LA AFIRMACIÓN

¡Te alabo porque soy una creación admirable! ¡Tus obras son maravillosas y esto lo sé muy bien! Salmo 139:14 NVI

 

Hace muchos años, mi amigo Ramón Ávila me contó una historia que nunca olvidé. Él es un artista catalán nacido en Barcelona. Después de vivir los estragos de la posguerra en España, emigró a Brasil y posteriormente llegó a Guatemala contratado como publicista. Aquí desarrolló una prolífica carrera en las artes gráficas y más tarde se consolidó como pintor, convirtiéndose en una figura importante del arte guatemalteco.

 

Tuve el privilegio de conocerlo durante mi paso por las artes plásticas. Compartimos conversaciones, proyectos y exposiciones. Recuerdo especialmente una exhibición que montamos en el Centro de Formación de la Compañía de Jesús, en Antigua Guatemala, donde se exhibieron más de trescientas de sus obras. Ramón siempre fue un creador incansable. Su capacidad de producir arte parecía inagotable.

 

En una de nuestras conversaciones me relató un recuerdo de su niñez. Después de la guerra, muchas casas de su ciudad habían quedado destruidas. Poco a poco los vecinos comenzaron a reconstruir los muros derribados. Uno de ellos levantó una pared nueva y la dejó completamente blanca. Ramón era apenas un niño. Tomó un trozo de carbón y, junto con algunos amigos, comenzó a dibujar sobre aquel enorme lienzo improvisado. Trazó una escena de batalla: soldados, movimientos, combates y detalles que brotaban de su imaginación infantil.

 

Cuando el vecino descubrió lo ocurrido, se enfureció. Fue de inmediato a buscar a la madre de Ramón. —¡Mire lo que ha hecho su hijo! —le reclamó señalando el muro. Su madre observó el dibujo y luego se volvió hacia él. —¿Tú hiciste esto, hijo? Ramón quedó en silencio. No sabía qué esperar. Entonces ella abrió los ojos con asombro, llevó las manos a su rostro y exclamó: —¡Qué increíble lo que hiciste! ¡Qué increíble lo que hiciste, hijo! Después añadió: —Pero este no es el lugar correcto. Tendremos que limpiarlo.

 

Muchos años después, Ramón todavía recordaba aquel momento. Su madre no aprobó la acción, pero sí reconoció el talento. Corrigió el comportamiento sin apagar el don. Afirmó al niño antes de corregir la conducta. Y quizás, solo quizás, aquel instante ayudó a formar al artista que décadas después seguiría pintando a sus más de noventa años, aun desde una silla de ruedas, dejando tras de sí miles de obras y una huella imborrable en la vida cultural de Guatemala.

 

Mientras recordaba la historia de Ramón, pensé en cuántas vidas son moldeadas por una palabra de afirmación. Su madre vio algo que nadie más estaba viendo. Mientras el vecino veía una pared arruinada, ella vio un don. Mientras otros veían un problema, ella vio potencial. La afirmación tiene ese poder. No niega los errores ni ignora las correcciones necesarias. Simplemente reconoce la obra de Dios en una persona antes de que esa obra haya alcanzado su madurez.

 

Quizá por eso la Biblia está llena de historias donde Dios afirma a las personas antes de que ellas mismas crean en lo que pueden llegar a ser. Gedeón es un ejemplo extraordinario. Cuando el ángel del Señor lo encontró, no estaba liderando un ejército ni liberando a Israel. Estaba escondido, trillando trigo en un lagar para protegerse de los madianitas. Sin embargo, la primera palabra que recibió no fue una corrección ni un regaño. Fue una afirmación.

 

Entonces el ángel del Señor se le apareció y le dijo: —¡Guerrero valiente, el Señor está contigo! Jueces 6:12 NTV

 

Lo interesante es que Gedeón no se sentía valiente. Sus respuestas posteriores revelan miedo, inseguridad y una profunda sensación de insuficiencia. Pero Dios no le habló según su condición presente. Le habló según el propósito que había depositado en él. Dios vio al guerrero antes de que Gedeón pudiera verlo. Lo mismo ocurrió con Simón. Antes de convertirse en Pedro, una roca y parte del los 12 que revolucionarían el mundo con la iglesia, era un pescador impulsivo, inestable y lleno de contradicciones. Sin embargo, Jesús lo llamó por aquello en lo que habría de convertirse.

 

Jesús respondió: —Bendito eres, Simón hijo de Juan, porque mi Padre que está en el cielo te lo ha revelado. No lo aprendiste de ningún ser humano. Ahora te digo que tú eres Pedro (que significa “roca”), y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y el poder de la muerte no la conquistará. Mateo 16:17-18 NTV

 

Y quizá el ejemplo más hermoso lo encontramos en el bautismo de Jesús. Antes de predicar un sermón, antes de sanar un enfermo, antes de realizar un milagro, el Padre habló desde el cielo. La afirmación vino antes de la obra. Antes del ministerio hubo identidad. Antes del desempeño hubo amor. Antes de los resultados hubo aprobación.

 

y el Espíritu Santo, en forma visible, descendió sobre él como una paloma. Y una voz dijo desde el cielo: «Tú eres mi Hijo muy amado y me das gran gozo». Lucas 3:22 NTV

 

Vivimos en un mundo que suele afirmar después de que demostramos algo: cuando ganamos, cuando producimos, cuando alcanzamos metas o cuando cumplimos expectativas. Dios actúa de manera diferente. Él afirma desde la identidad para capacitarnos para la misión. Nos recuerda quiénes somos para que podamos caminar hacia aquello para lo cual fuimos creados.

 

Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco, y ellas me siguen. Les doy vida eterna, y nunca perecerán. Nadie puede quitármelas, Juan 10:27-28 NTV

 

Tal vez hoy necesitas escuchar nuevamente la voz de Dios por encima de todas las demás voces. La voz del Padre que ve más allá de tus errores, más allá de tus temores y más allá de tus limitaciones. La voz que sigue llamando guerrero al que se siente escondido, sigue llamando roca al que se siente inestable, sigue llamando hijo amado al que ha olvidado quién es.

 

Mientras ellos se acercaban, Jesús dijo: —Aquí viene un verdadero hijo de Israel, un hombre totalmente íntegro. —¿Cómo es que me conoces? —le preguntó Natanael. —Pude verte debajo de la higuera antes de que Felipe te encontrara —contestó Jesús. Juan 1:47-48 NTV

 

Al final, la pregunta no es solamente qué palabras hemos recibido. La pregunta es qué palabras estamos pronunciando. Cada día interpretamos a las personas que nos rodean. Cada día hablamos sobre nuestros hijos, nuestro cónyuge, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo y aun sobre nosotros mismos. Y en cierto sentido, nuestras palabras revelan a quién estamos escuchando.

 

No empleen un lenguaje grosero ni ofensivo. Que todo lo que digan sea bueno y útil, a fin de que sus palabras resulten de estímulo para quienes las oigan. Efesios 4:29 NTV

 

Satanás es llamado en la Escritura "el acusador de los hermanos". Su lenguaje favorito es la condenación, la vergüenza, el desprecio y la desesperanza. Él toma una caída y la convierte en una identidad. Toma un fracaso y lo convierte en un nombre. Dios, en cambio, corrige, pero también redime. Confronta, pero también restaura. Ve el pecado, pero también ve el potencial de su gracia obrando en una persona.

