Porque para Dios nosotros somos el aroma de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden. 2 Corintios 2:15 NVI
El sábado llegamos a Fraijanes y antes de ver a nadie, ya
estábamos siendo recibidos por el aroma de los árboles húmedos que nos dio la
bienvenida. Ese olor fresco, verde, limpio. Luego apareció el del carbón aún
sin encender, sutil pero profundo que siempre me evoca otras épocas y lugares.
Luego ya encendido, ese olor que anuncia que algo está por comenzar. Más tarde
el humo del fuego se mezcló con el aire frío de la tarde, y cuando la carne
tocó la parrilla, el ambiente cambió otra vez. El olor abrió el apetito antes
que las palabras abrieran las conversaciones.
En algún momento, nuestros anfitriones me pasaron el café en
grano para que lo oliera. No era todavía bebida. Era promesa. Cerré los ojos.
El aroma era profundo, tostado, casi abrazador. Cómo una pátina en una pintura
que integra todo, un agente aglutinador de la ocasión. Aún en este momento me
hace estira el labio y sonreír, siento que lo llevo en la sangre.
¡Cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos convivan
en armonía! Salmo 133:1 NVI
Y hablando de abrazos, cada apretón traía su propio perfume.
Cada persona tenía un olor distinto. Algunos dulces, otros más intensos, otros
casi imperceptibles. Y pensé: qué interesante que el olor sea algo tan
personal. Tan identitario. Se dice que según la cultura y la alimentación, cada
pueblo tiene un aroma característico. Nosotros solemos decir —a veces con
ligereza— que los orientales huelen a ajo. Y probablemente alguien, en otra
parte del mundo, dirá que nosotros los guatemaltecos olemos a maíz, a frijol, a
tierra húmeda, a café recién tostado. Aromas que ya no percibimos porque son
parte de nosotros.
Nos acostumbramos a nuestro propio olor. El aroma no se ve,
pero invade. No se anuncia, pero se percibe. No necesita permiso para entrar en
una habitación. Ciertamente llegan y con él llega una serie de recuerdos,
emociones o situaciones. Puede que huela a fiesta, a playa, a tristeza o dolor.
Podemos asociarlo con personas, lugares o eventos, puede tener un efecto
relajante o incluso repulsivo, que despierte el apetito o ser un vomitivo. Pero
invariablemente causa un efecto.
Antes de que soplen las brisas del amanecer y huyan las
sombras de la noche, correré a la montaña de mirra y al cerro del incienso.
Toda tú eres hermosa, amada mía, bella en todo sentido. Cantar de los Cantares
4:6-7 NTV
Y si he de hablar de aromas, no puedo dejar de mencionar el
de mi amada Ileana. Entre todos los perfumes de la tarde, el suyo sobresale
para mí, no porque sea el más fuerte, sino porque es el que mi alma reconoce.
Es dulce y silvestre, como flor que no fue plantada para exhibirse sino que
creció libre bajo el cuidado de Dios. Tiene ternura en su esencia, pero también
fuego en su interior —ardiente en pasión por la vida, por la fe, por el
propósito— no un fuego que consume, sino uno que abriga. Su aroma no invade;
acompaña. No compite; permanece. Y mientras otros olores llenan momentáneamente
el ambiente, el suyo se queda conmigo, como esa fragancia que uno elige porque
ya es parte de casa, parte del pacto, parte del corazón.
¡Qué agradable es tu fragancia! Tu nombre es como el
aroma que se esparce de aceites perfumados. ¡Con razón todas las jóvenes te
aman! Cantar de los Cantares 1:3 NTV
Así también nuestros hijos tienen aromas particulares. Cada
uno carga una fragancia propia, una combinación única de carácter, historia y
propósito. Algunos huelen a determinación temprana, otros a ternura en
formación; unos a valentía silenciosa y otros a creatividad desbordada. No son
copias, no repiten la esencia de nadie: Dios los diseñó con notas distintas. Y
como padres, aprendemos a reconocerlos aun con los ojos cerrados, porque el
amor nos enseñó a distinguir el perfume de cada uno.
Jacob se acercó y lo besó. Cuando Isaac olió su ropa, lo
bendijo con estas palabras: «El olor de mi hijo es como el de un campo
bendecido por el Señor. Génesis 27:27 NVI
Pienso en la historia de Jacob que alcanza una bendición al
tener el aroma de su hermano mayor y me hace entender de mejor manera lo que
expresa Pablo en su segunda carta a lo corintios “Para Dios somos el aroma de
Cristo…” No dice que debemos esforzarnos por oler bien. Dice que somos aroma. La
pregunta no es si olemos. La pregunta es: ¿a qué olemos?
Así es la vida espiritual podemos hablar de Cristo, cantar
sobre Cristo, enseñar de Cristo… pero lo que realmente impregna el ambiente es
lo que somos cuando nadie está analizando nuestras palabras. El carácter tiene
olor. La humildad tiene olor. El orgullo también. La amargura deja rastro. La
gracia perfuma.
se acercó una mujer con un frasco de alabastro lleno de
un perfume muy caro, y lo derramó sobre la cabeza de Jesús mientras él estaba
sentado a la mesa. Mateo 26:7 NVI
Hay una historia en el evangelio de Mateo donde una mujer
derrama perfume sobre Jesús. No llevó palabras elocuentes, no llevó argumentos
teológicos, no llevó una agenda, llevó aroma. Lo más valioso que tenía fue
quebrado y derramado. El altar siempre huele a lo que traemos. Algunos llevamos
tiempo, otros talentos, otros dinero; pero lo que realmente perfuma la
habitación es lo que nos cuesta. Aquella mujer no solo derramó perfume, se
derramó a sí misma. El olor llenó la casa, pero el acto llenó el corazón de
Jesús.
Acepta como incienso la oración que te ofrezco, y mis
manos levantadas, como una ofrenda vespertina. Salmos 141:2 NTV
Me pregunto: cuando me acerco al altar, ¿qué fragancia sube?
¿La del orgullo intacto o la del corazón quebrantado? Porque el cielo reconoce
el perfume que nace del amor extravagante. Tal vez la verdadera aromaterapia
espiritual no consiste en cambiar el ambiente, sino en permitir que Cristo
impregne tanto nuestro interior que, sin esfuerzo, al entrar a un lugar algo
cambie. Porque el aroma revela la fuente.
Si huelo a café, es porque estuve cerca del café, y si a
humo, es porque estuve cerca del fuego. Si huelo a Cristo es porque he estado
con Él. Y eso, aunque yo ya no lo perciba, el mundo sí lo notará. Más aún,
nuestro buen padre Dios lo notará, para el evoca al sacrificio de Jesús, le
recuerda la obediencia y su vida entregada como un perfume agradable, olemos a
Jesús y el nos otorga su bendición.
Mientras estuvo aquí en la tierra, Jesús ofreció
oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía rescatarlo de la
muerte. Y Dios oyó sus oraciones por la gran reverencia que Jesús le
tenía. Hebreos 5:7 NTV
ORACIÓN:
Padre, cuan grande gratitud me invade cuando pienso como me
vez, como me percibes, tal cual Cristo, eso despierta una respuesta de amor que
no puede parar, y aunque algunas veces parece mermar, el recuerdo de tu aroma me
recuerda el sacrificio que me dio acceso a ti, huelo a Jesús y me bendices como
a él. Gracias por tanto amor inmerecido, por permitirme ser perfume a tus pies.
Amén.
Lily &
Ray
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