PREPARADOS

Más bien, honren en su corazón a Cristo como Señor. Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes. Pero háganlo con gentileza y respeto, 1 Pedro 3:15 NVI

 

Desde la semana pasada he tenido una inquietud extraña. No sé si fue por tantas noticias alarmantes que comenzaron a circular —esas publicaciones que anuncian “el diluvio del año”, tormentas históricas, inundaciones nunca antes vistas— o simplemente porque, viviendo en Guatemala, uno aprende que cuando las lluvias llegan de verdad, no preguntan si estamos listos.

 

Así que empecé a hacer algunas diligencias pendientes en casa. Primero revisé las tuberías que conducen las aguas pluviales y los drenajes que las reciben. Confieso que llevaba tiempo posponiendo esa tarea. Uno siempre piensa: “todavía aguanta”, “la próxima semana lo hago”, hasta que una pequeña lluvia basta para revelar cuánto descuido se ha acumulado silenciosamente.

 

Después vino la parte más complicada: subir al techo de la casa. Mi amigo Estuardo me prestó una escalera bastante larga, de esas que ya solo verlas dan una mezcla de confianza y temor. Mientras subía, iba pensando que probablemente encontraría algunas hojas secas y quizá una que otra rama acumulada. Pero cuando finalmente asomé la cabeza sobre la cubierta, me sorprendí de verdad.

 

Había capas y capas de hojas de pino, tierra, ramas pequeñas y residuos que el viento había ido depositando lentamente durante meses. Sin exagerar, aquello no parecía simplemente suciedad acumulada; parecía el inicio de un ecosistema completo. Pensé que fácilmente podrían haberse escondido allí no solo nidos de pájaros, sino pequeñas madrigueras de zorros.

 

Practiquen el dominio propio y manténganse alerta. Su enemigo el diablo ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resístanlo, manteniéndose firmes en la fe, sabiendo que los creyentes en todo el mundo soportan la misma clase de sufrimientos. 1 Pedro 5:8-9 NVI

 

Lo curioso es que desde abajo nada de eso se veía. Desde el patio, el techo parecía perfectamente normal. Ordenado. Funcional. Seguro. Pero arriba, en las partes que casi nunca revisamos, el deterioro avanzaba silenciosamente. Mientras limpiaba, me di cuenta de algo: el problema nunca empieza con la tormenta. La tormenta solo revela lo que se descuidó durante el tiempo de calma. Porque las lluvias no crean el caos; simplemente exponen lo que estaba obstruido.

 

Luego, cuando llegue, daré cartas de presentación a los que ustedes hayan aprobado y los enviaré a Jerusalén con los donativos que hayan recogido. 1 Corintios 16:3 NVI

 

Hay áreas de nuestra vida que desde lejos parecen estar bien. Pero al asomarnos a lo profundo del corazón descubrimos que, aunque seguimos funcionando, trabajando, sirviendo, sonriendo, asistiendo a la iglesia, cumpliendo responsabilidades, en los lugares altos y escondidos del alma comienzan a acumularse pequeñas cosas: resentimientos no tratados, cansancio ignorado, orgullo disfrazado de fortaleza, heridas que nunca llevamos delante de Dios, pecados “pequeños” que dejamos quedarse demasiado tiempo.

 

Así mismo deben ustedes estar preparados, porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen. Lucas 12:40 NVI

 

Nada parece grave, hasta que llega la tormenta y cuando llegan temporadas de presión, pérdida, conflicto o dolor, entonces descubrimos que el agua no pudo fluir correctamente porque había demasiadas cosas acumuladas dentro de nosotros. Quizá por eso Dios muchas veces nos inquieta antes de ciertas temporadas. Nos mueve a revisar, limpiar, ordenar y atender áreas que hemos ignorado. No para vivir aterrados por la tormenta, sino para prepararnos sabiamente para ella.

 

Así que recuerda lo que has recibido y oído; obedécelo y arrepiéntete. Si no te mantienes despierto, cuando menos lo esperes caeré sobre ti como un ladrón. Apocalipsis 3:3 NVI

 

Una imagen en Hechos 1 me llama la atención y hay algo profundamente humano en esa escena. Jesús acaba de ascender y ellos simplemente se quedan viendo el cielo. Inmóviles. Asombrados. Tal vez confundidos. Quizá con una mezcla de esperanza y nostalgia. Y sinceramente, ¿quién no habría hecho lo mismo? Pero los ángeles prácticamente les hacen una pregunta que también resuena para nosotros hoy: “¿Y ahora qué?”

 

Pero les digo la verdad: les conviene que me vaya porque, si no lo hago, el Consolador no vendrá a ustedes; en cambio, si me voy, se lo enviaré.  Juan 16:7 NVI

 

Porque Jesús prometió que volvería, sí. Pero mientras esperamos su regreso, no nos dejó solos mirando hacia arriba con resignación o escapismo espiritual. Nos dejó su Espíritu Santo. Y eso lo cambia todo. Él no es un sustituto frío de la presencia de Jesús; es la presencia misma de Dios habitando en nosotros. Consolándonos, guiándonos, corrigiéndonos, fortaleciéndonos y recordándonos que aún hay obra por hacer.

 

La esperanza cristiana nunca fue diseñada para convertirse en una excusa para desconectarnos del mundo diciendo: “Ojalá ya todo se termine”. Al contrario, la esperanza del regreso de Cristo debería impulsarnos a amar más, servir más, perdonar más y anunciar más urgentemente las buenas noticias. Esperamos su regreso, sí, pero no escondidos del mundo; caminamos hacia él llevando luz.

 

El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan. 2 Pedro 3:9 NVI

 

 

Porque cuando entendemos el corazón de Dios, descubrimos que su deseo nunca ha sido la destrucción del ser humano, sino su rescate. Él “no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan” (2 Pedro 3:9). Y si ese es el deseo del Padre, debería convertirse también en el nuestro. Tal vez por eso no basta con limpiar los drenajes de la casa; también necesitamos revisar si nuestro corazón todavía se conmueve por las personas que viven sin esperanza. Porque es posible prepararnos tanto para “la tormenta” que terminemos olvidando a quienes siguen afuera bajo la lluvia.

 

Jesús volverá. Esa promesa sigue en pie. Pero mientras el cielo se abre nuevamente, la iglesia no fue llamada solamente a mirar hacia arriba, sino a salir hacia adelante. Porque la preparación rara vez es urgente cuando el cielo está despejado. Pero los que esperan hasta escuchar los primeros truenos, normalmente ya van tarde.