 

Luego oí una fuerte voz que resonaba por todo el cielo: «Por fin han llegado la salvación y el poder, el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo. Pues el acusador de nuestros hermanos —el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche— ha sido lanzado a la tierra. Apocalipsis 12:10 NTV

 

Satanás suele llamar a las personas por su peor momento. Dios las llama por su destino. Por eso vale la pena preguntarnos qué hacemos cuando hablamos de nuestros hijos, ¿estamos anunciando vida o muerte? Cuando hablamos de nuestro cónyuge, ¿estamos revelando el corazón de Dios o repitiendo las acusaciones del enemigo? Y que, sobre nuestros hermanos en la fe, ¿estamos ayudándoles a ver el oro que Dios puso en ellos o solamente señalando el barro que todavía no ha sido transformado?

 

Las palabras sabias satisfacen igual que una buena comida; las palabras acertadas traen satisfacción. La lengua puede traer vida o muerte; los que hablan mucho cosecharán las consecuencias. Proverbios 18:20-21 NTV

 

No se trata de negar la realidad ni de ignorar el pecado. Dios nunca hace eso. Se trata de aprender a ver a las personas desde la perspectiva del Redentor. Tal vez nunca seremos artistas reconocidos como Ramón Ávila. Tal vez nuestras palabras jamás aparecerán en un libro o serán escuchadas por multitudes. Pero todos tenemos la oportunidad de hacer lo que aquella madre hizo hace tantos años frente a un muro blanco.

 

Podemos ayudar a alguien a verse con los ojos de Dios. Podemos llamar a la valentía donde hoy hay temor. Podemos llamar a la roca donde hoy hay inestabilidad. Podemos llamar a la belleza donde hoy hay inseguridad. Podemos llamar a la esperanza donde hoy hay desánimo. Porque cuando nuestras palabras nacen del corazón del Padre, nos convertimos en portadores de vida. Y la vida siempre tiene el poder de transformar destinos.

 

Pues somos la obra maestra de Dios. Él nos creó de nuevo en Cristo Jesús, a fin de que hagamos las cosas buenas que preparó para nosotros tiempo atrás. Efesios 2:10 NTV

 

ORACIÓN

Padre, gracias porque me has amado, afirmado y llamado según tu propósito, aun cuando yo no podía verlo. Gracias porque tus palabras traen vida, esperanza e identidad a mi corazón. Ayúdame a escuchar tu voz por encima de cualquier otra voz. Que mis palabras reflejen tu corazón y no las acusaciones del enemigo. Hazme un instrumento para afirmar, animar y sacar a la luz el oro que has puesto en cada persona. En el nombre de Jesús, amén.

 

Lily & Ray

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VENENO, EL TRAGO AMARGO

Mientras guardé silencio, mis huesos se fueron consumiendo por mi gemir de todo el día. Mi fuerza se fue debilitando como al calor del verano, porque día y noche tu mano pesaba sobre mí. Pero te confesé mi pecado, y no te oculté mi maldad. Me dije: «Voy a confesar mis transgresiones al Señor», y tú perdonaste mi maldad y mi pecado.» Salmo 32:3-5 NVI

 

Mientras cierro la puerta del estudio, mis labios esbozan una sonrisa, hace días que no veo a mi hijo Emanuel y logramos cuadrar para esa mañana de viernes. Ufano de ser colaborador del medio ambiente, me dirijo al lugar convenido en mi transporte ecológico. Me cercioro de traer lo necesario para asegurarla en el estacionamiento del centro comercial, donde la dejaré durante la cita.

 

Ya en el lugar termino poner candado a la bicicleta y comienzo a caminar hacia la entrada, cuando el sonido del gorgorito me hace levantar la mirada y la agente de seguridad me indica que no puedo dejar el vehículo en ese lugar, que dicho sea de paso está señalizado y con todas las indicaciones y reglas para dejarlo ahí. Hago una mueca y mascullando palabras refuto diciendo que debería haber un rótulo que indicara la prohibición. Mi actitud ya fue adulterada y a regañadientes procedo a quitarla y llevarla hasta el nuevo lugar indicado.

 

La tensión se siente en el ambiente, mejor dicho, la siento en mi interior y respondo de mala gana – A comprar- cuando me pregunta a dónde me dirijo. Trago saliva, me sabe amarga, y marco el número de mi hijo para ubicarlo en el recinto. Su abrazo me relaja y reconforta, procedimos a evaluar las opciones y después de visitar un par de tiendas, nos decidimos a hacer la compra de su traje para la boda, en la que mejor atención y opciones nos dio.

 

Terminamos comprando el traje. Después nos sentamos a comer algo juntos. Conversamos tranquilos, sin prisa. De esos momentos sencillos que uno quisiera congelar por un instante. Mientras lo escuchaba hablar, pensé en lo rápido que pasa la vida y en lo mucho que agradezco todavía poder compartir espacios así con mis hijos. No hubo grandes discursos. Solo presencia. Y a veces eso también es amor. Pero el sabor dulce del día cambió al salir del centro comercial.

 

Antes de llegar al parqueo, una persona me esperaba para hablar sobre la bicicleta. Me pidió explicaciones y mostré las facturas para demostrar que sí había estado comprando. El problema no fue realmente la conversación… fui yo. Mi tono. Mi actitud. Mi manera defensiva de responder. Por fuera quizá parecía controlado, pero por dentro ya estaba contaminado. Y es increíble cómo unos minutos pueden revelar lo que todavía hay escondido en el corazón.

 

Las personas sabias piensan antes de actuar; los necios no lo hacen y hasta se jactan de su necedad. Proverbios 13:16 NTV

 

Me fui antes de que llegara el administrador, porque intuía hacia dónde iba todo. Pero durante el camino de regreso ya no pude disfrutar nada. La escena se repetía una y otra vez en mi mente. Mi conciencia pesaba. Y para empeorar las cosas, al día siguiente debía interpretar a Jesús en una obra. La contradicción me golpeó fuerte.

 

¿Cómo hablar de Cristo mientras mi corazón sigue reaccionando con orgullo, irritación y autosuficiencia? ¿Cómo representar externamente a Jesús mientras internamente sigo luchando con un carácter que muchas veces quiere defenderse, justificarse y tener la razón?

 

Quien encubre su pecado jamás prospera; quien lo confiesa y lo deja, alcanza la misericordia. Proverbios 28:13 NVI

 

Y ahí entendí algo más. El problema del veneno no es solamente cuando explota hacia afuera. El problema es que lentamente nos amarga por dentro. Durante años pensé que madurez espiritual era dejar de equivocarme. Pero cada vez entiendo más que también es aprender a correr hacia la luz cuando me equivoco. No justificarme. No minimizarlo. No esconderlo detrás del cansancio, el estrés. Correr a la gracia.

