CUENTA HISTORIAS

Jesús siempre usaba historias y ejemplos como estos cuando hablaba a las multitudes. De hecho, nunca les hablaba sin usar parábolas. Mateo 13:34 NTV

 

—¡Rásquele a su chilpayate! —repetía una y otra vez aquel hombre, mientras mis hijos lo observaban fascinados, esperando con impaciencia la siguiente ocurrencia que seguramente terminaría provocando otra explosión de carcajadas.

 

Estábamos en una feria del libro, en el enorme salón del Parque de la Industria. Habíamos recorrido los anaqueles con los ojos embotados de tantas posibilidades de lectura y con el deseo frustrado de llevarnos a casa todos aquellos ejemplares que hojeábamos. Todavía recuerdo ese aroma a papel y tinta de impresión que parecía ejercer una especie de hechizo sobre nosotros. Cada libro prometía una aventura diferente, un mundo por descubrir, personajes por conocer y experiencias que probablemente nunca viviríamos fuera de aquellas páginas.

 

El lugar estaba lleno de personajes de todo tipo, desde los más bohemios hasta los intelectuales, pero predominaba la alegría desinhibida de los niños. Yo disfrutaba de la compañía de mis pequeños, de edades bastante diferentes, y deseaba inculcarles el amor por la lectura. Aunque el presupuesto no nos permitía comprar todo lo que queríamos, estaba convencido de que pocas cosas podían compararse con una buena historia.

 

Sin embargo, aquel hombre, con su peculiar manera de contar cuentos, me enseñó algo que no había considerado. Las risas espontáneas, los ojos brillantes y la atención de mis hijos me hicieron comprender que no se trataba solamente de una buena historia, sino de una historia bien contada.

 

Había algo extraordinario en su manera de utilizar las palabras, los gestos, las pausas y, especialmente, aquellas frases que repetía una y otra vez. Lo curioso era que, lejos de perder su gracia por la repetición, parecían volverse cada vez más divertidas. Los niños anticipaban lo que vendría, esperaban el momento preciso y estallaban en risas como si lo escucharan por primera vez.

 

Aquel día comprendí que tenía a mi alcance un recurso maravilloso que no dependía de cuánto dinero llevara en el bolsillo: mi imaginación, mis palabras y el tiempo que todavía podía compartir con ellos. Quizá no podía comprarles todos los libros que deseábamos, pero podía regalarles historias. Y, mejor aún, podíamos construirlas juntos.

 

Así comenzaron a surgir pequeños relatos durante las veladas, los viajes en autobús y, más adelante, incluso en nuestras conversaciones por las redes sociales. Existía una ciudad oculta de gatos, todo un submundo escondido detrás de las paredes y debajo de las casas, donde seguramente ocurrían cosas que los humanos jamás imaginábamos. También estaban las aventuras de la familia Delgado y la Gordillo, Pescadito, el gato de Estambul, una oruga en el jardín y aquella familia de cinco.

 

No eran grandes obras literarias ni relatos demasiado elaborados. Los personajes aparecían en situaciones absurdas, enfrentaban dificultades inesperadas y protagonizaban aventuras que desafiaban cualquier lógica. Había frases que se repetían una y otra vez, expresiones que terminaron formando parte de nuestro lenguaje y que bastaba mencionar para provocar una sonrisa cómplice.

 

Con el tiempo, aquellas historias fueron convirtiéndose en algo más que entretenimiento. Eran espacios donde podíamos encontrarnos, compartir sentimientos, expresar sueños, hablar de frustraciones y, en ocasiones, decir indirectamente aquello que no sabíamos expresar de otra manera. Sin darme cuenta, mientras les contaba historias a mis hijos, estábamos construyendo una historia juntos. Y había algo más que entonces necesitaba desesperadamente: mantener abiertos los puentes hacia sus corazones.

 

Mis malas decisiones habían provocado heridas y fracturas en nuestra relación. Había capítulos de nuestra historia familiar que no eran precisamente motivo de orgullo. Decisiones que afectaron a personas que amaba profundamente, consecuencias que no podía deshacer y momentos que, si hubiera tenido la oportunidad, habría querido vivir de una manera muy diferente. Pero la vida no nos permite arrancar las páginas que ya hemos escrito.

 

No siempre encontraba las palabras adecuadas para acercarme a mis hijos. Seguramente había conversaciones que ninguno de nosotros sabía cómo comenzar, preguntas difíciles de responder y sentimientos que todavía no encontraban la manera de expresarse. Sin embargo, las historias nos permitían encontrarnos en un territorio donde todavía podíamos reír, imaginar y compartir.

 

Aquellos cuentos no borraban las heridas ni resolvían por sí solos nuestras dificultades. Tampoco sustituían las conversaciones necesarias, las disculpas sinceras o los cambios que debía hacer. Pero nos ayudaban a conservar algo precioso: la posibilidad de seguir acercándonos. Hoy, cuando recuerdo aquellas experiencias, pienso en el enorme poder que puede tener una historia para alcanzar el corazón humano.

 

Contaremos a la siguiente generación las gloriosas obras del Señor, su poder y sus grandes maravillas. Salmos 78:4 NTV

 

Quizá por eso me conmueve tanto la manera en que Jesús enseñaba. El Maestro tenía la capacidad de comunicar las verdades más profundas utilizando las cosas más sencillas. No necesitaba grandes escenarios ni complicadas explicaciones para llevar a sus oyentes a reflexionar sobre la eternidad.

 

Hablaba de semillas que caían en diferentes terrenos, de ovejas que se extraviaban, de monedas perdidas, de trabajadores en una viña, de pescadores que lanzaban sus redes y de hombres que construían sus casas sobre distintos fundamentos. Historias tomadas de la vida cotidiana que contenían verdades capaces de confrontar las convicciones más profundas de quienes las escuchaban.

 

Jesús no contaba historias solamente para entretener. Sus parábolas revelaban el carácter de Dios, confrontaban la dureza del corazón y desafiaban a sus oyentes a responder a la verdad. Algunos escuchaban y comprendían; otros, aunque oían las mismas palabras, permanecían indiferentes. Y entre todas aquellas historias hay una que siempre me ha parecido particularmente conmovedora: la de un padre y sus dos hijos.

 

Pocos días después, el hijo menor empacó sus pertenencias y se mudó a una tierra distante, donde derrochó todo su dinero en una vida desenfrenada. Lucas 15:13 NTV

 

Uno de ellos decidió marcharse de casa, exigir su herencia y desperdiciarla viviendo como mejor le parecía. Cuando lo perdió todo, terminó en una situación tan miserable que deseaba alimentarse con la comida de los cerdos. Finalmente, reconoció su condición y decidió regresar, dispuesto a pedirle a su padre que lo recibiera, ya no como hijo, sino como uno de sus trabajadores.

 

Pero Jesús introduce un detalle extraordinario. Mientras el muchacho todavía estaba lejos, su padre lo vio venir. No esperó sentado a que llegara para reprocharle sus decisiones. Corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó. Antes de que pudiera terminar su discurso de arrepentimiento, el padre ya había comenzado a restaurar públicamente su dignidad.

 

Entonces regresó a la casa de su padre, y cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio llegar. Lleno de amor y de compasión, corrió hacia su hijo, lo abrazó y lo besó. Lucas 15:20 NTV

 

Qué manera tan extraordinaria de contar una historia. Jesús no necesitó explicar extensamente cómo es el corazón del Padre celestial. Nos permitió contemplarlo en aquel hombre que corría hacia su hijo perdido. Y la historia no termina allí. Había otro hijo, uno que nunca se había marchado físicamente de casa, pero cuyo corazón también estaba lejos de comprender el amor de su padre. Se había quedado, había trabajado y había obedecido, pero parecía entender su relación familiar más como una obligación que como un privilegio.

 

El padre salió también a buscarlo. ¡Qué imagen tan poderosa! Un padre que sale al encuentro del hijo que se fue y también del que se quedó. Dos hijos con corazones diferentes, pero igualmente necesitados de comprender el amor que habían recibido.

 

Y entonces comienzo a descubrir algo todavía más maravilloso: aquella parábola no es una historia aislada. Es una pequeña ventana hacia la gran historia que Dios ha venido revelando desde el principio. Porque, si lo pensamos detenidamente, la Biblia entera nos cuenta la historia de un Dios amoroso que busca restaurar su relación con una humanidad caída.

 

Dios miró todo lo que había hecho y consideró que era muy bueno. Vino la noche y llegó la mañana: ese fue el sexto día. Génesis 1:31 NVI

 

En sus primeras páginas encontramos a Dios creando un mundo bueno, lleno de vida, belleza y propósito. Al ser humano lo formó a su imagen, le concedió dignidad y lo invitó a vivir en comunión con Él. No fuimos creados para la soledad, la vergüenza o el temor, sino para disfrutar de una relación con nuestro Creador.

 

Sin embargo, el pecado entró en aquella historia. La confianza fue reemplazada por la sospecha, la obediencia por la rebeldía y la comunión por el distanciamiento. Adán y Eva, que antes disfrutaban de la presencia de Dios, terminaron escondiéndose entre los árboles del jardín. Y entonces aparece una de las preguntas más conmovedoras de toda la Escritura.

