TERMINAL

 'Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. ' Génesis 1:2 RVR1960

 

Tenía la tarea de hacer unas compras y todas las opiniones apuntaban hacia ese lugar, me resistí un poco pero finalmente me decidí para hacer la visita y hacerme de los productos que necesitábamos con mi amada. No quise internarme con el automóvil y lo dejé estacionado en los alrededores, como a unos 300 metros de los márgenes. Moví la cabeza de un lado al otro, de manera rápida, lo que provocó un chasquido en mis vértebras cervicales.

 

El sol brillaba cerca de su cénit y de pronto me vi absorbido por la bastedad y el caótico orden de aquel lugar. Comenzaron a venir recuerdos de infancia, cuando cerca del final de año, acompañábamos a nuestros padres para hacer las compras de la época. Una sobreestimulación de olores que van desde lo aromático de frutas y verduras, pasando por los intensos mariscos y hasta los fétidos que provienen de los sanitarios públicos o de un rincón o esquina convertida en uno de ellos.

 

Cuando vio a las multitudes, les tuvo compasión, porque estaban confundidas y desamparadas, como ovejas sin pastor.  Mateo 9:36 NTV

 

Qué decir de las imágenes e historias implícitas de comerciantes, comensales, compradores. Rostros sonrientes, tristes, cansados y ceños fruncidos. Ancianos, adultos, jóvenes y niños se desplazan en una vorágine de transeúntes. De pronto, el bullicio comenzó a subir como una marea imparable. Gritos anunciando ofertas, motores de buses encendidos, radios a todo volumen y el golpeteo de carretas que se abrían paso entre la multitud. A mi lado pasó un muchacho empujando una carreta cargada de cajas de tomate que amenazaban con derrumbarse; detrás, dos mujeres regateaban el precio de un manojo de hierbabuena mientras un bebé dormía amarrado a la espalda de una de ellas.

 

Cada paso revelaba un nuevo universo. Entre un puesto de repollo y otro de llantas usadas, aparecían pequeñas cantinas donde hombres bebían desde temprano, tratando quizá de olvidar algo… o de recordar. Más allá, una hilera de máquinas traga-monedas iluminaba un rincón oscuro, parpadeando como si intentaran competir con el sol que se filtraba entre los techos improvisados. Personas entraban y salían con la mirada perdida, apostando sus monedas y, tal vez sin saberlo, también fragmentos de esperanza.

 

Pues el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar a los que están perdidos. Lucas 19:10 NTV

 

El tránsito humano se mezclaba con el tránsito vehicular: buses jadeando, carros pitando, motocicletas serpenteando como si fueran parte natural de la corriente. Bicicletas cargadas de pan, de hielo, de tortillas, de sueños, pasaban rozándome los brazos. Y yo caminando, apenas pudiendo mantener el ritmo de aquella coreografía desordenada donde cada quien lleva prisa y, al mismo tiempo, parece llevar décadas de estar detenido en el mismo sitio.

 

Pasé junto a una calle donde, con miradas rápidas, hombres y mujeres ofrecían su cuerpo a quien estuviera dispuesto a pagar. No había glamour ni misterio; solo una necesidad profunda y un cansancio aún más profundo. La vida se vende, se negocia, se intercambia… como cualquier otro producto de la Terminal. Su suelo, irregular y resbaloso por restos de hielo derretido y escamas de pescado, obligaba a mirar dónde pisar. Y aun así, era imposible no levantar la vista para ver los rostros: cada uno con una historia. Historias que quizá nunca serán contadas, pero que gritan silenciosamente desde sus ojos.

 

Y en medio de ese caos —ese caos vibrante, ruidoso, vivo— me descubrí pequeño. Un visitante más en un universo que funciona con sus propias reglas, donde la vida se abre paso con fuerza, con crudeza… y con una belleza que solo aparece cuando uno se atreve a mirar más profundo.

Mientras avanzaba entre aquel laberinto de voces, colores, olores y caminos que parecían multiplicarse, algo comenzó a inquietarme por dentro. La Terminal no era solo un mercado: era un punto de convergencia, un espacio donde todos —sin importar edad, historia o condición— llegamos porque tenemos necesidades. Unos buscan comida, otros trabajo, otros compañía, otros escape… pero todos buscamos algo.