 

Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir la misericordia y encontrar la gracia que nos ayuden oportunamente. Hebreos 4:16 NVI

 

Así que al llegar a casa hice algo que antes me costaba mucho: lo confesé. Primero a Dios. Después a mi esposa. Y aunque nadie salió herido, aunque “no pasó a más”, yo sabía que algo dentro de mí necesitaba ser expuesto para sanar. Porque el Espíritu Santo no solo confronta nuestros grandes pecados visibles. También señala esas pequeñas reacciones, esos gestos, esos tonos, esas defensas que revelan que todavía necesitamos gracia.

 

Y si soy honesto, aún hay algo que me cuesta profundamente: perdonarme a mí mismo. A veces acepto más rápido el perdón de Dios para otros que para mí. Pero el evangelio también confronta eso. Porque seguir castigándome no es humildad; muchas veces es orgullo disfrazado. Es creer que mi acusación tiene más autoridad que la cruz.

 

Hay algo que he ido entendiendo con el tiempo: las relaciones no se dañan solamente por lo que hacemos, sino también por lo que dejamos de hacer. A veces herimos con palabras; otras veces con silencios. A veces fallamos por reacción, otras por indiferencia. Y aunque nos gusta pensar que siempre somos las víctimas, la verdad es que también hemos sido causa de dolor para otros.

 

Por eso la restauración verdadera es tan difícil. Porque no se trata solamente de que me perdonen. También implica reconocer dónde fallé yo, dónde dañé, dónde manipulé, dónde reaccioné desde mis heridas y no desde el amor de Cristo. Y creo que ahí es donde muchos queremos detenernos, porque perdonar ya cuesta, pero pedir perdón cuesta aún más.

 

Todos queremos gracia cuando fallamos. Pero cuando somos nosotros quienes hemos sido heridos, aparece el orgullo, la justicia propia y esa necesidad silenciosa de cobrar emocionalmente lo que perdimos. Sin embargo, Jesús no habló solamente de recibir misericordia, sino de convertirnos en personas misericordiosas.

 

Dichosos los compasivos, porque serán tratados con compasión. Mateo 5:7 NVI

 

Y eso cambia completamente la conversación. Porque entonces el perdón deja de ser solamente un acto emocional y se convierte en una decisión espiritual. No significa justificar el abuso, negar el dolor o fingir que nada pasó. Tampoco significa volver automáticamente a relaciones destructivas. Pero sí significa renunciar al derecho de seguir alimentando el resentimiento como identidad.

 

siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor. Efesios 4:2 NVI

 

Y quizá una de las partes más difíciles del proceso no es perdonar a otros, sino recibir el perdón de Dios para nosotros mismos. Yo, como otras personas, pasé años castigándome internamente. Una insistencia en defenderse por lo que se hizo, por lo que se perdió o por la forma en que se falló. Viviendo como acusados aun después de haber sido perdonados. Pero el evangelio no solo nos llama a pedir perdón y otorgarlo; también nos invita a vivir como personas realmente perdonadas. Porque la restauración no es teoría. El amor madura cuando se hace responsable.

 

Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Mateo 5:9 NVI

 

Hoy entiendo algo mejor: seguir a Jesús no es solamente aprender a amar a Dios. También es permitir que Su amor sane la manera en que nos relacionamos con los demás. Y muchas veces esa sanidad comienza con conversaciones incómodas, confesiones honestas y corazones dispuestos a dejar de huir.

 

Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad. 1 Juan 1:8-9 NVI

 

 

En el salmo 32:5 David no dice: “Y tuve que pagar emocionalmente durante meses para entonces merecer paz.” Dice: “Tú perdonaste.” Tal vez crecer también es esto: aprender a arrepentirnos rápido, a pedir perdón sinceramente y a dejar de beber el veneno de la autoacusación constante. Porque la culpa que nos lleva a Cristo produce vida. Pero la culpa que nos mantiene lejos de Su gracia solo sigue enfermando el alma.

 

Mis queridos hijos, les escribo estas cosas para que no pequen. Pero, si alguno peca, tenemos ante el Padre a un intercesor, a Jesucristo, el Justo. Él es el sacrificio por el perdón de nuestros pecados y no solo por los nuestros, sino por los de todo el mundo.  1 Juan 2:1-2 NVI

 

ORACIÓN:

Señor, gracias porque Tu gracia sigue alcanzando incluso esas áreas de mi corazón que aún necesitan ser rendidas. Perdóname cuando reacciono desde el orgullo, el temor o la autosuficiencia, y enséñame a vivir en humildad y verdad. Ayúdame a correr hacia Tu luz y no esconderme detrás de excusas o autoacusación. Sana mis relaciones y forma en mí un corazón manso, dispuesto a pedir perdón y a extender misericordia. Que cada caída me acerque más a Ti y no más lejos de Tu amor. Amén.

 

Lily & Ray

 

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PREPARADOS

Más bien, honren en su corazón a Cristo como Señor. Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes. Pero háganlo con gentileza y respeto, 1 Pedro 3:15 NVI

 

Desde la semana pasada he tenido una inquietud extraña. No sé si fue por tantas noticias alarmantes que comenzaron a circular —esas publicaciones que anuncian “el diluvio del año”, tormentas históricas, inundaciones nunca antes vistas— o simplemente porque, viviendo en Guatemala, uno aprende que cuando las lluvias llegan de verdad, no preguntan si estamos listos.

 

Así que empecé a hacer algunas diligencias pendientes en casa. Primero revisé las tuberías que conducen las aguas pluviales y los drenajes que las reciben. Confieso que llevaba tiempo posponiendo esa tarea. Uno siempre piensa: “todavía aguanta”, “la próxima semana lo hago”, hasta que una pequeña lluvia basta para revelar cuánto descuido se ha acumulado silenciosamente.

 

Después vino la parte más complicada: subir al techo de la casa. Mi amigo Estuardo me prestó una escalera bastante larga, de esas que ya solo verlas dan una mezcla de confianza y temor. Mientras subía, iba pensando que probablemente encontraría algunas hojas secas y quizá una que otra rama acumulada. Pero cuando finalmente asomé la cabeza sobre la cubierta, me sorprendí de verdad.

 

Había capas y capas de hojas de pino, tierra, ramas pequeñas y residuos que el viento había ido depositando lentamente durante meses. Sin exagerar, aquello no parecía simplemente suciedad acumulada; parecía el inicio de un ecosistema completo. Pensé que fácilmente podrían haberse escondido allí no solo nidos de pájaros, sino pequeñas madrigueras de zorros.

 

Practiquen el dominio propio y manténganse alerta. Su enemigo el diablo ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resístanlo, manteniéndose firmes en la fe, sabiendo que los creyentes en todo el mundo soportan la misma clase de sufrimientos. 1 Pedro 5:8-9 NVI

 

Lo curioso es que desde abajo nada de eso se veía. Desde el patio, el techo parecía perfectamente normal. Ordenado. Funcional. Seguro. Pero arriba, en las partes que casi nunca revisamos, el deterioro avanzaba silenciosamente. Mientras limpiaba, me di cuenta de algo: el problema nunca empieza con la tormenta. La tormenta solo revela lo que se descuidó durante el tiempo de calma. Porque las lluvias no crean el caos; simplemente exponen lo que estaba obstruido.