 

Cuando el día comenzó a refrescar, el hombre y la mujer oyeron que Dios el Señor andaba recorriendo el jardín; entonces corrieron a esconderse entre los árboles para que Dios no los viera. Pero Dios el Señor llamó al hombre y le dijo: ―¿Dónde estás? Génesis 3:8-9 NVI

 

Dios sabía dónde estaba Adán. No necesitaba información sobre su ubicación. Aquella pregunta ponía al descubierto la ruptura que el pecado había provocado y llamaba al hombre a salir de su escondite. ¡Cuántas veces nosotros también hemos intentado escondernos! Detrás de las excusas, de nuestras ocupaciones, de la apariencia de tenerlo todo bajo control o de la vergüenza por aquello que hicimos. A veces nos alejamos porque creemos que Dios solamente quiere recordarnos nuestros errores, cuando en realidad somos nosotros quienes necesitamos reconocer nuestra condición y volver a Él.

 

Desde aquel jardín, la historia bíblica continúa mostrando las consecuencias del pecado y la fidelidad de Dios a sus promesas. Generación tras generación encontramos seres humanos que fallan, familias que se fracturan, pueblos que se rebelan y personas que, aun habiendo experimentado su bondad, vuelven a apartarse de sus caminos.

 

Pero también encontramos a un Dios que llama, hace pactos, corrige, sostiene, perdona y cumple lo que promete. No es una historia de personas extraordinarias que lograron ganarse el favor divino mediante una conducta impecable. Es, una y otra vez, la historia de un Dios extraordinariamente fiel que obra en medio de personas profundamente imperfectas.

 

Pero este es el nuevo pacto que haré con el pueblo de Israel después de esos días —dice el Señor —. Pondré mis instrucciones en lo más profundo de ellos y las escribiré en su corazón. Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Jeremías 31:33 NTV

 

Y esa historia alcanza su momento culminante cuando el Hijo de Dios entra en nuestra humanidad. Jesús no vino solamente a contarnos cómo es el Padre. Vino a mostrárnoslo con su propia vida. Tocó a quienes otros rechazaban, se acercó a los pecadores, recibió a los despreciados, confrontó la hipocresía religiosa y anunció buenas noticias a quienes habían perdido la esperanza. Pero hizo mucho más que enseñarnos acerca del amor. Entregó su vida para reconciliarnos con Dios.

 

Pues el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar a los que están perdidos. Lucas 19:10 NTV

 

Aquí es donde la historia se vuelve verdaderamente extraordinaria. El Dios santo, contra quien nos rebelamos, tomó la iniciativa de rescatarnos. No porque nuestras decisiones fueran insignificantes ni porque el pecado careciera de consecuencias, sino porque su amor es inmensamente mayor de lo que alcanzamos a comprender.

 

En la cruz, Jesús cargó con nuestros pecados. Su muerte y resurrección abrieron el camino para que quienes estábamos separados de Dios pudiéramos ser reconciliados con Él. La restauración que jamás habríamos podido conseguir por nuestros propios méritos nos fue ofrecida por gracia, mediante la fe.

 

Dios los salvó por su gracia cuando creyeron. Ustedes no tienen ningún mérito en eso; es un regalo de Dios. Efesios 2:8 NTV

 

¡Qué maravillosa noticia para quienes tenemos capítulos de nuestra historia que quisiéramos borrar! La gracia no significa que nuestras malas decisiones no hayan causado daño. No elimina automáticamente las consecuencias, no borra los recuerdos dolorosos ni nos exime de asumir nuestra responsabilidad. Pero nos anuncia algo que jamás podríamos conseguir por nosotros mismos: que nuestro pasado no tiene que ser la última palabra sobre nuestra relación con Dios.

 

En Cristo hay perdón, reconciliación y una vida nueva. Y esa gracia, cuando verdaderamente la recibimos, no nos deja indiferentes. Nos mueve al arrepentimiento, nos enseña a reconocer nuestros errores, nos da humildad para pedir perdón y nos capacita para comenzar a vivir de una manera diferente.

 

No podemos exigir que las personas a quienes lastimamos olviden lo sucedido. Tampoco podemos apresurar los procesos de restauración. Pero sí podemos permitir que el Señor transforme nuestro corazón y aprender a amar de una manera más parecida a la suya.

 

Esto significa que todo el que pertenece a Cristo se ha convertido en una persona nueva. La vida antigua ha pasado; ¡una nueva vida ha comenzado!  2 Corintios 5:17 NTV

 

Hoy miro hacia atrás y recuerdo aquellos cuentos que inventaba para mis hijos. No sé cuánto conservarán en su memoria de aquella ciudad escondida detrás de las paredes, de Pescadito, de la familia Delgado y la Gordillo o de las aventuras que nos acompañaban durante nuestros viajes. Quizá algunas historias se mezclaron, otras se olvidaron y algunas frases todavía tengan el poder de arrancarnos una sonrisa.

 

Pero me gusta pensar que, detrás de aquellos personajes imaginarios, permanece el recuerdo de momentos en los que pudimos encontrarnos. Y al contemplar mi propia historia, con sus aciertos y sus dolorosas equivocaciones, descubro que la gracia de Dios ha sido mucho más grande que mi capacidad de comprenderla.

 

No siempre fui el padre que habría querido ser. Tampoco he sido el esposo, el amigo o el discípulo que debí haber sido en cada circunstancia. He tomado decisiones equivocadas, he lastimado a personas que amo y he tenido que enfrentar consecuencias que habría preferido evitar. Pero Dios no me ha abandonado.

 

Y estoy seguro de que Dios, quien comenzó la buena obra en ustedes, la continuará hasta que quede completamente terminada el día que Cristo Jesús vuelva. Filipenses 1:6 NTV

 

Su paciencia no convierte mis errores en virtudes, ni su misericordia hace que el daño desaparezca. Sin embargo, me ha permitido reconocer mis faltas, aprender, pedir perdón y descubrir que todavía hay oportunidades para amar, servir y hacer el bien. Y mientras pienso en esto, me doy cuenta de que hay algo mucho más grande que las historias que alguna vez les conté a mis hijos.

 

Yo también soy parte de una historia de redención. Una historia que no comenzó con mis esfuerzos por ser mejor persona, sino con el amor de un Dios que me buscó cuando estaba perdido. Una historia cuyo protagonista no soy yo, sino Jesucristo, quien me amó y se entregó por mí. Y lo más extraordinario es que la historia de Dios no termina con nuestra reconciliación individual. La Biblia concluye mostrándonos la esperanza de una creación restaurada, donde el pecado, el sufrimiento y la muerte ya no tendrán lugar, y donde Dios habitará para siempre con su pueblo.

 

Oí una potente voz que provenía del trono y decía: «¡Aquí, entre los seres humanos, está el santuario de Dios! Él habitará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Apocalipsis 21:3 NVI

 

Desde aquel jardín donde el hombre se escondió de la presencia de Dios hasta esta promesa gloriosa de habitar eternamente con Él, encontramos el desarrollo de una misma historia de redención. ¡Qué extraordinaria es la gracia de Dios!

 

Tal vez también tienes recuerdos que preferirías olvidar, relaciones que necesitan ser restauradas o capítulos de tu vida que todavía te producen vergüenza. Quizá has intentado compensar tus errores haciendo cosas buenas, esforzándote por demostrar que has cambiado o procurando convencerte de que el pasado ya no importa.

 

Al probar Jesús el vinagre, dijo: ―Todo se ha cumplido. Luego inclinó la cabeza y entregó el espíritu. Juan 19:30 NVI

 

Pero la buena noticia del evangelio no es que podamos escribir una historia suficientemente hermosa para que Dios nos acepte. La buena noticia es que Jesús vino a rescatarnos cuando nuestra historia estaba marcada por el pecado y no podíamos salvarnos a nosotros mismos. Su gracia no depende de que nuestro pasado haya sido perfecto. Depende de la obra perfecta de Cristo.

 

Por eso, mientras todavía tengamos vida, tenemos oportunidades para contar lo que Dios ha hecho, reconocer nuestros errores, construir puentes, sembrar esperanza y dejar un testimonio de su bondad a quienes vienen detrás de nosotros. Quizá no podamos cambiar las historias que ya vivimos, pero sí podemos rendirle a Dios nuestro presente y confiarle nuestro futuro.

 

Nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído. Hechos 4:20 NVI

 

Y cuando alguien escuche nuestra historia, ojalá no termine admirando nuestra capacidad de levantarnos, nuestra perseverancia o nuestros logros. Ojalá pueda descubrir, detrás de cada nueva oportunidad, la paciencia, la misericordia y el amor inmerecido de nuestro Salvador. Porque, al final, la historia más maravillosa que podemos contar no es la de todo lo que hemos hecho por Dios, sino la de todo lo que Dios ha hecho por nosotros a través de Jesucristo.

 

¡Cuenta historias! Cuenta sus maravillas, su fidelidad y su gracia. Y mientras lo haces, recuerda que tu propia vida puede convertirse en un testimonio de ese amor extraordinario. Que cuando otros escuchen nuestra historia, terminen maravillados por la gracia de Dios.