 

Ellos se quedaron mirando fijamente al cielo mientras él se alejaba. De repente, se les acercaron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: ―Galileos, ¿qué hacen aquí mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido llevado de entre ustedes al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que lo han visto irse. Hechos 1:10-11 NVI

ORACIÓN:

Señor Jesús, gracias porque no nos dejaste solos; gracias por tu Espíritu Santo, que nos guía, consuela y fortalece cada día. Ayúdanos a vivir preparados, con un corazón limpio y atento a tu voz. Mientras esperamos tu regreso, que no nos quedemos solamente mirando al cielo, sino llevando esperanza, amor y verdad a quienes aún no te conocen. Danos un corazón como el tuyo, que anhele que nadie se pierda. Ven, Señor Jesús, y ayúdanos a permanecer fieles hasta el final. Amén.

 

Lily & Ray

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TODO SE DERRUMBÓ

¡Tú guardarás en perfecta paz a todos los que confían en ti, a todos los que concentran en ti sus pensamientos! Confíen siempre en el Señor, porque el Señor Dios es la Roca eterna. Isaías 26:3-4 NTV

 

Con la cabeza hundida entre sus mulos y su cuerpo acuclillado sobre un ladrillo se preguntó —¿Era realmente Su voz?   La humedad de la prisión no solo se sentía en las paredes, se le había metido en los huesos. Tal parecía que el moho brotaría de sus oídos que parecían traicionarlo. Ya no contaba los días —había dejado de hacerlo— pero su cuerpo sí llevaba registro: en el peso de los hombros, en el pulso lento de la esperanza que a ratos parecía apagarse.

 

Había obedecido, eso era lo único claro, pero ahora, en el silencio interrumpido por pasos lejanos y ecos de una ciudad sitiada, la pregunta comenzaba a tomar forma —¿Y si no era Dios? — se dijo en voz audible pero tenue. No lo decía en voz alta, no por fe sino por miedo a escuchar su propia duda rebotar contra esas paredes y hacerse más real. Porque si no era Dios, entonces todo había sido en vano.

 

La advertencia al pueblo, seguida del rechazo de este. Luego la traición que lo llevaría a la celda que lo retenía.  Cerró los ojos e intentó reconstruir el momento cuando aquella voz disrumpió la normalidad de su cotidiana existencia. No fue un susurro emocional ni una idea brillante, aquella intrusión clara, autoritativa, innegable, ahora parecía lejana.

 

El cuerpo le sudaba frío, una gota descendió por su sien que parecía explotar de la presión sanguínea, bajó lenta, casi pesada, como si cargara el mismo peso de sus pensamientos. Le siguió un escalofrío que le recorrió la espalda. Afuera, la ciudad se desmoronaba, ahí adentro él trataba de no hacerlo. “Voy a estar contigo”, le había dicho Dios.  —¿Contigo… dónde? — Se preguntaba. ¿En la obediencia? Sí, ¿En la prisión? también.

 

Pero esa promesa, que antes lo sostenía, ahora parecía exigirle más de lo que sentía tener. Y entonces vino lo absurdo. El terreno. Comprar tierra, cuando todo está por perderse. Casi podía escuchar otras voces ahora —no audibles, pero insistentes. “Esto no tiene sentido.” “Te equivocaste.” “Dios no te pediría algo así.” Su humanidad, desgastada, no discutía, solo resistía como podía. Y en medio de ese deterioro la memoria comenzó a abrirse paso. No como argumento. Como verdad.

 

Yo soy el Señor, Dios de toda la humanidad. ¿Hay algo imposible para mí? Jeremías 32:27 NVI

 

La frase no llegó como consuelo suave. Apareció como confrontación que atraviesa la niebla. “¿Hay algo imposible para mí?”. Jeremías no respondió. No porque no quisiera sino porque entendió que la pregunta no requería respuesta, buscaba rendición. No le aclaraba el futuro, ni lo sacaba de la prisión. Tampoco detenía el juicio sobre Jerusalén, pero redefinía todo.

 

Si Dios era quien decía ser entonces, incluso este momento oscuro, ilógico, incómodo, no estaba fuera de Su alcance y tal vez, solo tal vez, la tierra que acababa de comprar no era una mala inversión, era un sermón expositivo, una profecía que él no vería cumplirse. Setenta años, una generación entera. Ni sus ojos ni sus manos tocarían esa restauración. Pero su obediencia sí.

 

Apoyó la cabeza contra la pared, pues la prisión seguía ahí, el frío también. Pero algo dentro de él dejó de pelear por entender y comenzó, apenas, a descansar en quien había hablado. El Dios de toda carne para quien no hay nada imposible y su plan aún seguía en marcha.

 

Dios bendice a los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Mateo 5:6 NTV



Yo no estoy en una prisión de piedra, pero sí he escuchado voces, algunas no gritaban y aun así eran más peligrosas que eso, susurraban: “Así eres tú.” “No es tan grave.” “Esto también es alegría.” Lo creí y construí sobre eso, palabras con doble sentido, risas fáciles, una versión de mí que parecía ligera, agradable, incluso feliz. Hasta que la comparé con Jesús y ahí dejó de ser tan gracioso. Despertó un hambre por lo correcto, por conocer la verdad, un hambre por su justicia.

 

y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres. Juan 8:32 NTV

 

Su verdad no corta para destruir por destruir, corta para correr el velo y lo que reveló en mí no fue cómodo. Pensaba que amaba, pero muchas veces era codependencia disfrazada. Pensaba que daba y en el fondo también necesitaba recibir para sentirme bien. Creía que era libre en ciertas áreas donde simplemente me había acostumbrado, había normalizado.

 

El corazón humano es lo más engañoso que hay, y extremadamente perverso. ¿Quién realmente sabe qué tan malo es? Jeremías 17:9 NTV

 

Y entonces viene la parte que no nos gusta, Dios no solo consuela también derriba. Y yo había construido bastante.  Ideas sobre paternidad a mi manera, conceptos de sexualidad mezclados, formas de relacionarme que parecían amor, pero no eran el amor sacrificial de Cristo. Se parecían, pero no eran. Y al inicio duele, porque compararte con Jesús no te levanta el ánimo, te expone. Pero si te quedas solo ahí, te pierdes la mitad del evangelio.