 

Luego, cuando llegue, daré cartas de presentación a los que ustedes hayan aprobado y los enviaré a Jerusalén con los donativos que hayan recogido. 1 Corintios 16:3 NVI

 

Hay áreas de nuestra vida que desde lejos parecen estar bien. Pero al asomarnos a lo profundo del corazón descubrimos que, aunque seguimos funcionando, trabajando, sirviendo, sonriendo, asistiendo a la iglesia, cumpliendo responsabilidades, en los lugares altos y escondidos del alma comienzan a acumularse pequeñas cosas: resentimientos no tratados, cansancio ignorado, orgullo disfrazado de fortaleza, heridas que nunca llevamos delante de Dios, pecados “pequeños” que dejamos quedarse demasiado tiempo.

 

Así mismo deben ustedes estar preparados, porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen. Lucas 12:40 NVI

 

Nada parece grave, hasta que llega la tormenta y cuando llegan temporadas de presión, pérdida, conflicto o dolor, entonces descubrimos que el agua no pudo fluir correctamente porque había demasiadas cosas acumuladas dentro de nosotros. Quizá por eso Dios muchas veces nos inquieta antes de ciertas temporadas. Nos mueve a revisar, limpiar, ordenar y atender áreas que hemos ignorado. No para vivir aterrados por la tormenta, sino para prepararnos sabiamente para ella.

 

Así que recuerda lo que has recibido y oído; obedécelo y arrepiéntete. Si no te mantienes despierto, cuando menos lo esperes caeré sobre ti como un ladrón. Apocalipsis 3:3 NVI

 

Una imagen en Hechos 1 me llama la atención y hay algo profundamente humano en esa escena. Jesús acaba de ascender y ellos simplemente se quedan viendo el cielo. Inmóviles. Asombrados. Tal vez confundidos. Quizá con una mezcla de esperanza y nostalgia. Y sinceramente, ¿quién no habría hecho lo mismo? Pero los ángeles prácticamente les hacen una pregunta que también resuena para nosotros hoy: “¿Y ahora qué?”

 

Pero les digo la verdad: les conviene que me vaya porque, si no lo hago, el Consolador no vendrá a ustedes; en cambio, si me voy, se lo enviaré.  Juan 16:7 NVI

 

Porque Jesús prometió que volvería, sí. Pero mientras esperamos su regreso, no nos dejó solos mirando hacia arriba con resignación o escapismo espiritual. Nos dejó su Espíritu Santo. Y eso lo cambia todo. Él no es un sustituto frío de la presencia de Jesús; es la presencia misma de Dios habitando en nosotros. Consolándonos, guiándonos, corrigiéndonos, fortaleciéndonos y recordándonos que aún hay obra por hacer.

 

La esperanza cristiana nunca fue diseñada para convertirse en una excusa para desconectarnos del mundo diciendo: “Ojalá ya todo se termine”. Al contrario, la esperanza del regreso de Cristo debería impulsarnos a amar más, servir más, perdonar más y anunciar más urgentemente las buenas noticias. Esperamos su regreso, sí, pero no escondidos del mundo; caminamos hacia él llevando luz.

 

El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan. 2 Pedro 3:9 NVI

 

 

Porque cuando entendemos el corazón de Dios, descubrimos que su deseo nunca ha sido la destrucción del ser humano, sino su rescate. Él “no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan” (2 Pedro 3:9). Y si ese es el deseo del Padre, debería convertirse también en el nuestro. Tal vez por eso no basta con limpiar los drenajes de la casa; también necesitamos revisar si nuestro corazón todavía se conmueve por las personas que viven sin esperanza. Porque es posible prepararnos tanto para “la tormenta” que terminemos olvidando a quienes siguen afuera bajo la lluvia.

 

Jesús volverá. Esa promesa sigue en pie. Pero mientras el cielo se abre nuevamente, la iglesia no fue llamada solamente a mirar hacia arriba, sino a salir hacia adelante. Porque la preparación rara vez es urgente cuando el cielo está despejado. Pero los que esperan hasta escuchar los primeros truenos, normalmente ya van tarde.

 

Ellos se quedaron mirando fijamente al cielo mientras él se alejaba. De repente, se les acercaron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: ―Galileos, ¿qué hacen aquí mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido llevado de entre ustedes al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que lo han visto irse. Hechos 1:10-11 NVI

ORACIÓN:

Señor Jesús, gracias porque no nos dejaste solos; gracias por tu Espíritu Santo, que nos guía, consuela y fortalece cada día. Ayúdanos a vivir preparados, con un corazón limpio y atento a tu voz. Mientras esperamos tu regreso, que no nos quedemos solamente mirando al cielo, sino llevando esperanza, amor y verdad a quienes aún no te conocen. Danos un corazón como el tuyo, que anhele que nadie se pierda. Ven, Señor Jesús, y ayúdanos a permanecer fieles hasta el final. Amén.

 

Lily & Ray

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TODO SE DERRUMBÓ

¡Tú guardarás en perfecta paz a todos los que confían en ti, a todos los que concentran en ti sus pensamientos! Confíen siempre en el Señor, porque el Señor Dios es la Roca eterna. Isaías 26:3-4 NTV

 

Con la cabeza hundida entre sus mulos y su cuerpo acuclillado sobre un ladrillo se preguntó —¿Era realmente Su voz?   La humedad de la prisión no solo se sentía en las paredes, se le había metido en los huesos. Tal parecía que el moho brotaría de sus oídos que parecían traicionarlo. Ya no contaba los días —había dejado de hacerlo— pero su cuerpo sí llevaba registro: en el peso de los hombros, en el pulso lento de la esperanza que a ratos parecía apagarse.

 

Había obedecido, eso era lo único claro, pero ahora, en el silencio interrumpido por pasos lejanos y ecos de una ciudad sitiada, la pregunta comenzaba a tomar forma —¿Y si no era Dios? — se dijo en voz audible pero tenue. No lo decía en voz alta, no por fe sino por miedo a escuchar su propia duda rebotar contra esas paredes y hacerse más real. Porque si no era Dios, entonces todo había sido en vano.

 

La advertencia al pueblo, seguida del rechazo de este. Luego la traición que lo llevaría a la celda que lo retenía.  Cerró los ojos e intentó reconstruir el momento cuando aquella voz disrumpió la normalidad de su cotidiana existencia. No fue un susurro emocional ni una idea brillante, aquella intrusión clara, autoritativa, innegable, ahora parecía lejana.

 

El cuerpo le sudaba frío, una gota descendió por su sien que parecía explotar de la presión sanguínea, bajó lenta, casi pesada, como si cargara el mismo peso de sus pensamientos. Le siguió un escalofrío que le recorrió la espalda. Afuera, la ciudad se desmoronaba, ahí adentro él trataba de no hacerlo. “Voy a estar contigo”, le había dicho Dios.  —¿Contigo… dónde? — Se preguntaba. ¿En la obediencia? Sí, ¿En la prisión? también.