 

Y este mismo Dios quien me cuida suplirá todo lo que necesiten, de las gloriosas riquezas que nos ha dado por medio de Cristo Jesús. Filipenses 4:19 NTV

 

Y pensé: así es la vida espiritual también. Todos venimos al Señor con necesidades profundas, aunque cada uno lo haga desde rincones distintos del alma. Y la Terminal, con todo su caos, se convirtió para mí en un recordatorio vivo de esa verdad.

A cada metro que caminaba, me cuestionaba cómo alguien podía orientarse allí. Para mí, todo era confuso, casi abrumador. Cada pasillo parecía igual al anterior; cada giro abría una nueva ruta que podía desviarme. Pero alrededor mío, había personas moviéndose con absoluta naturalidad. Ellos sabían dónde estaban las salidas, conocían atajos, podían encontrar exactamente lo que buscaban sin siquiera detenerse a pensar. Están habituados, pensé. Han aprendido a moverse en ese caos.

 

Confía en el Señor con todo tu corazón; no dependas de tu propio entendimiento. Busca su voluntad en todo lo que hagas, y él te mostrará cuál camino tomar. Proverbios 3:5-6 NTV

 

Y entonces me golpeó esta idea: quizá así se siente alguien que intenta escuchar la voz de Dios por primera vez. En medio de tantos ruidos del alma —miedos, opiniones, deseos, presiones, dudas— distinguir Su voz puede parecer imposible. Pero quienes han caminado con Él por años pueden reconocer Su susurro entre miles, del mismo modo que un comerciante reconoce el camino entre los pasillos de aquella Terminal.

 

Esto dice el Señor: «Deténganse en el cruce y miren a su alrededor; pregunten por el camino antiguo, el camino justo, y anden en él. Vayan por esa senda y encontrarán descanso para el alma. Pero ustedes responden: “¡No, ese no es el camino que queremos!”. Jeremías 6:16 NTV

 

Para orientarme, tuve que confiar en algo básico: mi sentido de dirección. Hacer rutas en mi mente. Recordar puntos de referencia. Reconocer hacia dónde había venido para saber hacia dónde seguir. Y eso también me habló. Porque en la fe, cuando todo parece confuso, Dios nos llama a lo esencial: a recordar lo que Él ya nos dijo, a volver a los fundamentos, a mirar hacia dónde nos ha traído y hacia dónde quiere guiarnos.

 

Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco, y ellas me siguen. Juan 10:27 NTV

 

Pero escuchar implica detenerse. Reconocer implica caminar con Él. Seguir implica confiar incluso cuando todo alrededor parece un desorden imposible de navegar. La Terminal me mostró, con crudeza y belleza, que todos somos caminantes en un mundo ruidoso. Y aunque a veces nos sintamos perdidos, confundidos o fuera de lugar, Dios no deja de llamarnos. Su voz no compite con el ruido: lo atraviesa. Él sigue siendo el punto de referencia que no cambia, la salida que siempre conduce a casa.

 

Pasado el terremoto hubo un incendio, pero el Señor no estaba en el incendio. Y después del incendio hubo un suave susurro. Cuando Elías lo oyó, se cubrió la cara con su manto, salió y se paró a la entrada de la cueva. Entonces una voz le dijo: —¿Qué haces aquí, Elías? 1 Reyes 19:12-13 NTV

 

ORACIÓN:

Señor, enséñame a reconocer Tu voz aun cuando mi vida se parezca a esta Terminal. En este mundo todos necesitamos orientación, dirección y la certeza de que no caminamos solos. En tu gran amor, no dejes de hablarnos, aunque parezca que no escuchamos, finalmente tu voz traerá el caos al orne, cómo en el principio lo narra tu palabra. Mientras tanto concédenos la gracia de ser alcanzados por tus brazos de amor eterno. Amén.

 

Lily & Ray

https://www.youtube.com/watch?v=YapmXYhkzP0&list=RDYapmXYhkzP0&start_radio=1

 

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