 

Mira, hoy te doy autoridad sobre naciones y reinos, para arrancar y derribar, para destruir y demoler, para construir y plantar». Jeremías 1:10 NVI

 

Porque Él no solo revela también restaura. Ese amor no usa, no demanda, no negocia, se entrega. Y cuando empiezo a entender eso me doy cuenta de que yo no sabía amar así, pero Él sí, y no se queda lejos señalando, se acerca, como cuando tocó al leproso en Mateo 8:3  “Jesús extendió la mano y lo tocó…”  Sin contaminarse Él, limpiando lo que tocaba. Eso cambia todo, entonces mi historia ya no es solo de culpa y vergüenza, es de transformación. No se trata de negar lo que fui sino de permitir que Él lo redima. Implica dejar caer estructuras viejas, reconocer mentiras que parecían verdad y rendirse una y otra vez.

 

Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo! 2 Corintios 5:17 NVI

 

Así como Jeremías compró un terreno en medio del caos, yo estoy aprendiendo a construir sobre algo que aún no veo completo. Pero ahora ya no sobre mis ideas sino sobre la Verdad. No una verdad, La Verdad, que no es un concepto sino una persona. Jesús.

 

―Yo soy el camino, la verdad y la vida —le contestó Jesús—. Nadie llega al Padre sino por mí. Juan 14:6 NVI

 

ORACIÓN:

Padre, no quiero seguir sosteniendo lo que Tú ya estás derribando porque me cansa, me pesa y en el fondo sé que no es verdad. Algunas veces duele, porque me saca de la comodidad que no era libertad. No alcanzo a comprender todo lo que estás haciendo en mí, pero admito que no necesito entenderlo todo. Necesito confiar y recordar que no hay nada imposible para Ti. Amén.

 

Lily & Ray

 

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FIRME EN LAS ALTURAS

Cristo también es la cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo. Él es el principio, supremo sobre todos los que se levantan de los muertos. Así que él es el primero en todo. Colosenses 1:18 NTV

 

Por muchos años trabajé en una galería de arte, como asistente de dirección. Había acumulado experiencia, relaciones, conocimiento y cierto grado de sabiduría en el tema. Supervisaba y revisaba muchas de las cosas que se hacían allí; mi opinión era tomada en cuenta y tenía injerencia en múltiples asuntos de la institución. Me había hecho un nombre.

 

Cada catálogo que se escribía, la columna semanal en un conocido diario, la selección de obras para exhibiciones, el registro y valuación de colecciones, la elaboración de guiones científicos, las visitas guiadas, la asesoría para ampliación de colecciones, y el acompañamiento a nuevos coleccionistas… en todo, de alguna manera, yo estaba involucrado.

 

Había voces. “Tienes colmillo” “Qué gran juicio tienes” “Deberías estar a cargo” “Tú deberías escribir los textos” Palabras que, poco a poco, comenzaron a sembrar algo en mí. No era evidente al inicio, pero crecía. Me hacían pensar que no era valorado, que merecía un mejor trato, un mejor salario, un mejor lugar.

 

¡Ahora es tu oportunidad! —los hombres le susurraron a David—. Hoy el Señor te dice: “Te aseguro que pondré a tu enemigo en tu poder, para que hagas con él lo que desees”». Entonces David se le acercó sigilosamente y cortó un pedazo del borde del manto de Saúl. 5Pero comenzó a remorderle la conciencia por haber cortado el manto de Saúl, y les dijo a sus hombres: «Que el Señor me libre de hacerle tal cosa a mi señor el rey. No debo atacar al ungido del Señor, porque el Señor mismo lo ha elegido». 1 Samuel 24:4-6 NTV

 

Sumado a eso, mi hermano trabajaba conmigo. Él es brillante. Y en algún momento, la idea apareció: podríamos hacer lo nuestro. Podríamos tomar lo que sabíamos, lo que habíamos construido y dar un paso. No sonaba mal. No parecía injusto. Incluso parecía lógico. Pero no todo lo lógico es correcto.

 

¡Esta vez, sin duda alguna, Dios te ha entregado a tu enemigo! —le susurró Abisai a David—. Déjame que lo clave en la tierra con un solo golpe de mi lanza; ¡no hará falta darle dos! —¡No! —dijo David—. No lo mates. Pues ¿quién quedará inocente después de atacar al ungido del Señor? 1 Samuel 26:8-9 NTV

 

En 1 Samuel 24 y 26 se narran dos momentos que siempre me confrontan. David tiene frente a sí la oportunidad de terminar con Saúl. No una, sino dos veces. Y no solo es una posibilidad estratégica, es una oportunidad que otros interpretan como divina. “¡Esta es tu oportunidad!” —le dicen—. El argumento es fuerte: Dios ya lo había ungido. Saúl ya había sido desechado.

 

El camino parecía claro. Pero David hace algo desconcertante. Se detiene. Y más aún, se quebranta por haber cortado un pedazo del manto de Saúl. ¿Por qué? Porque entendía algo que yo estaba comenzando a olvidar: no todo lo que puedo hacer, debo hacerlo. David no tocó lo que Dios aún no le había entregado. No tomó lo que podía tomar. No aceleró lo que Dios estaba formando. Decidió permanecer como número 2, aun cuando ya había sido escogido para ser número 1.

 

Entonces Samuel le dijo a Saúl: —¡Basta! ¡Escucha lo que el Señor me dijo anoche! —¿Qué te dijo? —preguntó Saúl. Y Samuel le dijo: —Aunque te tengas en poca estima, ¿acaso no eres el líder de las tribus de Israel? El Señor te ungió como rey de Israel, ¿Por qué no obedeciste al Señor? ¿Por qué te apuraste a tomar del botín y a hacer lo que es malo a los ojos del Señor? 1 Samuel 15:16-17,19 NTV

 

Saúl, por otro lado, no supo vivir así. También en 1 Samuel vemos cómo un hombre puede perderlo todo cuando deja de verse correctamente delante de Dios. Ese fue el punto de quiebre. Saúl fue rey, pero olvidó que no era el soberano. Y cuando dejó de reconocerse como número 2, comenzó a defender su posición como si fuera suya. Entonces apareció David, y lo que debió ser propósito, se volvió amenaza. Los cantos del pueblo no cambiaron a David, revelaron a Saúl. Porque cuando el corazón no está firme en Dios, el reconocimiento de otros se vuelve un espejo incómodo. Saúl no perdió el reino por David. Lo perdió por no saber permanecer debajo de Dios.