 

Pero esa promesa, que antes lo sostenía, ahora parecía exigirle más de lo que sentía tener. Y entonces vino lo absurdo. El terreno. Comprar tierra, cuando todo está por perderse. Casi podía escuchar otras voces ahora —no audibles, pero insistentes. “Esto no tiene sentido.” “Te equivocaste.” “Dios no te pediría algo así.” Su humanidad, desgastada, no discutía, solo resistía como podía. Y en medio de ese deterioro la memoria comenzó a abrirse paso. No como argumento. Como verdad.

 

Yo soy el Señor, Dios de toda la humanidad. ¿Hay algo imposible para mí? Jeremías 32:27 NVI

 

La frase no llegó como consuelo suave. Apareció como confrontación que atraviesa la niebla. “¿Hay algo imposible para mí?”. Jeremías no respondió. No porque no quisiera sino porque entendió que la pregunta no requería respuesta, buscaba rendición. No le aclaraba el futuro, ni lo sacaba de la prisión. Tampoco detenía el juicio sobre Jerusalén, pero redefinía todo.

 

Si Dios era quien decía ser entonces, incluso este momento oscuro, ilógico, incómodo, no estaba fuera de Su alcance y tal vez, solo tal vez, la tierra que acababa de comprar no era una mala inversión, era un sermón expositivo, una profecía que él no vería cumplirse. Setenta años, una generación entera. Ni sus ojos ni sus manos tocarían esa restauración. Pero su obediencia sí.

 

Apoyó la cabeza contra la pared, pues la prisión seguía ahí, el frío también. Pero algo dentro de él dejó de pelear por entender y comenzó, apenas, a descansar en quien había hablado. El Dios de toda carne para quien no hay nada imposible y su plan aún seguía en marcha.

 

Dios bendice a los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Mateo 5:6 NTV



Yo no estoy en una prisión de piedra, pero sí he escuchado voces, algunas no gritaban y aun así eran más peligrosas que eso, susurraban: “Así eres tú.” “No es tan grave.” “Esto también es alegría.” Lo creí y construí sobre eso, palabras con doble sentido, risas fáciles, una versión de mí que parecía ligera, agradable, incluso feliz. Hasta que la comparé con Jesús y ahí dejó de ser tan gracioso. Despertó un hambre por lo correcto, por conocer la verdad, un hambre por su justicia.

 

y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres. Juan 8:32 NTV

 

Su verdad no corta para destruir por destruir, corta para correr el velo y lo que reveló en mí no fue cómodo. Pensaba que amaba, pero muchas veces era codependencia disfrazada. Pensaba que daba y en el fondo también necesitaba recibir para sentirme bien. Creía que era libre en ciertas áreas donde simplemente me había acostumbrado, había normalizado.

 

El corazón humano es lo más engañoso que hay, y extremadamente perverso. ¿Quién realmente sabe qué tan malo es? Jeremías 17:9 NTV

 

Y entonces viene la parte que no nos gusta, Dios no solo consuela también derriba. Y yo había construido bastante.  Ideas sobre paternidad a mi manera, conceptos de sexualidad mezclados, formas de relacionarme que parecían amor, pero no eran el amor sacrificial de Cristo. Se parecían, pero no eran. Y al inicio duele, porque compararte con Jesús no te levanta el ánimo, te expone. Pero si te quedas solo ahí, te pierdes la mitad del evangelio.

 

Mira, hoy te doy autoridad sobre naciones y reinos, para arrancar y derribar, para destruir y demoler, para construir y plantar». Jeremías 1:10 NVI

 

Porque Él no solo revela también restaura. Ese amor no usa, no demanda, no negocia, se entrega. Y cuando empiezo a entender eso me doy cuenta de que yo no sabía amar así, pero Él sí, y no se queda lejos señalando, se acerca, como cuando tocó al leproso en Mateo 8:3  “Jesús extendió la mano y lo tocó…”  Sin contaminarse Él, limpiando lo que tocaba. Eso cambia todo, entonces mi historia ya no es solo de culpa y vergüenza, es de transformación. No se trata de negar lo que fui sino de permitir que Él lo redima. Implica dejar caer estructuras viejas, reconocer mentiras que parecían verdad y rendirse una y otra vez.

 

Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo! 2 Corintios 5:17 NVI

 

Así como Jeremías compró un terreno en medio del caos, yo estoy aprendiendo a construir sobre algo que aún no veo completo. Pero ahora ya no sobre mis ideas sino sobre la Verdad. No una verdad, La Verdad, que no es un concepto sino una persona. Jesús.

 

―Yo soy el camino, la verdad y la vida —le contestó Jesús—. Nadie llega al Padre sino por mí. Juan 14:6 NVI

 

ORACIÓN:

Padre, no quiero seguir sosteniendo lo que Tú ya estás derribando porque me cansa, me pesa y en el fondo sé que no es verdad. Algunas veces duele, porque me saca de la comodidad que no era libertad. No alcanzo a comprender todo lo que estás haciendo en mí, pero admito que no necesito entenderlo todo. Necesito confiar y recordar que no hay nada imposible para Ti. Amén.

 

Lily & Ray

 

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FIRME EN LAS ALTURAS

Cristo también es la cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo. Él es el principio, supremo sobre todos los que se levantan de los muertos. Así que él es el primero en todo. Colosenses 1:18 NTV

 

Por muchos años trabajé en una galería de arte, como asistente de dirección. Había acumulado experiencia, relaciones, conocimiento y cierto grado de sabiduría en el tema. Supervisaba y revisaba muchas de las cosas que se hacían allí; mi opinión era tomada en cuenta y tenía injerencia en múltiples asuntos de la institución. Me había hecho un nombre.

 

Cada catálogo que se escribía, la columna semanal en un conocido diario, la selección de obras para exhibiciones, el registro y valuación de colecciones, la elaboración de guiones científicos, las visitas guiadas, la asesoría para ampliación de colecciones, y el acompañamiento a nuevos coleccionistas… en todo, de alguna manera, yo estaba involucrado.

 

Había voces. “Tienes colmillo” “Qué gran juicio tienes” “Deberías estar a cargo” “Tú deberías escribir los textos” Palabras que, poco a poco, comenzaron a sembrar algo en mí. No era evidente al inicio, pero crecía. Me hacían pensar que no era valorado, que merecía un mejor trato, un mejor salario, un mejor lugar.

 

¡Ahora es tu oportunidad! —los hombres le susurraron a David—. Hoy el Señor te dice: “Te aseguro que pondré a tu enemigo en tu poder, para que hagas con él lo que desees”». Entonces David se le acercó sigilosamente y cortó un pedazo del borde del manto de Saúl. 5Pero comenzó a remorderle la conciencia por haber cortado el manto de Saúl, y les dijo a sus hombres: «Que el Señor me libre de hacerle tal cosa a mi señor el rey. No debo atacar al ungido del Señor, porque el Señor mismo lo ha elegido». 1 Samuel 24:4-6 NTV

 

Sumado a eso, mi hermano trabajaba conmigo. Él es brillante. Y en algún momento, la idea apareció: podríamos hacer lo nuestro. Podríamos tomar lo que sabíamos, lo que habíamos construido y dar un paso. No sonaba mal. No parecía injusto. Incluso parecía lógico. Pero no todo lo lógico es correcto.