 

¡Canten al Señor una nueva canción! ¡Que toda la tierra cante al Señor! Canten al Señor, alaben su nombre; cada día anuncien las buenas noticias de que él salva. Anuncien sus gloriosas obras entre las naciones; cuéntenles a todos las cosas asombrosas que él hace. Salmos 96:1-3 NTV

 

ORACIÓN:

Padre, ¡qué hermoso es poder llamarte así! Gracias, Jesús, por tu obediencia sencilla pero extraordinaria, por tu manera tan radical de amar y vivir, y por tu sacrificio en la cruz, con el que compraste mi libertad. Gracias, Espíritu Santo, porque el mismo poder que resucitó a Jesús de entre los muertos habita hoy en mí. Mi historia todavía no ha terminado, pero sé que el final está en tus manos. Gracias por buscarme, por amarme y por hacerme parte de tu maravillosa historia de redención. Amén.

Lily & Ray

https://www.youtube.com/watch?v=zq7SjtqUAbc&list=RDzq7SjtqUAbc&start_radio=1 

DESDE EL AMANECER

El Señor es mi fuerza y mi escudo; mi corazón en él confía; de él recibo ayuda. Mi corazón salta de alegría, y con cánticos le daré gracias. Salmo 28:7 NVI

 

Corro las cortinas y la luz entra radiante, casi me enceguece, pues mis pupilas dilatadas estaban a causa de la oscuridad en la habitación. No puedo distinguir mucho, no veo con claridad, pero puedo percibir el calor que emana. La noche quedó atrás y la oscuridad que la acompaña. Así es cada jornada, el ciclo que se repite día con día; ambas partes lo conforman, pero no coexiste la una con la otra.

 

Y dijo Dios: «¡Que haya luz!». Y la luz llegó a existir. Dios consideró que la luz era buena y la separó de las tinieblas. Génesis 1:3-4 NVI

 

Después de nuestro intento fallido por llevar a mi hermana mayor de paseo, frustrado por un desperfecto en el auto, hago el recuento de los daños y los costos que implicó la grúa que nos trajo de vuelta a casa. Mientras viajábamos en la cabina, junto al joven conductor, recuerdo las sonrisas de dos de las mujeres más importantes en mi vida y sé que será una anécdota que recordaremos con humor.

 

Medito en las oraciones que hicimos durante el tiempo que estuvimos varados. A decir verdad, parece que no fuimos atendidos; hablo por mi parte: no escuché nada de vuelta, ni un susurro, impulso, versículo o cosa alguna que me diera dirección en el momento. La llamada a Obed, nuestro amigo mecánico, y las posibles soluciones que nos sugirió no tuvieron efecto. Esperaba unos minutos y luego volvía a intentar encender y poner en marcha el motor, solo para encontrarme con el hecho de que no seguía funcionando.

 

El pueblo que andaba en la oscuridad ha visto una gran luz; sobre los que vivían en tierra de sombra de muerte una luz ha resplandecido. Isaías 9:2 NVI

 

Finalmente, otro amigo nos pasó el contacto de quien nos proporcionó el servicio de grúa. Otro tiempo de espera, más del que supusimos, y las oraciones seguían sin una respuesta que me pareciera clara. Cuando mi hermana dijo, con aquella serenidad tan suya: “El Señor nos está librando de algo”, yo asentí, aunque por dentro no estaba conforme. No sé de qué nos libró Dios aquella noche, y tampoco quiero afirmar que conozco sus propósitos. Pero sí puedo reconocer, al mirar hacia atrás, de qué maneras nos proveyó y nos cuidó.

 

Entró la oscuridad y seguimos varados a la orilla de la carretera, esperando ya no un milagro, sino al conductor que ya se había comunicado y que tardaba más de la cuenta en llegar. Compré unas bebidas en la estación de servicio que se encontraba a unos 100 metros de distancia. La calma reinaba dentro del auto; nos reíamos de pensar en todas las cosas que imaginamos a priori que disfrutaríamos en el destino que habíamos planeado: los alimentos, las personas y la hamaca en que descansaríamos contemplando el cielo estrellado.

 

Los pensamientos nos hicieron voltear al cosmos y logramos divisar la pequeña figura de la Luna, como el resto de una uña cortada. Y cerca de ella, una luz brillante: el lucero del alba, como se le conoce al planeta Venus. Después del Sol y la Luna, es el objeto más brillante que se puede ver en nuestro firmamento. En medio de la oscuridad, aún la luz se hacía espacio y nos dejaba contemplar su belleza.

 

En él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. Esta luz resplandece en la oscuridad, y la oscuridad no ha podido apagarla. Juan 1:4-5 NVI

 

Mientras contemplábamos aquella pequeña luz en medio de la noche, pensé en cuántas veces confundimos la ausencia de luz con la ausencia de Dios. La Escritura es insistente en mostrarnos que Dios es luz y que en él no hay oscuridad. Jesús mismo se presentó como la luz del mundo, y Pedro, al hablar de Cristo, utiliza una imagen que aquella noche tenía frente a nuestros ojos: el lucero de la mañana que nace en nuestros corazones. Venus no había aparecido de repente; allí estaba, visible para quien levantara la mirada. La luz seguía existiendo, aunque nosotros estuviéramos rodeados de oscuridad.

Una vez más Jesús se dirigió a la gente y les dijo: ―Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida. Juan 8:12 NVI

 

Quizá algo parecido había sucedido conmigo. Yo había orado esperando una respuesta concreta, una indicación, alguna señal que me dijera qué hacer. Pero como no escuché lo que esperaba escuchar, asumí que no había respuesta. Ahora, al hacer el recuento con un poco más de distancia, empiezo a descubrir que la provisión de Dios no comenzó aquella noche. De hecho, ya había sucedido antes de que el auto se detuviera. Este mes había recibido mucho más de lo que esperaba ganar, y ahora podía entender que aquello que yo había considerado simplemente una buena provisión quizá también era parte de la respuesta de Dios para un gasto que todavía no sabía que tendría.

 

El Hijo refleja el brillo de la gloria de Dios y es la fiel representación de lo que él es. Él sostiene todas las cosas con su palabra poderosa. Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de la Majestad en las alturas. Hebreos 1:3 NVI

 

La grúa también fue parte de esa provisión. No llegó de inmediato, es cierto, y tuvimos que esperar más de lo que hubiéramos querido, pero finalmente llegó. Y no solo eso: quien nos prestó el servicio era un hermano de la iglesia y nos cobró mucho menos de lo que razonablemente podría haber costado. Yo estaba buscando una respuesta extraordinaria, mientras Dios parecía estar utilizando cosas mucho más sencillas y cotidianas para cuidarnos.

 

Además, estaban mi esposa y mi hermana. Su presencia aquella noche fue un regalo que quizá no supe valorar mientras estábamos varados. Estaban sus conversaciones, sus sonrisas y, sobre todo, esa calma que han ido adquiriendo con los años y con las muchas circunstancias que les ha tocado atravesar. Hoy pienso que quizá también necesitaba aprender a reconocer la manera en que Dios puede hablar a través de la vida de alguien que ha aprendido a descansar en medio de las dificultades.

 

Incluso el conductor de la grúa terminó siendo parte de la historia de una manera inesperada. Al principio nos asustó su juventud. Pensamos en todas las cosas que podían salir mal y, probablemente, dudamos de que pudiera maniobrar aquel vehículo con la experiencia necesaria. Pero después nos dejó asombrados. Con una pericia que no esperábamos, logró entrar por aquella calle estrecha, llena de vehículos estacionados a ambos lados y con una curva que hacía todavía más complicada la maniobra. Una vez más, nuestras primeras impresiones no tenían toda la información.

 

Y como si la noche todavía tuviera algo más que enseñarnos, nuestro vecino nos contó la historia de un accidente que ellos habían sufrido tiempo atrás en un poblado. Nos habló de las dificultades que tuvieron que atravesar, de la necesidad de buscar abogados porque incluso pretendían detenerlos y de cómo su vehículo terminó consignado en un predio donde posteriormente le robaron partes importantes. Mientras lo escuchábamos, nuestra experiencia comenzó a tomar otra dimensión. No era que nuestro problema hubiera dejado de ser incómodo, ni que el desperfecto del auto se hubiera convertido mágicamente en algo agradable. Simplemente comenzábamos a ver que, aun dentro de aquello que nos había frustrado, habíamos sido guardados de muchas cosas que ni siquiera habíamos considerado.

 

Entonces vuelvo al Salmo que había estado al principio de todo esto: “El Señor es mi fuerza y mi escudo; mi corazón en él confía; de él recibo ayuda”. El salmista no dice que nunca habrá dificultades, ni que la ayuda siempre llegará de la manera que imaginamos. Dice que el Señor es su fuerza y su escudo, y que de él recibe ayuda. A veces esa ayuda se hace evidente en el momento; otras veces solamente podemos reconocerla cuando hacemos el inventario de lo ocurrido y descubrimos que Dios ya había estado obrando mucho antes de que nosotros pudiéramos verlo.

 

Esto ha venido a confirmarnos la palabra de los profetas, a la cual ustedes hacen bien en prestar atención como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que amanezca el día y salga el lucero de la mañana en sus corazones. 2 Pedro 1:19 NVI

 

Quizá por eso me conmueve tanto pensar en Venus aquella noche. El lucero del alba estaba allí, aunque todavía no había amanecido. La noche no había conseguido apagarlo. Y tampoco la oscuridad consigue apagar a Dios. La luz no deja de existir porque nosotros no podamos verla. A veces simplemente estamos mirando hacia otro lado, tenemos los ojos acostumbrados a la oscuridad o estamos tan concentrados en aquello que salió mal que dejamos de levantar la mirada.

