NINO

Confíen siempre en el Señor, porque el Señor Dios es la Roca eterna. Isaías 26:4 NTV


Mientras caminamos sobre el pasto que brota entre las tierras volcánicas, una fragancia inesperada despierta recuerdos que parecían dormidos. Es el anisillo, una hierba silvestre que crece generosamente en las faldas del volcán de Pacaya. A cada paso la vamos aplastando sin intención, pero lejos de desaparecer, responde perfumando nuestro camino.

 

Me hace pensar que hay personas así. Aunque hayan sido golpeadas una y otra vez por las circunstancias, todavía perfuman el camino de quienes las rodean. Hace muchos años escuché una comparación que nunca olvidé: cuando se estrujan las hojas de un limonero, brota una fragancia que de otra manera pasaría desapercibida. El sufrimiento no crea el perfume; simplemente deja al descubierto lo que ya habitaba en su interior.

 

El paisaje es sobrecogedor. El verde intenso contrasta con las enormes coladas de lava endurecida que un día descendieron abrasándolo todo. El aire fresco, mezclado con un leve aroma a azufre, llena los pulmones y obliga a detenerse por un instante para observar la grandeza del Creador. Desde ahí se contemplan los distantes Volcanes de Agua, Fuego, con sus fumarolas y el Acatenango.

 

Han pasado ya diez años desde la última vez que estuvimos aquí. En aquella ocasión decidimos despedir el año acampando en la meseta del volcán junto con nuestros hijos, un sobrino, un amigo... y Nino. Así quería que lo llamáramos. Su pierna derecha había quedado deformada después de un accidente y caminaba arrastrándola con evidente dificultad. Antes de conocerlo vivía debajo del Puente Belice. La primera vez que lo vi llevaba una nariz de payaso mientras dirigía el tránsito entre los vehículos cerca del mercado San Martín, buscando algunas monedas para sobrevivir. Confieso que jamás imaginé cuánto terminaría enseñándome aquel hombre.

 

Poco tiempo después apareció en una vigilia de oración en la pequeña iglesia donde nos congregábamos. Nadie imaginó que aquella noche sería el comienzo de una nueva historia. Sin darnos cuenta, Nino fue encontrando un lugar entre nosotros. La iglesia dejó de verlo como un indigente y comenzó a verlo como un hermano. Entre todos lo acompañamos durante una etapa importante de su camino, compartiendo con él mesa, abrazos, aventuras y esperanza.

 

Con el tiempo comenzó a integrarse a la comunidad. Aprendió nuestros nombres y nosotros aprendimos a mirar más allá de su apariencia. De alguna manera terminó siendo parte de la familia. Vivió una temporada con nosotros, antes de que Lily y yo nos casáramos, y compartió incontables aventuras. Lo llevamos a campamentos de jóvenes, caminatas, reuniones familiares y viajes. Nunca olvidaré escucharlo cantar con todas sus fuerzas. Su voz, aguda y quebrada, parecía el gorjeo de un pájaro. Muchas veces no conocía bien la letra de las canciones, pero las cantaba con un entusiasmo que desarmaba cualquier prejuicio.

 

Nunca supo cuándo había nacido. Decía ser hondureño, hijo de una madre salvadoreña, y aseguraba que el apellido "Ponce" lo había tomado del circo donde alguna vez trabajó. Como nunca conoció la fecha de su cumpleaños, decidió celebrar el suyo el mismo día que el mío. Era muy propio de Nino.

 

Aquella madrugada del 31 de diciembre emprendimos el ascenso hacia el cráter. La última parte del camino era especialmente exigente. Mientras los demás avanzábamos con relativa facilidad, él subía casi a rastras, apoyándose con las manos, respirando con dificultad y negándose a rendirse. Todavía puedo verlo. Paso a paso. Metro a metro. Con una determinación que contrastaba con la fragilidad de su cuerpo.

 

Tiempo después logramos encontrarle un lugar donde vivir y trabajar. Soñábamos con verlo completamente restaurado, integrado a una comunidad estable y disfrutando de una vida distinta. Durante un tiempo pareció posible. Pero la vida dio otro giro. Volvió a la calle.

