más temprano a casa. Pero, oh
sorpresa, había un encargo de mi esposa que debía llevar conmigo, y me percaté
de ello segundos antes de salir. Pensé en dejarlo y volver más tarde en auto,
pero finalmente me decidí a colocar los 11 kilos de glicerina de jabón en mi
mochila táctica. No se sintió incómodo, y me monté para el regreso.
He aquí, yo estoy oprimido debajo de vosotros como está
oprimida una carreta llena de gavillas. Y la huida le fallará al ligero, y el
fuerte no fortalecerá su poder, ni el valiente salvará su vida . El que empuña
el arco no resistirá, el ligero de pies no escapará, ni el que monta a caballo
salvará su vida . Amós 2:13-15 LBLA
La misma ruta, las mismas calles, las mismas subidas y el
mismo cuerpo me esperaban para cubrir los 14 kilómetros que me separaban de mi
hogar. Aunque al inicio la diferencia fue leve, no fue el mismo esfuerzo. No
porque el camino hubiera cambiado, sino porque llevaba peso extra.
No se deleita en la fuerza del caballo, ni se complace en
las piernas ágiles del hombre. El Señor favorece a los que le temen, a los que
esperan en su misericordia. Salmo 147:10-11 LBLA
Los muslos parecían incendiarse en las subidas. El esfuerzo
se incrementó en un 13.5 %, y parecía que estaba practicando entrenamiento con
lastre. Aumentó la carga lumbar, y mi cuello y trapecios fueron castigados;
incluso se alteró el patrón respiratorio. El camino no fue el problema: era lo
que llevaba encima. La fuerza que la gravedad ejercía parecía una ráfaga
violenta de viento que me empujaba de regreso.
Echa sobre el Señor tu carga , y Él te sustentará; Él
nunca permitirá que el justo sea sacudido. Salmo 55:22 LBLA
A veces pensamos: “este año está más duro”, “antes no
costaba tanto”, “seguro ya no tengo la misma fuerza”. Pero no siempre es el
camino. Muchas veces es lo que llevamos encima. En mi caso, la ruta era
conocida, las subidas no eran nuevas, la misma mochila. Lo nuevo era la carga.
Ese peso que no se ve… pero se siente. Nadie podía notar la diferencia.
No hubo alarmas ni advertencias, pero en la subida la
respiración cambió, las piernas ardieron antes y el corazón se aceleró. Así
pasa con preocupaciones no entregadas, responsabilidades que Dios nunca pidió,
culpa vieja, expectativas ajenas, orgullo silencioso y el “yo puedo solo”. No
se ven, pero hacen más empinada la subida. Un 13.5 % más todos los días. Ese
peso extra no duplicó la ruta, no me detuvo ni me hizo caer; solo hizo todo un
poco más difícil.
Pónganse mi yugo. Déjenme enseñarles, porque yo soy
humilde y tierno de corazón, y encontrarán descanso para el alma. Pues mi yugo
es fácil de llevar y la carga que les doy es liviana». Mateo 11:29-30 NTV
Y ese es el peligro: no es un peso que mata, es un peso que
cansa. No hace abandonar la fe, pero sí caminar sin gozo; servir sin descanso;
amar sin libertad. Dios no aplaude por sufrir más, ni por llegar cargado, ni
por demostrar resistencia espiritual. Ni por subir con peso innecesario. Si la
carga no es ligera, probablemente no es Suya.
Detenerse también es fe. Hay momentos santos en el camino
cuando decidimos bajar la mochila. No es rendición ni debilidad: es
discernimiento. Es decir: “esto ya no lo cargo yo”.
echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene
cuidado de vosotros. 1 Pedro 5:7 LBLA
El viernes siguiente ya no pude montar. El esfuerzo disparó
una pequeña crisis: el ácido úrico lo he tenido alto y, sumado al ejercicio
intenso, una posible microdeshidratación y mi perfil metabólico, causaron un
fuerte dolor en la articulación metatarsofalángica (base del dedo gordo del
pie). Ahora me queda hacer una pausa estratégica —sin heroísmos— de 3 a 5 días
sin bicicleta ni ejercicio de impacto, ajustar la dieta durante 7 días e
hidratarme de forma terapéutica. Una lección aprendida y un descanso necesario.
Él les dijo: Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y
descansad un poco. Porque eran muchos los que iban y venían, de manera que ni
aun tenían tiempo para comer. Y se fueron solos en una barca a un lugar
desierto. Marcos 6:31-32 RVR 1960
Mientras reposo, recuerdo el disfrute de los paseos de mi
infancia, cuando al volver a casa la empujaba sin prisa, como quien acompaña a
alguien que ya hizo suficiente por hoy. La bicicleta respondía como si todavía
quisiera avanzar, aunque los pies ya descansaban, y las llantas murmuraban
contra el suelo un shhh… shhh… constante, parecido al de una escoba barriendo
recuerdos.
Cada vuelta parecía decir: aquí seguimos, no se ha acabado.
No se quejaba; contaba lo que había visto y el disfrute del camino, sin pesos
ni cargas extras. Una carrera que provocó un pequeño jadeo, no de dolor, sino
de satisfacción. Como las rodillas de un viejo caminante que sonríe al
sentarse, sabiendo que el final está cerca.
He peleado la buena batalla, he terminado la carrera y he
permanecido fiel. Ahora me espera el premio, la corona de justicia que el
Señor, el Juez justo, me dará el día de su regreso; y el premio no es solo para
mí, sino para todos los que esperan con anhelo su venida. 2 Timoteo 4:7-8 NTV
ORACIÓN:
Señor, muéstrame qué peso estoy cargando que Tú nunca
pusiste en mis hombros.
Enséñame a caminar ligero, a subir confiado, a soltar lo que no es mío.
Sobre todo, a despojarme del lastre del pecado que me estorba y me impide
avanzar en Tu senda. He aprendido Tu camino, sé conducirme y subir montañas de
dificultad,
pero necesito quitar todo peso innecesario para correr Tu carrera de la fe. Amén.
Ray & Lily
https://www.youtube.com/watch?v=xbrbo46FDQA&list=RDxbrbo46FDQA&start_radio=1

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