 

»Yo, Jesús, he enviado a mi ángel para darles testimonio de estas cosas que conciernen a las iglesias. Yo soy la raíz y la descendencia de David, la brillante estrella de la mañana». Apocalipsis 22:16 NVI

 

Quizá la diferencia no estaba en que Dios hubiera comenzado a alumbrar esa mañana. Él había estado allí durante toda la noche. La diferencia era que ahora podía verlo con mayor claridad. Tal vez algunas respuestas de Dios no se reconocen mientras estamos esperando que suceda algo, sino cuando, después de atravesarlo, corremos las cortinas y finalmente podemos mirar hacia atrás y decir: la luz siempre estuvo allí.

 

Desde la salida del sol hasta su ocaso, sea alabado el nombre del Señor. Salmo 113:3 NVI

 

ORACIÓN:

Señor, qué bueno es darme cuenta de tu manera de obrar. Mi pequeña fe me falla, pero mantenerla puesta en ti me reconforta. ¿A qué otro lugar podría recurrir, si cuando yo voy, tú ya vienes? Tú alumbras nuestras vidas y estás en nuestro futuro, aunque no lo veamos ni lo sintamos. Tú estás obrando todo el tiempo; no te adormeces ni te cansas. Eres siempre bueno y haces que todo obre para nuestro bien. Amén.

 

Lily & Ray

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CONTIGO APRENDÍ

Así que, desde que supimos de ustedes, no dejamos de tenerlos presentes en nuestras oraciones. Le pedimos a Dios que les dé pleno conocimiento de su voluntad y que les conceda sabiduría y comprensión espiritual. Colosenses 1:9 NTV

 

Ser padre es un privilegio y una de las cosas más hermosas y divertidas que puede existir en la vida. Por supuesto, también es una gran responsabilidad que puede llegar a pesar y hacernos sentir incompetentes para tan inmensa tarea. Se dice popularmente que no existe un manual para serlo, y mucho menos que cada hijo traiga su propio instructivo de acuerdo con su temperamento y personalidad.

 

Ha pasado el tiempo y lejos está aquel simulacro de padre que, a sus dieciocho años, se estrenó en uno de los nombramientos más importantes que me han sido asignados en toda mi vida: padre. El otro título es esposo, pero hoy no hablaré de este último y me centraré en el primero. Hago la aclaración de que, en ambos casos, la lista de fracasos es más grande que la de éxitos.

 

Una de las frases más hermosas que me ha tocado escuchar a lo largo de estos años, en mis pobres intentos de desempeñarme en ese rol, ha sido: “Contigo aprendí”. No hay satisfacción más grande ni motivo que haga brotar lágrimas de nuestros ojos que escuchar esas palabras de los labios de un hijo o una hija que, con un corazón agradecido, expresa sin reparos algunas de las cosas bonitas que pudimos enseñarles.

 

Estoy convencido de que las hernias discales en la región lumbar son un trofeo de éxito en la faena de enseñar a caminar y luego a montar bicicleta a ese pequeño ser que anhela poder desplazarse a mayor velocidad y con independencia sobre dos extremidades y luego dos ruedas. Y también lo es el nerviosismo que, años más tarde, les haría sudar las manos mientras sujetaban el timón de un automóvil.

 

¡Qué decir de las horas invertidas enseñando las vocales y luego el abecedario, para que después no pararan de leer las etiquetas, los rótulos y toda cosa que se les atravesara en el camino! Sus garabatos y aquella hoja con la impronta de su nombre escrito por primera vez. Sus dibujos, los cuales nunca serán superados por las obras maestras colgadas en el MoMA, el Centro Pompidou o el Louvre. Verlos despejar ecuaciones que evocan el recuerdo de aquel uno más uno que se representaba con manzanas.

 

Pero hay una parte dolorosa en todo esto, porque no se imparte solamente lo que se enseña, sino también lo que somos. Y también les heredamos conductas, hábitos y respuestas equivocadas, inteligencia emocional y pecado. Notarlo es una estaca que atraviesa los sentidos y es casi mortal cuando lo escuchamos decir. Una de las imágenes más perturbadoras que he presenciado en mi vida fue ver a una chica compartiendo su adicción a una sustancia con su progenitora. Esto me lleva a pensar: ¿cuántas cosas nocivas he heredado a mis generaciones?

 

Cuando Adán pecó, el pecado entró en el mundo. El pecado de Adán introdujo la muerte, de modo que la muerte se extendió a todos, porque todos pecaron. Romanos 5:12 NTV

 

Tenemos una naturaleza inclinada al pecado, una herencia con la que todos tenemos que lidiar, y hacer caso omiso de ella puede convertirse en uno de los mayores fracasos de nuestra vida. Pensar que era intrínsecamente bueno fue una de las mayores debacles de mi vida y la causa de algunas de mis peores decisiones. Llegar a la conclusión de que nada bueno había en mí me llevó a uno de los momentos más oscuros de mi vida.

 

Pues soy pecador de nacimiento, así es, desde el momento en que me concibió mi madre. Salmos 51:5 NTV

 

Pero también aprendí que fui creado de una manera maravillosa (Salmo 139), que soy obra maestra de Dios (Efesios 2:10), además de único e irrepetible. Sí, nací con una naturaleza inclinada al pecado, y esto es muy importante: hay una degeneración que, si no es detenida, me llevará a la destrucción. Desde Adán y Eva, la muerte entró en la humanidad (Romanos 5), y el ser humano y sus pensamientos tienen una tendencia continua hacia el mal (Génesis 6). No hay un solo hombre o mujer que, por sí solo, pueda salir de este círculo.

 

No hay una sola persona en la tierra que siempre sea buena y nunca peque. Eclesiastés 7:20 NTV

 

Y entonces descubrí que yo también tenía un Padre. Porque si de mi padre terrenal heredé cosas buenas y malas, necesitaba conocer a un Padre cuya naturaleza no estuviera dañada por el pecado. Un Padre que no solamente me dijera qué hacer, sino que me enseñara quién soy. Y fue allí donde comenzó otra historia.

 

Yo había aprendido a ser padre observando, intentando, equivocándome y volviendo a intentar. Pero cuando conocí a Dios como Padre, descubrí que antes de enseñarles algo a mis hijos, yo necesitaba aprender a ser hijo. Y sí, había un manual, donde se narran historias de desaciertos y fracasos, de hombres y mujeres, que al igual que yo lo intentaron a su modo. Pero principalmente narra la historia de un padre que no se cansa de hacer el bien a sus hijos.

 

Y ustedes no han recibido un espíritu que los esclavice al miedo. En cambio, recibieron el Espíritu de Dios cuando él los adoptó como sus propios hijos. Ahora lo llamamos «Abba, Padre». Pues su Espíritu se une a nuestro espíritu para confirmar que somos hijos de Dios. Romanos 8:15-16 NTV

 

Yo también tenía un Padre. No un padre perfecto, porque ningún padre terrenal lo es, sino un Padre cuya naturaleza no está corrompida por el pecado. Un Padre que no necesitaba aprender a amar, porque Él es amor; que no necesitaba aprender a perdonar, porque su misericordia es eterna; que no tenía que descubrir cómo tratar conmigo, porque me conocía desde antes de que yo pudiera conocerlo. Y quizás lo primero que tuve que aprender fue precisamente eso: que antes de intentar ser un buen padre, necesitaba aprender a ser un buen hijo.

 

Todo lo que es bueno y perfecto es un regalo que desciende a nosotros de parte de Dios nuestro Padre, quien creó todas las luces de los cielos. Él nunca cambia ni varía como una sombra en movimiento. Santiago 1:17 NTV

 

Durante mucho tiempo pensé que mi relación con Dios dependía de qué tan bien me portara, de cuánto hiciera, de cuánto leyera la Biblia, de cuánto orara o de qué tan lejos lograra mantenerme del pecado. Sin darme cuenta, había convertido mi relación con Él en una especie de evaluación permanente: si hacía las cosas bien, merecía acercarme; si fallaba, debía esconderme. Pero contigo aprendí algo completamente diferente. Aprendí que antes de hacer cosas para Ti, Tú ya habías hecho algo por mí. Que no me amabas porque fuera bueno, sino que tu amor estaba transformando aquello que en mí no era bueno. Aprendí que la gracia no era un premio para quien se portaba bien, sino un regalo para quien reconoce que no puede salvarse a sí mismo.

 

Pero Dios es tan rico en misericordia, y nos amó tanto, que, a pesar de que estábamos muertos por causa de nuestros pecados, nos dio vida cuando levantó a Cristo de los muertos. Efesios 2:4-5 NTV

 

Contigo aprendí que podía acercarme a Ti con mis errores, mis contradicciones, mis heridas y hasta con aquellas partes de mí que preferiría que nadie conociera. No porque el pecado dejara de ser pecado, sino porque descubrí que tu gracia era más grande que mi pecado. Aprendí que reconocer mi incapacidad no era una sentencia de muerte, sino el comienzo de una vida diferente. Que podía decir “me equivoqué” sin que eso significara “soy un fracaso”. Que podía pedir perdón sin tener que esconderme detrás de excusas. Que podía comenzar otra vez. Y quizás una de las cosas más difíciles para alguien que ha pasado buena parte de su vida intentando demostrar que puede con todo es aceptar que delante del Padre no tengo que demostrar nada. Puedo simplemente ser su hijo.