 

¡Esta vez, sin duda alguna, Dios te ha entregado a tu enemigo! —le susurró Abisai a David—. Déjame que lo clave en la tierra con un solo golpe de mi lanza; ¡no hará falta darle dos! —¡No! —dijo David—. No lo mates. Pues ¿quién quedará inocente después de atacar al ungido del Señor? 1 Samuel 26:8-9 NTV

 

En 1 Samuel 24 y 26 se narran dos momentos que siempre me confrontan. David tiene frente a sí la oportunidad de terminar con Saúl. No una, sino dos veces. Y no solo es una posibilidad estratégica, es una oportunidad que otros interpretan como divina. “¡Esta es tu oportunidad!” —le dicen—. El argumento es fuerte: Dios ya lo había ungido. Saúl ya había sido desechado.

 

El camino parecía claro. Pero David hace algo desconcertante. Se detiene. Y más aún, se quebranta por haber cortado un pedazo del manto de Saúl. ¿Por qué? Porque entendía algo que yo estaba comenzando a olvidar: no todo lo que puedo hacer, debo hacerlo. David no tocó lo que Dios aún no le había entregado. No tomó lo que podía tomar. No aceleró lo que Dios estaba formando. Decidió permanecer como número 2, aun cuando ya había sido escogido para ser número 1.

 

Entonces Samuel le dijo a Saúl: —¡Basta! ¡Escucha lo que el Señor me dijo anoche! —¿Qué te dijo? —preguntó Saúl. Y Samuel le dijo: —Aunque te tengas en poca estima, ¿acaso no eres el líder de las tribus de Israel? El Señor te ungió como rey de Israel, ¿Por qué no obedeciste al Señor? ¿Por qué te apuraste a tomar del botín y a hacer lo que es malo a los ojos del Señor? 1 Samuel 15:16-17,19 NTV

 

Saúl, por otro lado, no supo vivir así. También en 1 Samuel vemos cómo un hombre puede perderlo todo cuando deja de verse correctamente delante de Dios. Ese fue el punto de quiebre. Saúl fue rey, pero olvidó que no era el soberano. Y cuando dejó de reconocerse como número 2, comenzó a defender su posición como si fuera suya. Entonces apareció David, y lo que debió ser propósito, se volvió amenaza. Los cantos del pueblo no cambiaron a David, revelaron a Saúl. Porque cuando el corazón no está firme en Dios, el reconocimiento de otros se vuelve un espejo incómodo. Saúl no perdió el reino por David. Lo perdió por no saber permanecer debajo de Dios.

 

«No tengas miedo —le aseguró Jonatán—, ¡mi padre nunca te encontrará! Tú vas a ser el rey de Israel, y yo voy a estar a tu lado, como mi padre bien lo sabe». 18Luego los dos renovaron su pacto solemne delante del Señor. Después Jonatán regresó a su casa, mientras que David se quedó en Hores. 1 Samuel 23:17-18 NTV

 

Pero no todos reaccionan así. Jonatán, su hijo, tenía todo el derecho al trono y sin embargo reacciona de una manera que me conmueve y confronta en gran manera al leer una de las declaraciones más libres que puede hacer un hombre: “Tú reinarás… y yo seré segundo después de ti.” No hay lucha. No hay negociación. No hay resentimiento. Hay claridad.

 

Jonatán entendió que el propósito de Dios es más importante que su posición personal. Y eso solo es posible cuando tu identidad no está en el lugar que ocupa, sino en el Dios a quien perteneces.

 

Él debe tener cada vez más importancia y yo, menos. »Él vino de lo alto y es superior a cualquier otro. Nosotros somos de la tierra y hablamos de cosas terrenales, pero él vino del cielo y es superior a todos. Juan 3:30-31 NTV

 

Siglos después, otro hombre viviría esta misma verdad. Juan el Bautista dice: “Es necesario que él crezca, pero que yo disminuya.” Juan tenía multitudes. Tenía influencia. Tenía autoridad. Pero cuando Jesús apareció, no sintió que perdía, entendió que todo cobraba sentido.

 

El verdadero número 2 no compite con el número 1, lo celebra. Incluso vio a sus propios discípulos seguir a Jesús y no los detuvo. Eso no es debilidad. Eso es identidad. No estamos en este mundo para hacer seguidore nuestros sino discípulos para Jesús. Eso nos libra de la tentación de querer manipular y controlar a las personas y su crecimiento, el cual solo viene de Dios.

 

Después de todo, ¿quién es Apolos?, ¿quién es Pablo? Nosotros solo somos siervos de Dios mediante los cuales ustedes creyeron la Buena Noticia. Cada uno de nosotros hizo el trabajo que el Señor nos encargó. 1 Corintios 3:5 NTV

 

Pablo también lo entendió. Plantó iglesias, formó líderes, escribió el porcentaje más grande del nuevo testamento y aun así dijo: “¿Qué es Pablo… sino servidor?” “No nos predicamos a nosotros mismos…” Nunca ocupó el centro del mensaje. Porque cuando el hombre ocupa el lugar central, Cristo deja de ser visible.

 

Entonces Jesús explicó: «Les digo la verdad, el Hijo no puede hacer nada por su propia cuenta; solo hace lo que ve que el Padre hace. Todo lo que hace el Padre, también lo hace el Hijo, Juan 5:19 NTV

 

Y finalmente, Jesús. El modelo perfecto. “El Hijo no puede hacer nada por sí mismo…” Y en Getsemaní: “No se haga mi voluntad, sino la tuya.” Jesús nunca compitió con el Padre. Nunca buscó protagonismo independiente. Vivió en perfecta dependencia.

 

Él se adelantó un poco más y se inclinó rostro en tierra mientras oraba: «¡Padre mío! Si es posible, que pase de mí esta copa de sufrimiento. Sin embargo, quiero que se haga tu voluntad, no la mía». Mateo 26:39 NTV

 

Hoy entiendo algo que en aquel momento apenas intuía: Ser un buen número 2 no es resignarse a menos, es entender quién es el 1. Es liderar sin usurpar. Es crecer sin desplazar. Es influir sin adueñarse. Es permanecer firme en las alturas correctas. Porque el problema nunca ha sido subir, sino olvidar desde dónde subimos.

 

»Ciertamente, yo soy la vid; ustedes son las ramas. Los que permanecen en mí y yo en ellos producirán mucho fruto porque, separados de mí, no pueden hacer nada. Juan 15:5 NTV

 

ORACIÓN:

Señor, no importa el lugar que ocupe en la tierra, si Cristo no ocupa el primero en mi corazón estoy perdido. Recuérdame quién eres Tú y quién no soy yo. Guarda mi corazón de la ambición disfrazada de oportunidad. Líbrame de tomar lo que no me has entregado. Enséñame a esperar, a honrar, a permanecer. Si en algún momento olvido que Tú eres el primero en todo, detenme. Amén.

 

Lily & Ray

 

https://www.youtube.com/watch?v=llbh-N2xPFk&list=RDllbh-N2xPFk&start_radio=1

 

¿Cómo sueltas lo que amas?