 

«No tengas miedo —le aseguró Jonatán—, ¡mi padre nunca te encontrará! Tú vas a ser el rey de Israel, y yo voy a estar a tu lado, como mi padre bien lo sabe». 18Luego los dos renovaron su pacto solemne delante del Señor. Después Jonatán regresó a su casa, mientras que David se quedó en Hores. 1 Samuel 23:17-18 NTV

 

Pero no todos reaccionan así. Jonatán, su hijo, tenía todo el derecho al trono y sin embargo reacciona de una manera que me conmueve y confronta en gran manera al leer una de las declaraciones más libres que puede hacer un hombre: “Tú reinarás… y yo seré segundo después de ti.” No hay lucha. No hay negociación. No hay resentimiento. Hay claridad.

 

Jonatán entendió que el propósito de Dios es más importante que su posición personal. Y eso solo es posible cuando tu identidad no está en el lugar que ocupa, sino en el Dios a quien perteneces.

 

Él debe tener cada vez más importancia y yo, menos. »Él vino de lo alto y es superior a cualquier otro. Nosotros somos de la tierra y hablamos de cosas terrenales, pero él vino del cielo y es superior a todos. Juan 3:30-31 NTV

 

Siglos después, otro hombre viviría esta misma verdad. Juan el Bautista dice: “Es necesario que él crezca, pero que yo disminuya.” Juan tenía multitudes. Tenía influencia. Tenía autoridad. Pero cuando Jesús apareció, no sintió que perdía, entendió que todo cobraba sentido.

 

El verdadero número 2 no compite con el número 1, lo celebra. Incluso vio a sus propios discípulos seguir a Jesús y no los detuvo. Eso no es debilidad. Eso es identidad. No estamos en este mundo para hacer seguidore nuestros sino discípulos para Jesús. Eso nos libra de la tentación de querer manipular y controlar a las personas y su crecimiento, el cual solo viene de Dios.

 

Después de todo, ¿quién es Apolos?, ¿quién es Pablo? Nosotros solo somos siervos de Dios mediante los cuales ustedes creyeron la Buena Noticia. Cada uno de nosotros hizo el trabajo que el Señor nos encargó. 1 Corintios 3:5 NTV

 

Pablo también lo entendió. Plantó iglesias, formó líderes, escribió el porcentaje más grande del nuevo testamento y aun así dijo: “¿Qué es Pablo… sino servidor?” “No nos predicamos a nosotros mismos…” Nunca ocupó el centro del mensaje. Porque cuando el hombre ocupa el lugar central, Cristo deja de ser visible.

 

Entonces Jesús explicó: «Les digo la verdad, el Hijo no puede hacer nada por su propia cuenta; solo hace lo que ve que el Padre hace. Todo lo que hace el Padre, también lo hace el Hijo, Juan 5:19 NTV

 

Y finalmente, Jesús. El modelo perfecto. “El Hijo no puede hacer nada por sí mismo…” Y en Getsemaní: “No se haga mi voluntad, sino la tuya.” Jesús nunca compitió con el Padre. Nunca buscó protagonismo independiente. Vivió en perfecta dependencia.

 

Él se adelantó un poco más y se inclinó rostro en tierra mientras oraba: «¡Padre mío! Si es posible, que pase de mí esta copa de sufrimiento. Sin embargo, quiero que se haga tu voluntad, no la mía». Mateo 26:39 NTV

 

Hoy entiendo algo que en aquel momento apenas intuía: Ser un buen número 2 no es resignarse a menos, es entender quién es el 1. Es liderar sin usurpar. Es crecer sin desplazar. Es influir sin adueñarse. Es permanecer firme en las alturas correctas. Porque el problema nunca ha sido subir, sino olvidar desde dónde subimos.

 

»Ciertamente, yo soy la vid; ustedes son las ramas. Los que permanecen en mí y yo en ellos producirán mucho fruto porque, separados de mí, no pueden hacer nada. Juan 15:5 NTV

 

ORACIÓN:

Señor, no importa el lugar que ocupe en la tierra, si Cristo no ocupa el primero en mi corazón estoy perdido. Recuérdame quién eres Tú y quién no soy yo. Guarda mi corazón de la ambición disfrazada de oportunidad. Líbrame de tomar lo que no me has entregado. Enséñame a esperar, a honrar, a permanecer. Si en algún momento olvido que Tú eres el primero en todo, detenme. Amén.

 

Lily & Ray

 

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¿Cómo sueltas lo que amas?

La tierra es del Señor y todo lo que hay en ella; el mundo y todos sus habitantes le pertenecen. Salmos 24:1 NTV


Parado en la puerta de la capilla mientras se hace el homenaje póstumo al “ser querido”, como le llama quien conduce la ceremonia, tengo una panorámica peculiar, pues puedo observar a los asistentes y dolientes, los diferentes matices que cada actitud tiene. ¿Y cómo saber qué postura tener? No creo que haya un protocolo o experiencia necesaria que dé autoridad para dictar la regla.

 

Creo que es una de las situaciones en las que más me ha tocado acompañar a personas, y en múltiples ocasiones se me ha pedido o asignado dar palabras: un mensaje de consuelo, un discurso póstumo, algo que consuele, que traiga esperanza o confirme la que ya tienen los dolientes. Esta vez no sé qué decir. Pasan cosas por mi mente y me encuentro en ese punto donde vienen mensajes prefabricados solo para llenar el momento, por lo cual postergo mi participación hasta el momento final, ya en el camposanto.

 

De pronto, sin previo aviso, llega la pregunta. Me quedo absorto y sigo meditando mientras escucho la banda sonora de suspiros y lamentos que le hacen coro a las intervenciones de amigos y familiares que desfilan frente a la muchedumbre para expresar, en medio del quebrantamiento, palabras que den honor a la finada.

 

La breve intervención del ahora viudo está cargada de verdad, y esta frase lo encierra todo: “Me la prestó por estos años”, dijo, mientras soltaba el micrófono, casi golpeándolo contra la mesa. Y es verdad: amamos, pero no poseemos… hijos, esposa, ministerio, alumnos, sueños no nos pertenecen. Nos fueron confiados. Soltar comienza cuando dejamos de decir: “Es mío” y empezamos a decir: “Me lo prestaste”.