 

Así que acerquémonos con toda confianza al trono de la gracia de nuestro Dios. Allí recibiremos su misericordia y encontraremos la gracia que nos ayudará cuando más la necesitemos. Hebreos 4:16 NTV

 

También aprendí que un padre no solamente enseña con lo que dice, sino con la manera en que vive. Y ahí fue donde comencé a entender cuánto necesitaba que Tú cambiaras cosas en mí. Porque yo podía intentar enseñarles a mis hijos a perdonar, pero primero necesitaba aprender a perdonar. Podía decirles que fueran humildes, mientras todavía luchaba con mi orgullo. Podía hablarles de controlar el enojo, mientras yo seguía reaccionando impulsivamente. Podía pedirles que confiaran en Dios mientras yo intentaba controlar cada circunstancia de mi propia vida. Y entonces entendí que la transformación que necesitaba no era solamente para mí. Había generaciones detrás de mí que podían recibir algo diferente si yo permitía que Tú hicieras en mí una obra que yo solo no podía hacer.

 

Y todo esto es un regalo de Dios, quien nos acercó a sí mismo por medio de Cristo y nos dio la tarea de reconciliarnos con los demás. 2 Corintios 5:18 NTV

 

Contigo aprendí también que mi pasado podía explicar muchas cosas, pero no tenía que determinarlo todo. Pude reconocer aquello que recibí de mis padres, aquello que aprendí de mi entorno, las conductas que adopté, las heridas que cargué y las respuestas equivocadas que fui construyendo a lo largo de los años. Algunas cosas no las escogí; simplemente las recibí. Pero también descubrí que en Cristo podía comenzar una historia diferente. No podía cambiar la familia en la que nací, pero sí podía permitir que Tú cambiaras lo que esa historia produciría a través de mí. Y eso fue profundamente liberador. Porque ya no tenía que vivir condenado a repetir lo que había recibido. La gracia podía interrumpir una cadena que parecía destinada a continuar.

 

Esto significa que todo el que pertenece a Cristo se ha convertido en una persona nueva. La vida antigua ha pasado, ¡una nueva vida ha comenzado! 2 Corintios 5:17 NTV

 

Y quizás aquí es donde empiezo a comprender de una manera diferente aquella frase que tanto me conmueve cuando la escucho de mis hijos: “Contigo aprendí”. Porque ahora sé que muchas de las cosas buenas que ellos pudieron aprender de mí, yo primero las aprendí de Ti. Si alguna vez aprendieron de mí a pedir perdón, primero Tú me enseñaste a reconocer mis errores. Si aprendieron a levantarse después de caer, primero Tú me levantaste. Si alguna vez encontraron en mí paciencia, probablemente fue porque Tú tuviste paciencia conmigo. Si recibieron amor, no puedo atribuírmelo completamente, porque antes de que yo pudiera amarlos, Tú me enseñaste lo que significa ser amado por un Padre.

 

Nosotros amamos porque él nos amó primero. 1 Juan 4:19 NVI

 

Y entonces la frase comenzó a tener otro significado. Ya no era solamente un reconocimiento hacia el padre que enseña a sus hijos. Se convirtió también en una confesión de un hijo que mira hacia su Padre y reconoce de dónde recibió todo aquello que ahora puede entregar. Porque yo no llegué hasta aquí por mi propia sabiduría, ni porque finalmente descubrí cómo ser un buen hombre, un buen esposo o padre. Llegué hasta aquí por gracia. Una gracia que me encontró cuando yo todavía no sabía que la necesitaba, que me confrontó cuando pensaba que estaba bien, que me levantó cuando había caído y que poco a poco comenzó a enseñarme que ser hijo era mucho más importante que aparentar ser perfecto.

 

Pues por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe. Esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios. Efesios 2:8 NTV

 

Ahora entiendo que quizá el mayor legado que puedo dejarles a mis hijos no sea lo que les enseñé a hacer, cuánto dinero pude dejarles, los lugares que visitamos, los consejos que les di o incluso la cantidad de errores que logré evitar. Quizás sea algo mucho más sencillo y mucho más profundo: que ellos puedan descubrir también al Padre. Que puedan saber que existe un Dios al que pueden volver cuando se equivocan, un Padre al que pueden llamar cuando tienen miedo, un Dios que no se cansa de recibirlos y cuya gracia es suficientemente grande para alcanzar incluso aquello que nosotros mismos hemos dañado.

 

Porque si algo he aprendido después de tantos años de intentar ser padre, es que no necesito entregarle hijos perfectos a la siguiente generación. Necesito enseñarles, con mi propia vida, dónde está el Padre perfecto. Y si alguna vez mis hijos pueden mirar hacia atrás y decir que conmigo aprendieron algo bueno, mi respuesta ya no será solamente una sonrisa llena de orgullo y lágrimas en los ojos. Será también una mirada hacia arriba, llena de gratitud, porque ahora sé que detrás de cada cosa buena que pude transmitir había alguien que me la había enseñado primero.

 

De Ti, Jesús, aprendí a llamar a Dios Padre. Tú eres el regalo más hermoso y valioso que Él nos ha dado, porque en Ti no solo recibimos salvación: recibimos al Padre. Y, como dice una vieja canción: “Contigo aprendí que yo nací el día en que te conocí”.

 

“Miren con cuánto amor nos ama nuestro Padre que nos permite ser llamados hijos de Dios. ¡Y lo somos! 1 Juan 3:1 NTV

 

ORACIÓN:

Padre, que hermoso es poder pronunciar esa palabra, saber que no soy huérfano y que, aunque muera, nuestros hijos, que son primeramente tuyos, siempre tendrán un lugar seguro a donde acudir. Cuantas cosas aún tengo que aprender y que bueno saber que tendré una eternidad contigo. No quiero llevarme esa verdad solo para mí, ayúdame a compartirla con todo aquel que necesita aprender que tiene un Padre eterno y amoroso. Amén.

 

Lily & Ray… y nuestros hijos, Sindy, Pame, Emanuel, Paula, Saris y Abbie.

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2 HORAS ADELANTE

Dios hizo todo hermoso en su tiempo, luego puso en la mente humana la noción de eternidad, aun cuando el hombre no alcanza a comprender la obra que Dios realiza de principio a fin. Eclesiastés 3:11 NVI

 

Me despierto mientras la luz del día ya invadió toda la habitación, eso no suele ocurrir en mi cotidianidad ya que, por lo general, me despierto, levanto y salgo al trabajo, antes que el astro rey comience a iluminar. Entonces recuerdo un compromiso que tengo para cada miércoles por la mañana y pienso que ya voy tarde, pero luego también recuerdo que estamos, por unos días, viviendo dos horas adelante.

 

Mientras escribo estas líneas, nos encontramos en Philadelphia, donde el reloj corre dos horas antes que en Guatemala. Es curioso cómo un simple cambio de horario nos hace pensar diferente acerca del tiempo. ¿Qué haríamos si realmente pudiéramos vivir dos horas adelante? ¿Qué cambiaríamos si nos regalaran dos horas más cada día? O, quizá la pregunta más tentadora, ¿qué haríamos si pudiéramos regresar dos horas y corregir alguna decisión, evitar una conversación o aprovechar una oportunidad perdida?

 

Ayer, mientras mi amada Ileana y yo conducíamos por la ciudad haciendo algunas compras, siguiendo una ruta que habíamos diseñado con la ayuda de ChatGPT, vivimos un momento que nos sobresaltó. De pronto, mi reloj comenzó a sonar. Al mismo tiempo, sonó mi teléfono y el de ella. Por un instante pensé que se trataba de alguna emergencia familiar, y como el dispositivo estaba conectado con el radio del auto, también pensamos en un desperfecto del mismo o una violación a una regla de tránsito.

 

Entonces apareció el mensaje: una alerta meteorológica advirtiéndonos sobre una tormenta que podría provocar inundaciones repentinas en el área de Philadelphia. Por unos segundos, el tiempo pareció detenerse. Inmediatamente pensamos dónde estábamos, cuánto faltaba para llegar, qué caminos debíamos evitar y si nos daría tiempo para recoger a nuestra hija Abigail y luego regresar a casa.

 

Me llamó la atención cómo una pequeña alarma fue suficiente para recordarme que el tiempo gobierna buena parte de nuestras vidas. Vivimos pendientes de él. Nos preocupamos por llegar a tiempo, por no perder el tiempo, por recuperar el tiempo perdido o por adelantarnos al futuro. Sin embargo, Dios tiene una relación muy distinta con el tiempo. Nosotros vivimos dentro del tiempo. Dios vive sobre él.

 

―Quiten la piedra —ordenó Jesús. Marta, la hermana del difunto, objetó: ―Señor, ya debe oler mal, pues lleva cuatro días allí. Juan 11:39 NVI

Cuando Jesús recibió la noticia de que Lázaro estaba enfermo, no salió corriendo hacia Betania. Permaneció todavía dos días donde estaba. Cuando finalmente llegó, llevaba cuatro días muerto (Juan 11). Para Marta, Jesús había llegado tarde. "Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto". Cuántas veces nosotros también hemos pronunciado esas palabras, aunque sea en silencio. "Señor, si hubieras llegado antes" "Si hubieras abierto esa puerta" "Si hubieras respondido mi oración hace unos meses"

 

Pero no olviden, queridos hermanos, que para el Señor un día es como mil años y mil años, como un día. El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan. 2 Pedro 3:8-9 NVI

 

Confieso que el "hubiera" me visita más veces de las que quisiera admitir. Hubiera tomado otra decisión, hubiera hablado menos o más, hubiera aprovechado mejor algunas oportunidades o evitado ciertos errores. En ocasiones me descubro intentando negociar con el pasado y olvidando que Dios jamás ha perdido el control de mi historia. Lo que para mí son oportunidades perdidas, para Él siguen siendo páginas inconclusas.