La tierra es del Señor y todo lo que hay en ella; el mundo y todos sus habitantes le pertenecen. Salmos 24:1 NTV


Parado en la puerta de la capilla mientras se hace el homenaje póstumo al “ser querido”, como le llama quien conduce la ceremonia, tengo una panorámica peculiar, pues puedo observar a los asistentes y dolientes, los diferentes matices que cada actitud tiene. ¿Y cómo saber qué postura tener? No creo que haya un protocolo o experiencia necesaria que dé autoridad para dictar la regla.

 

Creo que es una de las situaciones en las que más me ha tocado acompañar a personas, y en múltiples ocasiones se me ha pedido o asignado dar palabras: un mensaje de consuelo, un discurso póstumo, algo que consuele, que traiga esperanza o confirme la que ya tienen los dolientes. Esta vez no sé qué decir. Pasan cosas por mi mente y me encuentro en ese punto donde vienen mensajes prefabricados solo para llenar el momento, por lo cual postergo mi participación hasta el momento final, ya en el camposanto.

 

De pronto, sin previo aviso, llega la pregunta. Me quedo absorto y sigo meditando mientras escucho la banda sonora de suspiros y lamentos que le hacen coro a las intervenciones de amigos y familiares que desfilan frente a la muchedumbre para expresar, en medio del quebrantamiento, palabras que den honor a la finada.

 

La breve intervención del ahora viudo está cargada de verdad, y esta frase lo encierra todo: “Me la prestó por estos años”, dijo, mientras soltaba el micrófono, casi golpeándolo contra la mesa. Y es verdad: amamos, pero no poseemos… hijos, esposa, ministerio, alumnos, sueños no nos pertenecen. Nos fueron confiados. Soltar comienza cuando dejamos de decir: “Es mío” y empezamos a decir: “Me lo prestaste”.

 

Entonces dijo: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo he de partir. El Señor ha dado; el Señor ha quitado. ¡Bendito sea el nombre del Señor !». Job 1:21 NVI

 

Vienen a mi memoria los desprendimientos que me han causado dolor: el de mi padre —diría que el menos doloroso por su edad avanzada y lo previsible que era su deceso—; el de mi hermano Jaime, de 18 años, muerto en un accidente vial. Este sí nos tomó por sorpresa, y aún tengo presentes los momentos de espera en el Inacif. También mi sobrino mayor, muy cercano a mi hija; tantos momentos y recuerdos juntos. Y qué decir del desprendimiento de mi hija menor, que aunque aún vive, han sido muchos años separados físicamente. ¿Cómo los solté?

 

Y sabemos que Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien de quienes lo aman y son llamados según el propósito que él tiene para ellos. Romanos 8:28 NTV

Amar no es controlar. Muchos personajes bíblicos experimentaron este proceso. Abraham entrega a Isaac, a quien ama profundamente. Job no niega el dolor de sus pérdidas, pero reconoce la autoridad de Dios. Porque soltar es un acto de adoración en medio del dolor. No es frialdad; es fe madura y rendición de soberanía.

 

Aún me mojo los labios y balbuceo para mis adentros las palabras que diré. Mis teloneros son un conjunto de mariachis contratados por familiares. No me están ayudando mucho, pues todas sus canciones apuntan a un último adiós, a un final sin retorno. Huelen a tristeza y dolor, a desesperanza y resentimiento; huelen a muerte.

 

Pues fui yo, el Señor tu Dios, quien te rescató de la tierra de Egipto. Abre bien tu boca, y la llenaré de cosas buenas. Salmos 81:10 NTV

 

Con el último “tan, tan” de los mariachis me presentan. Con voz temblorosa y quebrada comienzo preguntando: —¿Cómo soltamos lo que amamos? — Ayudado de unas notas rápidas que hice, me armo de valor comenzando a dar un poco de contexto. Me dejo llevar por el Espíritu de Dios para tratar de contestar la incógnita. Abrí mi boca y fue llenada de tanta verdad, sabida y vivida.

 

No hay un amor más grande que el dar la vida por los amigos. Juan 15:13 NTV

 

Saber que no eran nuestros y comprender que hay alguien que los ama mucho más de lo que nosotros podríamos imaginar nos ayuda a atravesar este valle de sombra de muerte, mientras nos dejamos acompañar por Él. No niega el valle ni espiritualiza el dolor minimizando la muerte. Pues el valle existe, la sombra pesa y la ausencia duele. Pasarlo sin temor, no porque sea fuerte, o lo entienda todo, o me lo expliquen. El Salmo 23 dice: “No temeré mal alguno, porque Tú estarás conmigo.” Es su presencia lo que nos quita el temor.

 

Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Juan 3:16 NVI

 

El Padre no entregó a Jesús por indiferencia; lo hizo por un amor mayor. En mis tiempos de ignorancia le debatí este punto, cuando le increpaba acerca del dolor que me causaba separarme de mi —por aquel entonces— pequeña hija. Y su respuesta me dejó impávido: “Yo arriesgué todo al enviar a Jesús. Toda la creación, tal cual la conoces, no sería si Él hubiera fallado. Tú me tienes a mí y la garantía de haber vencido la muerte”.

 

Soltar no es dejar de amar, ni resignación fatalista; no es desconexión emocional. Es decir: “Lo pongo en tus manos porque lo amo y confío en ti y en tu gran amor demostrado. Finalmente, todo es tuyo”. Finalmente, Dios nunca nos pedirá hacer algo que no podamos hacer y que no nos haya mostrado antes cómo hacerlo.

 

Aunque era Dios, no consideró que el ser igual a Dios fuera algo a lo cual aferrarse. En cambio, renunció a sus privilegios divinos; adoptó la humilde posición de un esclavo y nació como un ser humano. Cuando apareció en forma de hombre se humilló a sí mismo en obediencia a Dios y murió en una cruz como morían los criminales. Filipenses 2:6-7 NTV

 

ORACIÓN:

Señor, hoy reconocemos que todo lo que amamos viene de tus manos. Gracias por cada vida, cada momento y cada historia que nos permitiste compartir. En medio del dolor y de la ausencia, enséñanos a confiar en tu soberanía, aun cuando nuestro corazón no entiende del todo tus caminos. Danos la gracia para soltar lo que amamos sin dejar de amar, recordando que nunca fue nuestro, sino un regalo tuyo por un tiempo. Acompáñanos en este valle de sombra, sostén nuestra fe cuando el dolor pesa y recuérdanos que tu presencia nunca nos abandona. Hoy ponemos en tus manos lo que tanto amamos, confiando en que tu amor es más grande que el nuestro y que en ti la vida nunca termina. Amén.

 

Lily & Ray

 

https://www.youtube.com/watch?v=cKuKkl2MWLc&list=RDcKuKkl2MWLc&start_radio=1

AROMATERAPIA

 Porque para Dios nosotros somos el aroma de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden. 2 Corintios 2:15 NVI

 

El sábado llegamos a Fraijanes y antes de ver a nadie, ya estábamos siendo recibidos por el aroma de los árboles húmedos que nos dio la bienvenida. Ese olor fresco, verde, limpio. Luego apareció el del carbón aún sin encender, sutil pero profundo que siempre me evoca otras épocas y lugares. Luego ya encendido, ese olor que anuncia que algo está por comenzar. Más tarde el humo del fuego se mezcló con el aire frío de la tarde, y cuando la carne tocó la parrilla, el ambiente cambió otra vez. El olor abrió el apetito antes que las palabras abrieran las conversaciones.