 

Entonces dijo: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo he de partir. El Señor ha dado; el Señor ha quitado. ¡Bendito sea el nombre del Señor !». Job 1:21 NVI

 

Vienen a mi memoria los desprendimientos que me han causado dolor: el de mi padre —diría que el menos doloroso por su edad avanzada y lo previsible que era su deceso—; el de mi hermano Jaime, de 18 años, muerto en un accidente vial. Este sí nos tomó por sorpresa, y aún tengo presentes los momentos de espera en el Inacif. También mi sobrino mayor, muy cercano a mi hija; tantos momentos y recuerdos juntos. Y qué decir del desprendimiento de mi hija menor, que aunque aún vive, han sido muchos años separados físicamente. ¿Cómo los solté?

 

Y sabemos que Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien de quienes lo aman y son llamados según el propósito que él tiene para ellos. Romanos 8:28 NTV

Amar no es controlar. Muchos personajes bíblicos experimentaron este proceso. Abraham entrega a Isaac, a quien ama profundamente. Job no niega el dolor de sus pérdidas, pero reconoce la autoridad de Dios. Porque soltar es un acto de adoración en medio del dolor. No es frialdad; es fe madura y rendición de soberanía.

 

Aún me mojo los labios y balbuceo para mis adentros las palabras que diré. Mis teloneros son un conjunto de mariachis contratados por familiares. No me están ayudando mucho, pues todas sus canciones apuntan a un último adiós, a un final sin retorno. Huelen a tristeza y dolor, a desesperanza y resentimiento; huelen a muerte.

 

Pues fui yo, el Señor tu Dios, quien te rescató de la tierra de Egipto. Abre bien tu boca, y la llenaré de cosas buenas. Salmos 81:10 NTV

 

Con el último “tan, tan” de los mariachis me presentan. Con voz temblorosa y quebrada comienzo preguntando: —¿Cómo soltamos lo que amamos? — Ayudado de unas notas rápidas que hice, me armo de valor comenzando a dar un poco de contexto. Me dejo llevar por el Espíritu de Dios para tratar de contestar la incógnita. Abrí mi boca y fue llenada de tanta verdad, sabida y vivida.

 

No hay un amor más grande que el dar la vida por los amigos. Juan 15:13 NTV

 

Saber que no eran nuestros y comprender que hay alguien que los ama mucho más de lo que nosotros podríamos imaginar nos ayuda a atravesar este valle de sombra de muerte, mientras nos dejamos acompañar por Él. No niega el valle ni espiritualiza el dolor minimizando la muerte. Pues el valle existe, la sombra pesa y la ausencia duele. Pasarlo sin temor, no porque sea fuerte, o lo entienda todo, o me lo expliquen. El Salmo 23 dice: “No temeré mal alguno, porque Tú estarás conmigo.” Es su presencia lo que nos quita el temor.

 

Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Juan 3:16 NVI

 

El Padre no entregó a Jesús por indiferencia; lo hizo por un amor mayor. En mis tiempos de ignorancia le debatí este punto, cuando le increpaba acerca del dolor que me causaba separarme de mi —por aquel entonces— pequeña hija. Y su respuesta me dejó impávido: “Yo arriesgué todo al enviar a Jesús. Toda la creación, tal cual la conoces, no sería si Él hubiera fallado. Tú me tienes a mí y la garantía de haber vencido la muerte”.

 

Soltar no es dejar de amar, ni resignación fatalista; no es desconexión emocional. Es decir: “Lo pongo en tus manos porque lo amo y confío en ti y en tu gran amor demostrado. Finalmente, todo es tuyo”. Finalmente, Dios nunca nos pedirá hacer algo que no podamos hacer y que no nos haya mostrado antes cómo hacerlo.

 

Aunque era Dios, no consideró que el ser igual a Dios fuera algo a lo cual aferrarse. En cambio, renunció a sus privilegios divinos; adoptó la humilde posición de un esclavo y nació como un ser humano. Cuando apareció en forma de hombre se humilló a sí mismo en obediencia a Dios y murió en una cruz como morían los criminales. Filipenses 2:6-7 NTV

 

ORACIÓN:

Señor, hoy reconocemos que todo lo que amamos viene de tus manos. Gracias por cada vida, cada momento y cada historia que nos permitiste compartir. En medio del dolor y de la ausencia, enséñanos a confiar en tu soberanía, aun cuando nuestro corazón no entiende del todo tus caminos. Danos la gracia para soltar lo que amamos sin dejar de amar, recordando que nunca fue nuestro, sino un regalo tuyo por un tiempo. Acompáñanos en este valle de sombra, sostén nuestra fe cuando el dolor pesa y recuérdanos que tu presencia nunca nos abandona. Hoy ponemos en tus manos lo que tanto amamos, confiando en que tu amor es más grande que el nuestro y que en ti la vida nunca termina. Amén.

 

Lily & Ray

 

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AROMATERAPIA

 Porque para Dios nosotros somos el aroma de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden. 2 Corintios 2:15 NVI

 

El sábado llegamos a Fraijanes y antes de ver a nadie, ya estábamos siendo recibidos por el aroma de los árboles húmedos que nos dio la bienvenida. Ese olor fresco, verde, limpio. Luego apareció el del carbón aún sin encender, sutil pero profundo que siempre me evoca otras épocas y lugares. Luego ya encendido, ese olor que anuncia que algo está por comenzar. Más tarde el humo del fuego se mezcló con el aire frío de la tarde, y cuando la carne tocó la parrilla, el ambiente cambió otra vez. El olor abrió el apetito antes que las palabras abrieran las conversaciones.

 

En algún momento, nuestros anfitriones me pasaron el café en grano para que lo oliera. No era todavía bebida. Era promesa. Cerré los ojos. El aroma era profundo, tostado, casi abrazador. Cómo una pátina en una pintura que integra todo, un agente aglutinador de la ocasión. Aún en este momento me hace estira el labio y sonreír, siento que lo llevo en la sangre.

 

¡Cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos convivan en armonía! Salmo 133:1 NVI

 

Y hablando de abrazos, cada apretón traía su propio perfume. Cada persona tenía un olor distinto. Algunos dulces, otros más intensos, otros casi imperceptibles. Y pensé: qué interesante que el olor sea algo tan personal. Tan identitario. Se dice que según la cultura y la alimentación, cada pueblo tiene un aroma característico. Nosotros solemos decir —a veces con ligereza— que los orientales huelen a ajo. Y probablemente alguien, en otra parte del mundo, dirá que nosotros los guatemaltecos olemos a maíz, a frijol, a tierra húmeda, a café recién tostado. Aromas que ya no percibimos porque son parte de nosotros.

