¡Tú guardarás en perfecta paz a todos los que confían en ti, a todos los que concentran en ti sus pensamientos! Confíen siempre en el Señor, porque el Señor Dios es la Roca eterna. Isaías 26:3-4 NTV
Con la cabeza hundida entre sus mulos y su cuerpo
acuclillado sobre un ladrillo se preguntó —¿Era realmente Su voz? — La humedad de la prisión no solo se sentía en
las paredes, se le había metido en los huesos. Tal parecía que el moho brotaría
de sus oídos que parecían traicionarlo. Ya no contaba los días —había dejado de
hacerlo— pero su cuerpo sí llevaba registro: en el peso de los hombros, en el
pulso lento de la esperanza que a ratos parecía apagarse.
Había obedecido, eso era lo único claro, pero ahora, en el
silencio interrumpido por pasos lejanos y ecos de una ciudad sitiada, la
pregunta comenzaba a tomar forma —¿Y si no era Dios? — se dijo en voz
audible pero tenue. No lo decía en voz alta, no por fe sino por miedo a
escuchar su propia duda rebotar contra esas paredes y hacerse más real. Porque
si no era Dios, entonces todo había sido en vano.
La advertencia al pueblo, seguida del rechazo de este. Luego
la traición que lo llevaría a la celda que lo retenía. Cerró los ojos e intentó reconstruir el
momento cuando aquella voz disrumpió la normalidad de su cotidiana existencia.
No fue un susurro emocional ni una idea brillante, aquella intrusión clara, autoritativa,
innegable, ahora parecía lejana.
El cuerpo le sudaba frío, una gota descendió por su sien que
parecía explotar de la presión sanguínea, bajó lenta, casi pesada, como si
cargara el mismo peso de sus pensamientos. Le siguió un escalofrío que le
recorrió la espalda. Afuera, la ciudad se desmoronaba, ahí adentro él trataba
de no hacerlo. “Voy a estar contigo”, le había dicho Dios. —¿Contigo… dónde? — Se preguntaba. ¿En
la obediencia? Sí, ¿En la prisión? también.
Pero esa promesa, que antes lo sostenía, ahora parecía
exigirle más de lo que sentía tener. Y entonces vino lo absurdo. El terreno. Comprar
tierra, cuando todo está por perderse. Casi podía escuchar otras voces ahora
—no audibles, pero insistentes. “Esto no tiene sentido.” “Te equivocaste.” “Dios
no te pediría algo así.” Su humanidad, desgastada, no discutía, solo resistía
como podía. Y en medio de ese deterioro la memoria comenzó a abrirse paso. No
como argumento. Como verdad.
Yo soy el Señor, Dios de toda la humanidad. ¿Hay algo
imposible para mí? Jeremías 32:27 NVI
La frase no llegó como consuelo suave. Apareció como
confrontación que atraviesa la niebla. “¿Hay algo imposible para mí?”. Jeremías
no respondió. No porque no quisiera sino porque entendió que la pregunta no
requería respuesta, buscaba rendición. No le aclaraba el futuro, ni lo sacaba
de la prisión. Tampoco detenía el juicio sobre Jerusalén, pero redefinía todo.
Si Dios era quien decía ser entonces, incluso este momento
oscuro, ilógico, incómodo, no estaba fuera de Su alcance y tal vez, solo tal vez,
la tierra que acababa de comprar no era una mala inversión, era un sermón
expositivo, una profecía que él no vería cumplirse. Setenta años, una
generación entera. Ni sus ojos ni sus manos tocarían esa restauración. Pero su
obediencia sí.
Apoyó la cabeza contra la pared, pues la prisión seguía ahí,
el frío también. Pero algo dentro de él dejó de pelear por entender y comenzó, apenas,
a descansar en quien había hablado. El Dios de toda carne para quien no hay
nada imposible y su plan aún seguía en marcha.
Dios bendice a los que tienen hambre y sed de justicia,
porque serán saciados. Mateo 5:6 NTV
Yo no estoy en una prisión de piedra, pero sí he escuchado
voces, algunas no gritaban y aun así eran más peligrosas que eso, susurraban:
“Así eres tú.” “No es tan grave.” “Esto también es alegría.” Lo creí y construí
sobre eso, palabras con doble sentido, risas fáciles, una versión de mí que
parecía ligera, agradable, incluso feliz. Hasta que la comparé con Jesús y ahí
dejó de ser tan gracioso. Despertó un hambre por lo correcto, por conocer la verdad,
un hambre por su justicia.
y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres. Juan
8:32 NTV
Su verdad no corta para destruir por destruir, corta para
correr el velo y lo que reveló en mí no fue cómodo. Pensaba que amaba, pero
muchas veces era codependencia disfrazada. Pensaba que daba y en el fondo
también necesitaba recibir para sentirme bien. Creía que era libre en ciertas
áreas donde simplemente me había acostumbrado, había normalizado.
El corazón humano es lo más engañoso que hay, y
extremadamente perverso. ¿Quién realmente sabe qué tan malo es? Jeremías 17:9
NTV
Y entonces viene la parte que no nos gusta, Dios no solo
consuela también derriba. Y yo había construido bastante. Ideas sobre paternidad a mi manera, conceptos
de sexualidad mezclados, formas de relacionarme que parecían amor, pero no eran
el amor sacrificial de Cristo. Se parecían, pero no eran. Y al inicio duele, porque
compararte con Jesús no te levanta el ánimo, te expone. Pero si te quedas solo
ahí, te pierdes la mitad del evangelio.
Mira, hoy te doy autoridad sobre naciones y reinos, para
arrancar y derribar, para destruir y demoler, para construir y plantar».
Jeremías 1:10 NVI
Porque Él no solo revela también restaura. Ese amor no usa,
no demanda, no negocia, se entrega. Y cuando empiezo a entender eso me doy
cuenta de que yo no sabía amar así, pero Él sí, y no se queda lejos señalando,
se acerca, como cuando tocó al leproso en Mateo 8:3 “Jesús extendió la mano y lo tocó…” Sin contaminarse Él, limpiando lo que tocaba.
Eso cambia todo, entonces mi historia ya no es solo de culpa y vergüenza, es de
transformación. No se trata de negar lo que fui sino de permitir que Él lo
redima. Implica dejar caer estructuras viejas, reconocer mentiras que parecían
verdad y rendirse una y otra vez.
Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva
creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo! 2 Corintios 5:17 NVI
Así como Jeremías compró un terreno en medio del caos, yo
estoy aprendiendo a construir sobre algo que aún no veo completo. Pero ahora ya
no sobre mis ideas sino sobre la Verdad. No una verdad, La Verdad, que no es un
concepto sino una persona. Jesús.
―Yo soy el camino, la verdad y la vida —le contestó
Jesús—. Nadie llega al Padre sino por mí. Juan 14:6 NVI
ORACIÓN:
Padre, no quiero seguir sosteniendo lo que Tú ya estás
derribando porque me cansa, me pesa y en el fondo sé que no es verdad. Algunas
veces duele, porque me saca de la comodidad que no era libertad. No alcanzo a
comprender todo lo que estás haciendo en mí, pero admito que no necesito
entenderlo todo. Necesito confiar y recordar que no hay nada imposible para Ti.
Amén.
Lily & Ray
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