 

En algún momento, nuestros anfitriones me pasaron el café en grano para que lo oliera. No era todavía bebida. Era promesa. Cerré los ojos. El aroma era profundo, tostado, casi abrazador. Cómo una pátina en una pintura que integra todo, un agente aglutinador de la ocasión. Aún en este momento me hace estira el labio y sonreír, siento que lo llevo en la sangre.

 

¡Cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos convivan en armonía! Salmo 133:1 NVI

 

Y hablando de abrazos, cada apretón traía su propio perfume. Cada persona tenía un olor distinto. Algunos dulces, otros más intensos, otros casi imperceptibles. Y pensé: qué interesante que el olor sea algo tan personal. Tan identitario. Se dice que según la cultura y la alimentación, cada pueblo tiene un aroma característico. Nosotros solemos decir —a veces con ligereza— que los orientales huelen a ajo. Y probablemente alguien, en otra parte del mundo, dirá que nosotros los guatemaltecos olemos a maíz, a frijol, a tierra húmeda, a café recién tostado. Aromas que ya no percibimos porque son parte de nosotros.

 

Nos acostumbramos a nuestro propio olor. El aroma no se ve, pero invade. No se anuncia, pero se percibe. No necesita permiso para entrar en una habitación. Ciertamente llegan y con él llega una serie de recuerdos, emociones o situaciones. Puede que huela a fiesta, a playa, a tristeza o dolor. Podemos asociarlo con personas, lugares o eventos, puede tener un efecto relajante o incluso repulsivo, que despierte el apetito o ser un vomitivo. Pero invariablemente causa un efecto.

 

Antes de que soplen las brisas del amanecer y huyan las sombras de la noche, correré a la montaña de mirra y al cerro del incienso. Toda tú eres hermosa, amada mía, bella en todo sentido. Cantar de los Cantares 4:6-7 NTV

 

Y si he de hablar de aromas, no puedo dejar de mencionar el de mi amada Ileana. Entre todos los perfumes de la tarde, el suyo sobresale para mí, no porque sea el más fuerte, sino porque es el que mi alma reconoce. Es dulce y silvestre, como flor que no fue plantada para exhibirse sino que creció libre bajo el cuidado de Dios. Tiene ternura en su esencia, pero también fuego en su interior —ardiente en pasión por la vida, por la fe, por el propósito— no un fuego que consume, sino uno que abriga. Su aroma no invade; acompaña. No compite; permanece. Y mientras otros olores llenan momentáneamente el ambiente, el suyo se queda conmigo, como esa fragancia que uno elige porque ya es parte de casa, parte del pacto, parte del corazón.

 

¡Qué agradable es tu fragancia! Tu nombre es como el aroma que se esparce de aceites perfumados. ¡Con razón todas las jóvenes te aman! Cantar de los Cantares 1:3 NTV

 

Así también nuestros hijos tienen aromas particulares. Cada uno carga una fragancia propia, una combinación única de carácter, historia y propósito. Algunos huelen a determinación temprana, otros a ternura en formación; unos a valentía silenciosa y otros a creatividad desbordada. No son copias, no repiten la esencia de nadie: Dios los diseñó con notas distintas. Y como padres, aprendemos a reconocerlos aun con los ojos cerrados, porque el amor nos enseñó a distinguir el perfume de cada uno.

 

Jacob se acercó y lo besó. Cuando Isaac olió su ropa, lo bendijo con estas palabras: «El olor de mi hijo es como el de un campo bendecido por el Señor. Génesis 27:27 NVI

 

Pienso en la historia de Jacob que alcanza una bendición al tener el aroma de su hermano mayor y me hace entender de mejor manera lo que expresa Pablo en su segunda carta a lo corintios “Para Dios somos el aroma de Cristo…” No dice que debemos esforzarnos por oler bien. Dice que somos aroma. La pregunta no es si olemos. La pregunta es: ¿a qué olemos?

 

Así es la vida espiritual podemos hablar de Cristo, cantar sobre Cristo, enseñar de Cristo… pero lo que realmente impregna el ambiente es lo que somos cuando nadie está analizando nuestras palabras. El carácter tiene olor. La humildad tiene olor. El orgullo también. La amargura deja rastro. La gracia perfuma.

 

se acercó una mujer con un frasco de alabastro lleno de un perfume muy caro, y lo derramó sobre la cabeza de Jesús mientras él estaba sentado a la mesa. Mateo 26:7 NVI

 

Hay una historia en el evangelio de Mateo donde una mujer derrama perfume sobre Jesús. No llevó palabras elocuentes, no llevó argumentos teológicos, no llevó una agenda, llevó aroma. Lo más valioso que tenía fue quebrado y derramado. El altar siempre huele a lo que traemos. Algunos llevamos tiempo, otros talentos, otros dinero; pero lo que realmente perfuma la habitación es lo que nos cuesta. Aquella mujer no solo derramó perfume, se derramó a sí misma. El olor llenó la casa, pero el acto llenó el corazón de Jesús.

 

Acepta como incienso la oración que te ofrezco, y mis manos levantadas, como una ofrenda vespertina. Salmos 141:2 NTV

 

Me pregunto: cuando me acerco al altar, ¿qué fragancia sube? ¿La del orgullo intacto o la del corazón quebrantado? Porque el cielo reconoce el perfume que nace del amor extravagante. Tal vez la verdadera aromaterapia espiritual no consiste en cambiar el ambiente, sino en permitir que Cristo impregne tanto nuestro interior que, sin esfuerzo, al entrar a un lugar algo cambie. Porque el aroma revela la fuente.

 

Si huelo a café, es porque estuve cerca del café, y si a humo, es porque estuve cerca del fuego. Si huelo a Cristo es porque he estado con Él. Y eso, aunque yo ya no lo perciba, el mundo sí lo notará. Más aún, nuestro buen padre Dios lo notará, para el evoca al sacrificio de Jesús, le recuerda la obediencia y su vida entregada como un perfume agradable, olemos a Jesús y el nos otorga su bendición.

 

Mientras estuvo aquí en la tierra, Jesús ofreció oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía rescatarlo de la muerte. Y Dios oyó sus oraciones por la gran reverencia que Jesús le tenía.  Hebreos 5:7 NTV

 

ORACIÓN:

Padre, cuan grande gratitud me invade cuando pienso como me vez, como me percibes, tal cual Cristo, eso despierta una respuesta de amor que no puede parar, y aunque algunas veces parece mermar, el recuerdo de tu aroma me recuerda el sacrificio que me dio acceso a ti, huelo a Jesús y me bendices como a él. Gracias por tanto amor inmerecido, por permitirme ser perfume a tus pies. Amén.

 

Lily & Ray

https://www.youtube.com/watch?v=VmhBFQMzkfY&list=RDVmhBFQMzkfY&start_radio=1