 

Durante la pandemia murió debajo del mismo puente donde lo habíamos conocido. En varias ocasiones fui a buscarlo allí, con la idea de convencerlo de regresar. Siempre albergaba la esperanza de encontrarlo dispuesto a comenzar otra vez. No todo salió como habíamos soñado. Pero una cosa sí sabemos. Nino puso su confianza en Jesucristo.

 

Y esa confianza era mucho más firme que el suelo volcánico sobre el que aquella madrugada luchaba por avanzar. Isaías llama a Dios "la Roca eterna". No una roca que resiste unos años, sino el fundamento que permanece cuando todo lo demás se derrumba. Las fuerzas humanas fallan. Los proyectos pueden quedar inconclusos. Incluso algunas historias parecen terminar antes de tiempo. Pero quien descansa en Cristo nunca descansa sobre terreno inestable.

 

Cada vez que recuerdo a Nino escalando aquella montaña, pienso que esa imagen resume también la vida cristiana. Hay temporadas en las que avanzamos casi corriendo y otras en las que apenas logramos dar un paso más. Sin embargo, nuestra esperanza nunca ha estado en la fortaleza de nuestras piernas, sino en la firmeza de la Roca sobre la cual caminamos.

 

Quizá hoy tú también sientes que avanzas arrastrando el alma. Tal vez el camino parece demasiado empinado y tus fuerzas ya no alcanzan. Entonces recuerda la promesa de que la paz de Dios no depende de que el camino sea fácil, sino de que el corazón permanezca apoyado en Él.

 

¡Tú guardarás en perfecta paz a todos los que confían en ti, a todos los que concentran en ti sus pensamientos! Isaías 26:3  NTV

 

Mientras avanzábamos, el anisillo seguía perfumando el sendero. Me llamó la atención que su aroma no se percibía hasta que nuestros pies lo rozaban o lo aplastaban. Entonces recordé que muchas de las fragancias más valiosas no brotan cuando todo marcha bien, sino cuando algo ha sido quebrantado. El perfume estaba allí desde el principio; la presión solo lo revelaba.

 

Algo parecido ocurrió en Getsemaní. Su nombre significa "prensa de aceite". Era el lugar donde las aceitunas eran trituradas para extraer el aceite más puro. No deja de ser significativo que fuera precisamente allí donde Jesús, bajo el peso de la angustia, se rindiera por completo a la voluntad del Padre. Antes de la cruz, el Hijo fue "prensado" en Getsemaní. Y de ese quebrantamiento brotó el aroma más hermoso de obediencia, amor y entrega que este mundo haya conocido.

 

«Padre, si quieres, te pido que quites esta copa de sufrimiento de mí. Sin embargo, quiero que se haga tu voluntad, no la mía». Lucas 22:42 NTV

 

Pienso también en Nino. La vida lo había pisoteado muchas veces. El abandono, la calle, la soledad y las decisiones equivocadas dejaron profundas cicatrices en él. Sin embargo, cuando conoció a Jesús, comenzó a percibirse algo diferente. No era una restauración completa, ni una historia perfecta, pero sí el inconfundible aroma de Cristo. Lo escuchábamos cantar con toda su alma, lo veíamos esforzarse por subir aquella montaña y, aunque nunca dejó de luchar con muchas cosas, su confianza había encontrado un nuevo fundamento. Comprendí que Dios tiene la maravillosa costumbre de hacer que incluso las vidas más quebrantadas desprendan el perfume de Su gracia.

 

Sin embargo, gracias a Dios que en Cristo siempre nos lleva triunfantes y, por medio de nosotros, esparce por todas partes la fragancia de su conocimiento. Porque para Dios nosotros somos el aroma de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden. 2 Corintios 2:14-15 NVI

 

ORACIÓN:

Padre, gracias porque Tú eres la Roca eterna cuando todo a mi alrededor parece moverse. Enséñame a confiar en Ti más que en mis propias fuerzas, mis planes o mis circunstancias. Cuando el camino se vuelva empinado y apenas pueda avanzar, recuérdame que mi seguridad no está en la firmeza de mis pasos, sino en la fidelidad de Tu amor. Guarda mi corazón en perfecta paz mientras permanezco con mi pensamiento puesto en Ti. En el nombre de Jesús. Amén.

 

Lily & Ray

 

https://www.youtube.com/watch?v=Mo2Dtf5yoyk&list=RDMo2Dtf5yoyk&start_radio=1 

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