 

Cuatro días tarde para nosotros no significa cuatro días tarde para Dios. Jesús no llegó tarde. Llegó exactamente cuando el propósito del Padre sería más evidente. Mientras todos veían una tumba cerrada, Jesús veía una oportunidad para manifestar la gloria de Dios. Lo que nosotros llamamos demora, muchas veces Dios lo llama preparación.

 

Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. Santiago 5:7 RVR1960

 

La Escritura también habla de la lluvia temprana y la lluvia tardía. (Santiago 5:7). Ambas llegan en el tiempo señalado por Dios. Ni antes ni después. La tierra no las controla. El agricultor no puede adelantarlas ni retrasarlas. Solo puede permanecer fiel mientras espera. Porque hay cosas que no pueden esperar las circunstancias ideales. El amor no espera el momento perfecto. El perdón no debería postergarse. La obediencia no debería depender de que todo esté acomodado a nuestro favor.

 

La vida con Dios es aprender a caminar entre dos verbos: esperar y obedecer. Hay ocasiones en las que Dios nos pide permanecer quietos, y otras en las que nos pide levantarnos y caminar. La sabiduría consiste en discernir cuál de las dos estamos viviendo. Anoche, mientras conversábamos sobre lo que haremos mañana, no pude evitar preguntarme si realmente ha sido Dios quien ha puesto esta carga en nuestro corazón o si solamente ha nacido en nuestros pensamientos. Confieso que hay temor. No por nuestra vida, pues hace mucho entendimos que no nos pertenece, sino por el peso de querer caminar en la voluntad de Dios y no en nuestros propios impulsos.  

 

que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. 2 Timoteo 4:2 RVR1960

 

Junto a mi amada Ileana oramos pidiéndole al Señor mor para mirar como Él mira, compasión para amar como Él ama, valor para obedecer lo que nos pida, misericordia para quienes encontraremos en el camino y Su protección para nuestras vidas. Quizá eso es también predicar "a tiempo y fuera de tiempo": no solamente abrir nuestros labios cuando las circunstancias son favorables, sino estar disponibles cuando Dios inquieta nuestro corazón, aun cuando no tenemos todas las respuestas. Y si mañana descubrimos que el mayor milagro era transformar nuestro propio corazón, habrá valido la pena haber obedecido.

 

Porque si callas absolutamente en este tiempo, respiro y liberación vendrá de alguna otra parte para los judíos; mas tú y la casa de tu padre pereceréis. ¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino? Ester 4:14 RVR1960

 

Quizá algunos estamos desesperados porque creemos que Dios se ha retrasado. Otros vivimos angustiados intentando correr delante de Él. Pero la eternidad nos recuerda que nuestra historia no está siendo escrita por el reloj, sino por las manos del Padre. Pensándolo bien, vivir dos horas adelante no es ninguna ventaja si caminamos delante de Dios. Y regresar dos horas tampoco serviría de mucho si seguimos tomando las mismas decisiones lejos de Su voluntad. Nuestra verdadera esperanza no es tener más tiempo, sino pertenecer al Dios eterno.

 

Ahora vemos de manera indirecta y velada, como en un espejo; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de manera imperfecta, pero entonces conoceré tal y como soy conocido. 1 Corintios 13:12 NVI

 

Un día llegaremos al lugar donde ya no habrá calendarios que cumplir ni relojes que consultar. La eternidad será nuestra realidad y el tiempo habrá dejado de ser nuestro amo para convertirse únicamente en un recuerdo de la gracia de Dios sosteniéndonos un día a la vez.

 

Mientras ese día llega, algunos tendremos que esperar cuatro días junto a una tumba cerrada; otros seremos llamados a predicar a tiempo y fuera de tiempo; algunos veremos la lluvia tardar un poco más de lo esperado, y otros descubriremos que hemos llegado al reino precisamente para esta hora. Pero todos tendremos que aprender la misma lección: nuestro reloj no gobierna nuestras vidas, Dios sí.

 

Quizá vivir dos horas adelante no sea ninguna ventaja. Y quizá tampoco necesitemos regresar dos horas para corregir nuestra historia. Nos basta con caminar tomados de la mano de Aquel que habita la eternidad. Porque Dios nunca llega tarde. Él siempre está a tiempo, aunque nuestro reloj diga lo contrario.

 

lo verán cara a cara y llevarán su nombre en la frente. Ya no habrá noche; no necesitarán luz de lámpara ni de sol, porque el Señor Dios los alumbrará. Y reinarán por los siglos de los siglos. Apocalipsis 22:4-5 NVI

 

ORACIÓN:

Padre, como quisiera ver con tus ojos, amar con tu corazón y vivir en tu tiempo. Mientras espero ese día, permíteme vivir confiado en ti tomando decisiones de acuerdo con tu voluntad, ayúdame a conocerla y dame la fuerza y el valor para cumplirla cada día, sabiendo que el tiempo no es un factor para ti, estás por encima de él, porque existes antes de él y permanecerás después de él. Amén.

 

Lily & Ray

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NINO

Confíen siempre en el Señor, porque el Señor Dios es la Roca eterna. Isaías 26:4 NTV


Mientras caminamos sobre el pasto que brota entre las tierras volcánicas, una fragancia inesperada despierta recuerdos que parecían dormidos. Es el anisillo, una hierba silvestre que crece generosamente en las faldas del volcán de Pacaya. A cada paso la vamos aplastando sin intención, pero lejos de desaparecer, responde perfumando nuestro camino.

 

Me hace pensar que hay personas así. Aunque hayan sido golpeadas una y otra vez por las circunstancias, todavía perfuman el camino de quienes las rodean. Hace muchos años escuché una comparación que nunca olvidé: cuando se estrujan las hojas de un limonero, brota una fragancia que de otra manera pasaría desapercibida. El sufrimiento no crea el perfume; simplemente deja al descubierto lo que ya habitaba en su interior.

 

El paisaje es sobrecogedor. El verde intenso contrasta con las enormes coladas de lava endurecida que un día descendieron abrasándolo todo. El aire fresco, mezclado con un leve aroma a azufre, llena los pulmones y obliga a detenerse por un instante para observar la grandeza del Creador. Desde ahí se contemplan los distantes Volcanes de Agua, Fuego, con sus fumarolas y el Acatenango.

 

Han pasado ya diez años desde la última vez que estuvimos aquí. En aquella ocasión decidimos despedir el año acampando en la meseta del volcán junto con nuestros hijos, un sobrino, un amigo... y Nino. Así quería que lo llamáramos. Su pierna derecha había quedado deformada después de un accidente y caminaba arrastrándola con evidente dificultad. Antes de conocerlo vivía debajo del Puente Belice. La primera vez que lo vi llevaba una nariz de payaso mientras dirigía el tránsito entre los vehículos cerca del mercado San Martín, buscando algunas monedas para sobrevivir. Confieso que jamás imaginé cuánto terminaría enseñándome aquel hombre.

 

Poco tiempo después apareció en una vigilia de oración en la pequeña iglesia donde nos congregábamos. Nadie imaginó que aquella noche sería el comienzo de una nueva historia. Sin darnos cuenta, Nino fue encontrando un lugar entre nosotros. La iglesia dejó de verlo como un indigente y comenzó a verlo como un hermano. Entre todos lo acompañamos durante una etapa importante de su camino, compartiendo con él mesa, abrazos, aventuras y esperanza.

 

Con el tiempo comenzó a integrarse a la comunidad. Aprendió nuestros nombres y nosotros aprendimos a mirar más allá de su apariencia. De alguna manera terminó siendo parte de la familia. Vivió una temporada con nosotros, antes de que Lily y yo nos casáramos, y compartió incontables aventuras. Lo llevamos a campamentos de jóvenes, caminatas, reuniones familiares y viajes. Nunca olvidaré escucharlo cantar con todas sus fuerzas. Su voz, aguda y quebrada, parecía el gorjeo de un pájaro. Muchas veces no conocía bien la letra de las canciones, pero las cantaba con un entusiasmo que desarmaba cualquier prejuicio.

 

Nunca supo cuándo había nacido. Decía ser hondureño, hijo de una madre salvadoreña, y aseguraba que el apellido "Ponce" lo había tomado del circo donde alguna vez trabajó. Como nunca conoció la fecha de su cumpleaños, decidió celebrar el suyo el mismo día que el mío. Era muy propio de Nino.

 

Aquella madrugada del 31 de diciembre emprendimos el ascenso hacia el cráter. La última parte del camino era especialmente exigente. Mientras los demás avanzábamos con relativa facilidad, él subía casi a rastras, apoyándose con las manos, respirando con dificultad y negándose a rendirse. Todavía puedo verlo. Paso a paso. Metro a metro. Con una determinación que contrastaba con la fragilidad de su cuerpo.