 

Nos acostumbramos a nuestro propio olor. El aroma no se ve, pero invade. No se anuncia, pero se percibe. No necesita permiso para entrar en una habitación. Ciertamente llegan y con él llega una serie de recuerdos, emociones o situaciones. Puede que huela a fiesta, a playa, a tristeza o dolor. Podemos asociarlo con personas, lugares o eventos, puede tener un efecto relajante o incluso repulsivo, que despierte el apetito o ser un vomitivo. Pero invariablemente causa un efecto.

 

Antes de que soplen las brisas del amanecer y huyan las sombras de la noche, correré a la montaña de mirra y al cerro del incienso. Toda tú eres hermosa, amada mía, bella en todo sentido. Cantar de los Cantares 4:6-7 NTV

 

Y si he de hablar de aromas, no puedo dejar de mencionar el de mi amada Ileana. Entre todos los perfumes de la tarde, el suyo sobresale para mí, no porque sea el más fuerte, sino porque es el que mi alma reconoce. Es dulce y silvestre, como flor que no fue plantada para exhibirse sino que creció libre bajo el cuidado de Dios. Tiene ternura en su esencia, pero también fuego en su interior —ardiente en pasión por la vida, por la fe, por el propósito— no un fuego que consume, sino uno que abriga. Su aroma no invade; acompaña. No compite; permanece. Y mientras otros olores llenan momentáneamente el ambiente, el suyo se queda conmigo, como esa fragancia que uno elige porque ya es parte de casa, parte del pacto, parte del corazón.

 

¡Qué agradable es tu fragancia! Tu nombre es como el aroma que se esparce de aceites perfumados. ¡Con razón todas las jóvenes te aman! Cantar de los Cantares 1:3 NTV

 

Así también nuestros hijos tienen aromas particulares. Cada uno carga una fragancia propia, una combinación única de carácter, historia y propósito. Algunos huelen a determinación temprana, otros a ternura en formación; unos a valentía silenciosa y otros a creatividad desbordada. No son copias, no repiten la esencia de nadie: Dios los diseñó con notas distintas. Y como padres, aprendemos a reconocerlos aun con los ojos cerrados, porque el amor nos enseñó a distinguir el perfume de cada uno.

 

Jacob se acercó y lo besó. Cuando Isaac olió su ropa, lo bendijo con estas palabras: «El olor de mi hijo es como el de un campo bendecido por el Señor. Génesis 27:27 NVI

 

Pienso en la historia de Jacob que alcanza una bendición al tener el aroma de su hermano mayor y me hace entender de mejor manera lo que expresa Pablo en su segunda carta a lo corintios “Para Dios somos el aroma de Cristo…” No dice que debemos esforzarnos por oler bien. Dice que somos aroma. La pregunta no es si olemos. La pregunta es: ¿a qué olemos?

 

Así es la vida espiritual podemos hablar de Cristo, cantar sobre Cristo, enseñar de Cristo… pero lo que realmente impregna el ambiente es lo que somos cuando nadie está analizando nuestras palabras. El carácter tiene olor. La humildad tiene olor. El orgullo también. La amargura deja rastro. La gracia perfuma.

 

se acercó una mujer con un frasco de alabastro lleno de un perfume muy caro, y lo derramó sobre la cabeza de Jesús mientras él estaba sentado a la mesa. Mateo 26:7 NVI

 

Hay una historia en el evangelio de Mateo donde una mujer derrama perfume sobre Jesús. No llevó palabras elocuentes, no llevó argumentos teológicos, no llevó una agenda, llevó aroma. Lo más valioso que tenía fue quebrado y derramado. El altar siempre huele a lo que traemos. Algunos llevamos tiempo, otros talentos, otros dinero; pero lo que realmente perfuma la habitación es lo que nos cuesta. Aquella mujer no solo derramó perfume, se derramó a sí misma. El olor llenó la casa, pero el acto llenó el corazón de Jesús.

 

Acepta como incienso la oración que te ofrezco, y mis manos levantadas, como una ofrenda vespertina. Salmos 141:2 NTV

 

Me pregunto: cuando me acerco al altar, ¿qué fragancia sube? ¿La del orgullo intacto o la del corazón quebrantado? Porque el cielo reconoce el perfume que nace del amor extravagante. Tal vez la verdadera aromaterapia espiritual no consiste en cambiar el ambiente, sino en permitir que Cristo impregne tanto nuestro interior que, sin esfuerzo, al entrar a un lugar algo cambie. Porque el aroma revela la fuente.

 

Si huelo a café, es porque estuve cerca del café, y si a humo, es porque estuve cerca del fuego. Si huelo a Cristo es porque he estado con Él. Y eso, aunque yo ya no lo perciba, el mundo sí lo notará. Más aún, nuestro buen padre Dios lo notará, para el evoca al sacrificio de Jesús, le recuerda la obediencia y su vida entregada como un perfume agradable, olemos a Jesús y el nos otorga su bendición.

 

Mientras estuvo aquí en la tierra, Jesús ofreció oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía rescatarlo de la muerte. Y Dios oyó sus oraciones por la gran reverencia que Jesús le tenía.  Hebreos 5:7 NTV

 

ORACIÓN:

Padre, cuan grande gratitud me invade cuando pienso como me vez, como me percibes, tal cual Cristo, eso despierta una respuesta de amor que no puede parar, y aunque algunas veces parece mermar, el recuerdo de tu aroma me recuerda el sacrificio que me dio acceso a ti, huelo a Jesús y me bendices como a él. Gracias por tanto amor inmerecido, por permitirme ser perfume a tus pies. Amén.

 

Lily & Ray

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Waymo Santo

porque por fe andamos, no por vista. 2 Corintios 5:7 RVR

 

De todas las cosas que quisimos hacer en nuestra visita a Austin, solo una nos quedó pendiente y la vimos pasar, en repetidas ocasiones, frente a nosotros. Nuestra hija Pamela ya nos había compartido un video de su experiencia junto a su esposo Fernando y otros amigos; desde ese momento surgió el deseo de vivir la experiencia, que hasta el momento nos fue vedada. Aun así, surgieron interrogantes sobre el funcionamiento del sistema Waymo, una empresa filial de Alphabet Inc. (empresa matriz de Google).