 

Tiempo después logramos encontrarle un lugar donde vivir y trabajar. Soñábamos con verlo completamente restaurado, integrado a una comunidad estable y disfrutando de una vida distinta. Durante un tiempo pareció posible. Pero la vida dio otro giro. Volvió a la calle.

 

Durante la pandemia murió debajo del mismo puente donde lo habíamos conocido. En varias ocasiones fui a buscarlo allí, con la idea de convencerlo de regresar. Siempre albergaba la esperanza de encontrarlo dispuesto a comenzar otra vez. No todo salió como habíamos soñado. Pero una cosa sí sabemos. Nino puso su confianza en Jesucristo.

 

Y esa confianza era mucho más firme que el suelo volcánico sobre el que aquella madrugada luchaba por avanzar. Isaías llama a Dios "la Roca eterna". No una roca que resiste unos años, sino el fundamento que permanece cuando todo lo demás se derrumba. Las fuerzas humanas fallan. Los proyectos pueden quedar inconclusos. Incluso algunas historias parecen terminar antes de tiempo. Pero quien descansa en Cristo nunca descansa sobre terreno inestable.

 

Cada vez que recuerdo a Nino escalando aquella montaña, pienso que esa imagen resume también la vida cristiana. Hay temporadas en las que avanzamos casi corriendo y otras en las que apenas logramos dar un paso más. Sin embargo, nuestra esperanza nunca ha estado en la fortaleza de nuestras piernas, sino en la firmeza de la Roca sobre la cual caminamos.

 

Quizá hoy tú también sientes que avanzas arrastrando el alma. Tal vez el camino parece demasiado empinado y tus fuerzas ya no alcanzan. Entonces recuerda la promesa de que la paz de Dios no depende de que el camino sea fácil, sino de que el corazón permanezca apoyado en Él.

 

¡Tú guardarás en perfecta paz a todos los que confían en ti, a todos los que concentran en ti sus pensamientos! Isaías 26:3  NTV

 

Mientras avanzábamos, el anisillo seguía perfumando el sendero. Me llamó la atención que su aroma no se percibía hasta que nuestros pies lo rozaban o lo aplastaban. Entonces recordé que muchas de las fragancias más valiosas no brotan cuando todo marcha bien, sino cuando algo ha sido quebrantado. El perfume estaba allí desde el principio; la presión solo lo revelaba.

 

Algo parecido ocurrió en Getsemaní. Su nombre significa "prensa de aceite". Era el lugar donde las aceitunas eran trituradas para extraer el aceite más puro. No deja de ser significativo que fuera precisamente allí donde Jesús, bajo el peso de la angustia, se rindiera por completo a la voluntad del Padre. Antes de la cruz, el Hijo fue "prensado" en Getsemaní. Y de ese quebrantamiento brotó el aroma más hermoso de obediencia, amor y entrega que este mundo haya conocido.

 

«Padre, si quieres, te pido que quites esta copa de sufrimiento de mí. Sin embargo, quiero que se haga tu voluntad, no la mía». Lucas 22:42 NTV

 

Pienso también en Nino. La vida lo había pisoteado muchas veces. El abandono, la calle, la soledad y las decisiones equivocadas dejaron profundas cicatrices en él. Sin embargo, cuando conoció a Jesús, comenzó a percibirse algo diferente. No era una restauración completa, ni una historia perfecta, pero sí el inconfundible aroma de Cristo. Lo escuchábamos cantar con toda su alma, lo veíamos esforzarse por subir aquella montaña y, aunque nunca dejó de luchar con muchas cosas, su confianza había encontrado un nuevo fundamento. Comprendí que Dios tiene la maravillosa costumbre de hacer que incluso las vidas más quebrantadas desprendan el perfume de Su gracia.

 

Sin embargo, gracias a Dios que en Cristo siempre nos lleva triunfantes y, por medio de nosotros, esparce por todas partes la fragancia de su conocimiento. Porque para Dios nosotros somos el aroma de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden. 2 Corintios 2:14-15 NVI

 

ORACIÓN:

Padre, gracias porque Tú eres la Roca eterna cuando todo a mi alrededor parece moverse. Enséñame a confiar en Ti más que en mis propias fuerzas, mis planes o mis circunstancias. Cuando el camino se vuelva empinado y apenas pueda avanzar, recuérdame que mi seguridad no está en la firmeza de mis pasos, sino en la fidelidad de Tu amor. Guarda mi corazón en perfecta paz mientras permanezco con mi pensamiento puesto en Ti. En el nombre de Jesús. Amén.

 

Lily & Ray

 

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CICATRICES DEL EDEN

 Tal y como me lo ordenó, profeticé. Y, mientras profetizaba, se escuchó un ruido que sacudió la tierra, y los huesos comenzaron a unirse entre sí. Yo me fijé y vi que en ellos aparecían tendones, les salía carne y se recubrían de piel. ¡Pero no había espíritu en ellos! Ezequiel 37:7-8 NVI

 

El martes por la mañana mientras daba su clase de movilidad a mi amigo Nico, surgió un tema, una conversación, como nos suele ocurrir a menudo y esta vez terminamos hablando de algo bastante extraño: el hígado.

 

La charla comenzó porque una semana antes había hecho una rutina intensa de pesas. Durante varios días no podía extender completamente los brazos. Cada movimiento le recordaba que los músculos habían sido llevados más allá de lo acostumbrado, incluso, trabajamos esos días para mejorar el estado de sus brazos principalmente y pue paulatina, pero progresiva su mejoría. Sin embargo, una semana después estaba prácticamente recuperado.

 

Mientras comentábamos la extraordinaria capacidad que tiene el cuerpo para repararse, Nico hizo una observación que voy a parafrasear: —Somos un diseño imperfecto. Si no fuera así, deberíamos poder regenerarnos completamente. Piénsalo, Ray, por qué solo el hígado tiene esa capacidad de regenerarse completamente.

 

La frase quedó dando vueltas en mi cabeza durante el resto de la mañana. Cuanto más pensaba en ello, más convencido estaba de que el problema no era la palabra "regeneración", sino la palabra "imperfecto". La Biblia nunca presenta al ser humano como una creación defectuosa. Todo lo contrario. Después de terminar Su obra, Dios declaró que era "buena en gran manera". No somos un diseño imperfecto. Somos un diseño dañado.

 

Resulta fascinante que el hígado sea capaz de regenerar gran parte de sí mismo. Como si dentro de un mundo que se deteriora todavía quedaran pequeñas huellas de lo que alguna vez fue. Porque la enfermedad, el envejecimiento, el dolor de espalda, las arrugas, la pérdida de memoria y la muerte no formaban parte del diseño original. Son intrusos. Son consecuencias de la caída.

 

Cada vez que una herida sana, que un hueso consolida o que un músculo se recupera, nuestro cuerpo parece susurrar una verdad olvidada: fuimos creados para algo mejor que esto. Estamos viviendo con consecuencias que no nos permiten disfrutar toda la capacidad con la que fuimos pensados.

 

Sabemos que toda la creación todavía gime a una, como si tuviera dolores de parto. Romanos 8:22 NVI

 

Cuando era joven y veía la serie animada y luego las películas de X-Men, siempre me llamó la atención Wolverine. Logan tenía una personalidad única y en medio de su carácter tosco, hosco y propenso a los arrebatos violentos, escondía un profundo código de honor, compasión y un fuerte instinto protector.

 

Pero quizá lo que más me atraía era esa idea nostálgica de un edén perdido, lo herían y sanaba, lo cortaban y se regeneraba, parecía invencible. Tal vez el éxito del personaje no estaba en sus garras, estaba en que representaba algo que todos deseamos. No queremos morir, ni deteriorarnos. No queremos despedirnos, ni que nuestros padres envejezcan. No queremos que nuestros hijos sufran. No queremos que el cáncer gane. No queremos que el tiempo tenga la última palabra. Porque fuimos diseñados para otra cosa.

 

Dios hizo todo hermoso en su tiempo, luego puso en la mente humana la noción de eternidad, aun cuando el hombre no alcanza a comprender la obra que Dios realiza de principio a fin. Eclesiastés 3:11 NVI

 

Hace años mi amigo Gustavo terminó hospitalizado. Mientras hacíamos evangelismo callejero en el Centro Histórico de la ciudad de Guatemala, acompañamos al Hospital San Juan de Dios a un hombre enfermo que deambulaba por las calles. No imaginamos que también mi amigo se quedaría internado, pues lo que parecía un dolor en el estómago de Gustavo, más tarde terminó revelando un problema serio en el hígado. Los médicos tuvieron que intervenir y La recuperación fue larga. Y cuando todo terminó quedó una cicatriz, una marca permanente. El recuerdo visible de una batalla invisible.

 

Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto. Génesis1:31 RVR1960

 

Pensé en eso mientras recordaba la conversación con Nico. Quizá nuestros cuerpos están llenos de cicatrices del mismo tipo. No necesariamente sobre la piel, algunas están en las rodillas, otras en la espalda o el corazón. Otras en la memoria, vivimos rodeados de cicatrices del Edén. No del jardín, sino de su pérdida.

 

Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres y al polvo volverás». Génesis 3:19 NVI

 

Quizá Nico tenía razón en una cosa, hay algo en nosotros que no funciona como debería, pero no porque Dios diseñara mal la creación, sino porque la creación fue herida. Por esa razón cada músculo que sana, cada hueso que consolida, cada herida que cierra, cada hígado que se regenera, cada cicatriz que queda atrás. Son pequeños recordatorios de una verdad mayor.