 

Ver a los vehículos desplazarse con total autonomía de un ser humano es algo que solo había ocurrido en mi imaginación y en algunos programas de dibujos animados o series de ciencia ficción de mi infancia. La meta de la empresa es mejorar la seguridad vial y proporcionar un transporte eficiente y sostenible, utilizando un sistema avanzado de sensores que incluye LIDAR, cámaras y radar para navegar de forma autónoma en entornos urbanos y carreteras.

 

Abordar un vehículo sin volante activo ni conductor visible, y sin la intervención humana directa, puede llegar a causar desconcierto, pero al considerar los sensores que ven más que el ojo humano, mapas precisos y un sistema central que procesa todo en tiempo real, debemos llegar a la conclusión de que es más seguro y que hay menor riesgo que si pudiéramos ver las manos que llevan el volante. Aun así, pueden surgir un sinfín de interrogantes durante un viaje.

 

El Señor dirige los pasos de los justos; se deleita en cada detalle de su vida. Aunque tropiecen, nunca caerán, porque el Señor los sostiene de la mano. Salmos 37:23-24 NTV

 

Y así nos pasa en nuestra vida; muchas veces creemos que si no vemos a Dios “conduciendo”, estamos solos. Pero el hecho de que no veamos Sus manos no significa que no esté dirigiendo cada giro. Es más, Él tiene sumo gozo en participar en nuestra existencia y encuentra deleite en tener una relación recíproca de confianza y fidelidad con sus hijos. Y cada situación en nuestros días es una oportunidad o invitación para interactuar con Él.

 

Podemos hacer nuestros planes, pero el Señor determina nuestros pasos. Proverbios 16:9 NTV

 

No puedo imaginar cómo será ser pasajero en un auto en el cual no puedo tocar el volante, tampoco frenar o corregir la ruta; se necesita fe y, finalmente, confiar en el sistema que está a cargo. Ese es el principal conflicto humano: nos cuesta viajar cuando no controlamos. Defectos de carácter como el orgullo de “querer tener la razón siempre” afloran. El deseo de intervenir mentalmente en cada situación es como querer agarrar un volante que ya no está ahí. En esos casos, la fe no es sentarse adelante; es soltar el volante.

 

Comprometer toda nuestra vida y voluntad a la dirección de Dios es un acto que puede hacer que se me retuerzan las entrañas y sienta náusea, que se active el interminable circuito de mis maquinaciones. No es cómodo, sobre todo cuando se está acostumbrado a tener el control, haciendo nuestra voluntad y tratando, incluso, de controlar a otros.

 

Confía en el Señor con todo tu corazón; no dependas de tu propio entendimiento. Busca su voluntad en todo lo que hagas, y él te mostrará cuál camino tomar. Proverbios 3:5-6 NTV

 

El Waymo está equipado con el sistema LIDAR (Detección y medición de distancias por luz), que actúa como los "ojos" tridimensionales del vehículo autónomo. Emite millones de pulsos de luz para crear un mapa 3D de alta resolución del entorno en 360°, midiendo distancias con precisión para detectar objetos, peatones y vehículos, incluso en la oscuridad.

 

Es decir, ve lo que nosotros no podemos ver, incluso cambios en el tráfico y riesgos invisibles. Asimismo, Dios no reacciona al presente; Él ve el panorama completo. Cuando Él retrasa, redirige o frena algo en nuestra vida, no siempre es castigo; puede ser redireccionamiento o incluso protección. Finalmente, debemos admitir que Él está mucho más capacitado que nosotros y tiene una mejor perspectiva de lo que está pasando en nuestro entorno, por lo que está en mejor posición para conducirnos en este peregrinaje llamado vida.

 

Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios. Que tu buen Espíritu me lleve hacia adelante con pasos firmes. Salmos 143:10 NTV

 

Estadísticamente, los vehículos de conducción autónoma suelen cometer menos errores que los que ocasiona un humano, y la desconfianza o inseguridad generan una sensación de vulnerabilidad al abordar un auto sin conductor. En mi caso, la condición defectuosa del orgullo de creerme un gran conductor y preferir “lo viejo conocido” me pone en mayor riesgo de sufrir un percance. Hay menor riesgo en entregarle el control a Dios.

 

La vida cristiana no es aprendizaje de conducción; es aprendizaje de rendición. Un Waymo está diseñado para operar sin interferencia. De la misma forma, el Espíritu Santo no necesita copilotos ni asesoría para informarle de la situación o retroalimentarlo. Mi oración no es una herramienta para informarlo; es la vía para recibir su dirección, consuelo y propósito.

 

No imiten las conductas ni las costumbres de este mundo, más bien dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar. Entonces aprenderán a conocer la voluntad de Dios para ustedes, la cual es buena, agradable y perfecta. Romanos 12:2 NTV

 

Yo soy ese pasajero que quiere tocar el volante, que tiene comezón mental por controlar el destino, la ruta y la forma de llevar mi vida. Pero tengo claro que hay una parte que me toca hacer, pues confiar no es pasividad; es fe activa. He pasado años queriendo manejar discusiones imaginarias en mi mente y reprimiendo la ira que me causan las injusticias y la indiferencia, pero sé que Dios no me llamó a conducir; me llamó a confiar.

 

Dios bendice a los que son humildes, porque heredarán toda la tierra. Mateo 5:5 NTV

 

ORACIÓN:

Espíritu Santo, sé que estás sumamente más capacitado para conducir nuestra vida. No tenerte en cuenta ha provocado accidentes brutales en mis relaciones, atropellando a personas que amo y generando pérdidas totales en algunos casos. No es que quiera estar dormido en el transcurso de nuestro viaje juntos; quiero llevar los ojos y los brazos bien abiertos para cumplir el propósito de llevar tu presencia y amor dondequiera que vaya. Amén.

 

Lily & Ray

 

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UN FRIO DE MUERTE

Por ese tiempo, Ezequías se enfermó gravemente, y el profeta Isaías, hijo de Amoz, fue a visitarlo. Le dio al rey el siguiente mensaje: «Esto dice el Señor: “Pon tus asuntos en orden porque vas a morir. No te recuperarás de esta enfermedad”». 2 Reyes 20:1 NTV

 

El trepidar involuntario de mis piernas y la gélida sensación en las manos al llevarlas al cuello dan testimonio de los 7 grados centígrados con los que amaneció hoy mi ciudad. Pensar que hay lugares del país que llegaron a –2 grados. Y qué decir del hemisferio norte, donde se registran números que no soy capaz de concebir, y mucho menos de imaginar resistir. Aunque el cielo está abierto y se deja husmear en las profundidades de un azul violeta, persiste una sensación de tristeza y apatía: un ralentizar de los movimientos y también de los pensamientos.

 

Sudadera con capuchón y un pants sobre los shorts son mi escudera para hacerle frente a la gélida madrugada. Ya tengo una victoria en el día: fue la de salir de mi tibio lecho, dejando a mi amada acurrucada y entorchada entre las sábanas. Su aliento marca un ritmo mucho más lento, y no me atrevo a despedirme con el ósculo acostumbrado, por temor a despertarla. Me quedo impávido y la observo por un tiempo, antes de salir a la intemperie.

 

Comienzo a conducir y todo parece congelarse: mis pies dentro de los zapatos, y así también el tránsito. Enciendo la radio y escucho a una de mis predicadoras preferidas. Ya he escuchado el tema y, a decir verdad, más que instruirme, me acompaña como banda sonora de un cortometraje que durará poco menos de una hora. Cedo el paso a quienes se integran a la ruta con más frecuencia que de costumbre. Creo que tengo fría la materia gris.

 

Cuando Ezequías oyó el mensaje, volvió su rostro hacia la pared y oró al Señor: «Acuérdate, oh Señor, que siempre te he sido fiel y te he servido con singular determinación, haciendo siempre lo que te agrada»; y el rey se echó a llorar amargamente. 2 Reyes 20:2-3 NTV

Puedo imaginar a Ezequías al escuchar la noticia de su pronta muerte: sería como una estalactita de hielo cayendo sobre su cabeza y atravesando todo su ser. Las oportunidades se acabaron, los sueños terminaron y los planes pendientes quedarán así, congelados. ¿Qué hacer en las últimas horas de su vida? ¿Cómo explicar una noticia que ni siquiera él mismo logra asimilar? Un frío de muerte debió haber recorrido su cuerpo.

 

Para Ezequías debió ser como estar muerto en vida; y para mí, también lo era esta fría mañana, al menos en algunos sueños que compartimos mi esposa y yo, mi dulce Ileana. Los pensamientos transitan como lentas imágenes de una animación cuadro por cuadro. Hay preguntas que amenazan con convertirse en dudas, y un silencio de cielo que no puedo explicar, como si el amor se estuviera enfriando.

 

El silencio tiene esa peligrosa capacidad: empujarnos a interpretar, a deducir. Cuando el cielo no responde, la mente comienza a llenar los espacios en blanco, y no siempre lo hace con verdad, sino con reels emocionales y sin fundamento, que tergiversan y mienten. El silencio se parece demasiado a la ausencia, y el frío, a la muerte. Tal vez por eso Ezequías volvió su rostro hacia la pared; no para huir, sino para orar sin distracciones, para llorar sin testigos, para hablarle a un Dios que, aunque callado, seguía presente.

 

Yo también volteo el rostro, no hacia una pared física, sino hacia adentro. Allí donde el ruido se apaga y las preguntas se ordenan, aunque no se respondan. Allí donde la ira contenida se agazapa y el amor no desaparece, pero se enfría, y necesita ser buscado con la misma determinación con la que una vez fue abrazado. Y así, con mi cabeza recostada en el brazo izquierdo, contra la puerta del auto, allí lloré, recordando la historia que tengo con Dios.

 

Sin embargo, antes de que Isaías saliera del patio central, recibió este mensaje de parte del Señor: «Regresa y dile a Ezequías, el líder de mi pueblo: “Esto dice el Señor, Dios de tu antepasado David: ‘He oído tu oración y he visto tus lágrimas. Voy a sanarte y en tres días te levantarás de la cama e irás al templo del Señor. 2 Reyes 20:4-5 NTV

 

Por mucho tiempo pasé separado de Dios, lo que equivale a estar muerto, y ese frío que sentía en mi interior no era otra cosa que distanciamiento de la fuente de calor. El frío no duele al principio; primero adormece. Luego vuelve torpes los movimientos, lentos los pensamientos, y finalmente hace creer que así es la vida cuando, en realidad, solo es ausencia de fuego. Es increíble cómo, al solo volver mi rostro a Él, casi de inmediato hay una respuesta.

 

La respuesta de Dios no negó el frío que había sentido antes; no lo corrigió ni lo desmintió. Lo resignificó. El frío no fue señal de abandono, sino el contexto donde aprendí a distinguir la ausencia del silencio, la muerte del descanso, la distancia del llamado a volver. Dios no me sacó inmediatamente del invierno; me habló en medio de él.

 

Te añadiré quince años más de vida y te rescataré del rey de Asiria junto con esta ciudad. Defenderé esta ciudad por mi propia honra y por amor a mi siervo David’”». 2 Reyes 20:6 NTV

 

Como con Ezequías, la respuesta llegó cuando las lágrimas aún estaban frescas y el cuerpo seguía temblando. No porque el frío hubiera terminado, sino porque el corazón, al fin, había vuelto su rostro. Y entonces entendí que el calor de Dios no siempre se manifiesta como alivio inmediato, sino como presencia fiel que permanece, incluso cuando la temperatura no cambia.

 

Entonces Isaías dijo: «Preparen un ungüento de higos». Así que los sirvientes de Ezequías untaron el ungüento sobre la llaga, ¡y Ezequías se recuperó! 2 Reyes 20:7 NTV

 

Volver a la identidad que me ha otorgado es el inicio del regreso a la vida. Recordar el camino que hemos recorrido juntos: su fidelidad y mi respuesta en gratitud; su inmensa bondad y mi asombro reverente ante la grandeza y santidad de Aquel que, aun así, quiere mi compañía. Él tiene respuestas para las preguntas y tiene años de vida; mejor aún, vida eterna para nosotros.

 

El propósito del ladrón es robar y matar y destruir; mi propósito es darles una vida plena y abundante. Juan 10:10 NTV

 

ORACIÓN:

Señor, reconozco que he confundido tu silencio con ausencia, hoy vuelvo mi rostro a Ti. Si el frío ha adormecido mi corazón, si mi mente está rígida y helada, recuérdame que sigo cerca de la fuente de calor. No te pido que el invierno termine de inmediato, entiendo que los procesos tienen tiempos diferentes, solo que me hables en medio de él y me devuelvas la vida que solo Tú sabes dar. Quítame este frío de muerte. Amén.

 

Lily & Ray

 

https://www.youtube.com/watch?v=hzrSXyjnUfw&list=RDhzrSXyjnUfw&start_radio=1