 

Él transformará nuestro cuerpo miserable para que sea como su cuerpo glorioso, mediante el poder con que somete a sí mismo todas las cosas. Filipenses 3:21 NVI

 

El hígado no es la evidencia de un diseño imperfecto, lo es de que todavía quedan rastros del diseño original. Aún llevamos dentro de nosotros evidencias contradictorias, señales de grandeza y señales de ruina. Huellas del Edén y cicatrices de la Caída. ¿Por qué anhelamos tanto la restauración? Porque fuimos creados para ella. Aun así, en medio de un mundo herido, Dios ha dejado anticipos de restauración. Pequeños fragmentos de lo que un día será completo.

 

Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús vive en ustedes, el mismo que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que vive en ustedes. Romanos 8:11 NVI

 

Hoy vemos regeneración parcial, sanidad progresiva, recuperación limitada… pero un día veremos regeneración total. Un cuerpo que no se desgasta, no se rompe y no se corrompe. La restauración completa de lo que fue herido.

 

ORACIÓN:

Señor, gracias porque no somos un accidente ni una obra defectuosa, sino una creación que ha sido herida, pero no olvidada por Ti. Gracias porque aun en medio del deterioro, has dejado señales de restauración en nuestro cuerpo, en nuestra mente y en nuestra historia. Reconocemos que vivimos entre cicatrices del Edén, pero también entre ecos de Tu promesa de redención. Sostén nuestra esperanza cuando el cuerpo se debilita y cuando la vida nos recuerda que no fuimos hechos para la muerte.  Y mientras esperamos la restauración final, ayúdanos a confiar en Tu obra perfecta, la que transforma lo que fue quebrado en gloria futura. Amén.

 

Lily & Ray

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LICENCIA PARA PECAR

¡Él te ha mostrado, oh mortal, lo que es bueno! ¿Y qué es lo que espera de ti el Señor? Practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente ante tu Dios. Miqueas 6:8 NVI

 

Rondaba apenas los 16 años cuando una oportunidad laboral se presentó en mi vida. Después de un par de intentos fallidos, que incluían un taller de electromecánica donde mi esmirriada figura no encajó con la fuerza requerida para el trabajo, me encontré ante una posibilidad que, en principio, era solo temporal, a menos que obtuviera una licencia para conducir motocicleta.

 

Necesitaba un permiso firmado por alguno de mis padres, quienes recientemente se habían separado. Acudí a mi padre, pues de todos mis hermanos fui el único que se quedó con él. No recuerdo cuáles fueron las razones, pero su negativa a apoyarme en aquella gestión me desinfló bastante. Luego fui con mi madre, quien, con un poco de temor, accedió.

 

Ya superada la prueba teórica, me sentí envalentonado, pero mi proceso se detuvo cuando no aprobé el examen médico de la vista. Fue mi hermana mayor, Verito, quien me apoyó para conseguir mi primer par de lentes graduados, con los cuales ya estaba apto para realizar la prueba práctica de conducción.

 

En ese momento era la Policía Nacional la encargada de emitir el documento, y era en distintas dependencias de esa institución donde se realizaban las pruebas. Tuve que madrugar para conseguir un número que me adjudicara un turno y, luego de una larga espera, llegó mi hora. Resultado: reprobado. Perdí el examen y también el dinero que me costó alquilar el vehículo para realizar la prueba.

 

Desde el principio percibí algo extraño en el ambiente. Y cuando la persona que me alquiló el vehículo me preguntó si quería dar un dinero extra para asegurarme de aprobar, comprendí que en ese lugar no podría avanzar sin ser parte de aquel juego. Así que, en la siguiente oportunidad, agregué a la cuota de alquiler la correspondiente cuota de soborno.

 

Así fue como salí con mi constancia de habilidades de conducción, que me acreditaba para manejar un vehículo de dos ruedas. Días más tarde, un pedazo de cartulina celeste, con firmas y sellos policiales, se convirtió en mi primera licencia, la cual diligentemente emplastiqué para hacerla más duradera.

 

La utilicé durante varios años, pero después de un tiempo dejó de ser necesaria, pues conseguí mi primer automóvil y, con él, la respectiva licencia. Para entonces ya era una institución privada la que estaba a cargo, y el trámite resultó mucho más sencillo. La otra licencia quedó en el olvido y nunca fue renovada.

 

Hasta que, en 2020, después de muchísimos años y de incontables experiencias vividas —demasiadas para relatarlas en este espacio—, volví a necesitarla. Ya no teníamos automóvil, pues el último lo habíamos donado por indicación del Señor. Entonces recibimos un regalo de unos amigos: una motocicleta negra, casi nueva.

 

En su caso ha sucedido lo que acertadamente afirman estos proverbios: «El perro vuelve a su vómito» y «la puerca lavada, a revolcarse en el lodo». 2 Pedro 2:22 NVI

 

Volvió así la necesidad de aquel documento. Ya no tenía expediente y era menester comenzar desde cero. La pandemia nos tenía con recursos limitados y el pago se me hacía oneroso, no tanto por la cantidad, sino por lo que representaba en aquel momento. Todo fluyó hasta la famosa prueba práctica. No aprobado. Debía volver a intentarlo y volver a pagar, a menos que añadiera una pequeña suma adicional.

 

Me quedé unos minutos sentado, abatido, decepcionado y frustrado. Las cosas no habían cambiado mucho, y lo peor fue comprobar que mi corazón tampoco lo había hecho. No quería volver a ese lugar. No quería volver a pagar. Y sucumbí ante la propuesta. Incluso negocié el precio, pues no tenía suficiente dinero. Fue espantoso. Salí de ahí con el certificado aprobado, pero con la moral reprobada.

 

Durante años pensé que el problema era mi incapacidad para aprobar un examen. Más tarde comprendí que el problema era mucho más profundo. Lo que me derrotaba no era la falta de habilidad para conducir una motocicleta, sino la facilidad con la que mi corazón buscaba una salida cuando se sentía frustrado, incapaz o insuficiente.

 

Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio. ¿Quién puede comprenderlo? Jeremías 17:9 NVI

 

Y, para ser honesto, eso no cambió de la noche a la mañana. Lo que sí cambió fue mi comprensión de la gracia. El domingo, mientras cantábamos en la iglesia, una verdad volvió a golpear mi corazón. Dios conoce cada una de mis fallas. Conoce las que ya cometí y las que todavía cometeré. Conoce mis momentos de integridad y también aquellos de los que me avergüenzo. Sin embargo, no me pide que llegue ante Él con un historial perfecto. Me pide algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: que confiese, que me arrepienta y que crea.

 

Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad. 1 Juan 1:9 NVI

 

Que crea que la sangre de Cristo fue suficiente. Que crea que soy perdonado. Que crea que, aun cuando vuelva a tropezar, encontraré en Él un Padre dispuesto a restaurarme. Por muchos años escuché esa verdad, pero en el fondo la traducía de otra manera: "Dios te perdonará, pero ya está cansado de vos". Sin embargo, el evangelio dice algo diferente. Dice que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. No para que peque más, sino para que deje de huir.

 

¿Qué concluiremos? ¿Vamos a persistir en el pecado para que la gracia abunde? ¡De ninguna manera! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él? Romanos 6:1-2 NVI

 

Porque la gracia no es una licencia para pecar. La gracia es la libertad de dejar de esconderme. Es la seguridad de que mi peor fracaso no tiene la última palabra. Es la fuerza para volver a levantarme cuando he caído. Es el gozo de saber que soy más amado de lo que merezco y más perdonado de lo que alcanzo a comprender.

 

Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir la misericordia y encontrar la gracia que nos ayuden oportunamente. Hebreos 4:16 NVI

 

Y paradójicamente, cuando esa verdad desciende de la cabeza al corazón, el pecado pierde parte de su atractivo. Ya no obedezco para ganar aceptación; obedezco porque ya fui aceptado en Cristo. Entonces quito el foco de mí mismo y pongo los ojos en Él. Y es allí donde encuentro la fuerza para ser libre. Ya no lucho para que Dios me ame; lucho porque sé que me ama. Ya no camino para alcanzar su gracia; camino porque su gracia me alcanzó primero.

 

Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús, pues por medio de él la ley del Espíritu de vida te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte. Romanos 8:1-2 NVI

 

Descubro algo aún más maravilloso: me encuentro capacitado para dar de gracia lo que de gracia he recibido. Puedo perdonar porque he sido perdonado. Puedo amar porque he sido amado. Puedo extender misericordia porque la misericordia de Dios ha sido extendida hacia mí una y otra vez. Al final, la gracia no me dio una licencia para pecar. Me dio una razón para amar a Aquel que me perdonó y una fuerza nueva para caminar en libertad.

 

Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Hebreos 12:2 NVI

 

ORACIÓN:

Señor, gracias por un perdón tan inmenso y por una salvación tan grande que jamás podré merecer ni comprender por completo. Gracias porque, aun conociendo mis fallas, me invitas a acercarme confiadamente a Tu presencia. Allí encuentro misericordia, restauración y el gozo de saber que soy amado y aceptado en Cristo. Que ese gozo sea mi fuerza para resistir la tentación, caminar en libertad y vivir de una manera que te honre. Y así como he recibido gracia de Ti, ayúdame a extenderla a quienes me rodean. Amén.

 

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