CICATRICES DEL EDEN

 Tal y como me lo ordenó, profeticé. Y, mientras profetizaba, se escuchó un ruido que sacudió la tierra, y los huesos comenzaron a unirse entre sí. Yo me fijé y vi que en ellos aparecían tendones, les salía carne y se recubrían de piel. ¡Pero no había espíritu en ellos! Ezequiel 37:7-8 NVI

 

El martes por la mañana mientras daba su clase de movilidad a mi amigo Nico, surgió un tema, una conversación, como nos suele ocurrir a menudo y esta vez terminamos hablando de algo bastante extraño: el hígado.

 

La charla comenzó porque una semana antes había hecho una rutina intensa de pesas. Durante varios días no podía extender completamente los brazos. Cada movimiento le recordaba que los músculos habían sido llevados más allá de lo acostumbrado, incluso, trabajamos esos días para mejorar el estado de sus brazos principalmente y pue paulatina, pero progresiva su mejoría. Sin embargo, una semana después estaba prácticamente recuperado.

 

Mientras comentábamos la extraordinaria capacidad que tiene el cuerpo para repararse, Nico hizo una observación que voy a parafrasear: —Somos un diseño imperfecto. Si no fuera así, deberíamos poder regenerarnos completamente. Piénsalo, Ray, por qué solo el hígado tiene esa capacidad de regenerarse completamente.

 

La frase quedó dando vueltas en mi cabeza durante el resto de la mañana. Cuanto más pensaba en ello, más convencido estaba de que el problema no era la palabra "regeneración", sino la palabra "imperfecto". La Biblia nunca presenta al ser humano como una creación defectuosa. Todo lo contrario. Después de terminar Su obra, Dios declaró que era "buena en gran manera". No somos un diseño imperfecto. Somos un diseño dañado.

 

Resulta fascinante que el hígado sea capaz de regenerar gran parte de sí mismo. Como si dentro de un mundo que se deteriora todavía quedaran pequeñas huellas de lo que alguna vez fue. Porque la enfermedad, el envejecimiento, el dolor de espalda, las arrugas, la pérdida de memoria y la muerte no formaban parte del diseño original. Son intrusos. Son consecuencias de la caída.

 

Cada vez que una herida sana, que un hueso consolida o que un músculo se recupera, nuestro cuerpo parece susurrar una verdad olvidada: fuimos creados para algo mejor que esto. Estamos viviendo con consecuencias que no nos permiten disfrutar toda la capacidad con la que fuimos pensados.

 

Sabemos que toda la creación todavía gime a una, como si tuviera dolores de parto. Romanos 8:22 NVI

 

Cuando era joven y veía la serie animada y luego las películas de X-Men, siempre me llamó la atención Wolverine. Logan tenía una personalidad única y en medio de su carácter tosco, hosco y propenso a los arrebatos violentos, escondía un profundo código de honor, compasión y un fuerte instinto protector.

 

Pero quizá lo que más me atraía era esa idea nostálgica de un edén perdido, lo herían y sanaba, lo cortaban y se regeneraba, parecía invencible. Tal vez el éxito del personaje no estaba en sus garras, estaba en que representaba algo que todos deseamos. No queremos morir, ni deteriorarnos. No queremos despedirnos, ni que nuestros padres envejezcan. No queremos que nuestros hijos sufran. No queremos que el cáncer gane. No queremos que el tiempo tenga la última palabra. Porque fuimos diseñados para otra cosa.

 

Dios hizo todo hermoso en su tiempo, luego puso en la mente humana la noción de eternidad, aun cuando el hombre no alcanza a comprender la obra que Dios realiza de principio a fin. Eclesiastés 3:11 NVI

 

Hace años mi amigo Gustavo terminó hospitalizado. Mientras hacíamos evangelismo callejero en el Centro Histórico de la ciudad de Guatemala, acompañamos al Hospital San Juan de Dios a un hombre enfermo que deambulaba por las calles. No imaginamos que también mi amigo se quedaría internado, pues lo que parecía un dolor en el estómago de Gustavo, más tarde terminó revelando un problema serio en el hígado. Los médicos tuvieron que intervenir y La recuperación fue larga. Y cuando todo terminó quedó una cicatriz, una marca permanente. El recuerdo visible de una batalla invisible.

 

Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto. Génesis1:31 RVR1960

 

Pensé en eso mientras recordaba la conversación con Nico. Quizá nuestros cuerpos están llenos de cicatrices del mismo tipo. No necesariamente sobre la piel, algunas están en las rodillas, otras en la espalda o el corazón. Otras en la memoria, vivimos rodeados de cicatrices del Edén. No del jardín, sino de su pérdida.

 

Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres y al polvo volverás». Génesis 3:19 NVI

 

Quizá Nico tenía razón en una cosa, hay algo en nosotros que no funciona como debería, pero no porque Dios diseñara mal la creación, sino porque la creación fue herida. Por esa razón cada músculo que sana, cada hueso que consolida, cada herida que cierra, cada hígado que se regenera, cada cicatriz que queda atrás. Son pequeños recordatorios de una verdad mayor.

 

Él transformará nuestro cuerpo miserable para que sea como su cuerpo glorioso, mediante el poder con que somete a sí mismo todas las cosas. Filipenses 3:21 NVI

 

El hígado no es la evidencia de un diseño imperfecto, lo es de que todavía quedan rastros del diseño original. Aún llevamos dentro de nosotros evidencias contradictorias, señales de grandeza y señales de ruina. Huellas del Edén y cicatrices de la Caída. ¿Por qué anhelamos tanto la restauración? Porque fuimos creados para ella. Aun así, en medio de un mundo herido, Dios ha dejado anticipos de restauración. Pequeños fragmentos de lo que un día será completo.

 

Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús vive en ustedes, el mismo que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que vive en ustedes. Romanos 8:11 NVI

 

Hoy vemos regeneración parcial, sanidad progresiva, recuperación limitada… pero un día veremos regeneración total. Un cuerpo que no se desgasta, no se rompe y no se corrompe. La restauración completa de lo que fue herido.

 

ORACIÓN:

Señor, gracias porque no somos un accidente ni una obra defectuosa, sino una creación que ha sido herida, pero no olvidada por Ti. Gracias porque aun en medio del deterioro, has dejado señales de restauración en nuestro cuerpo, en nuestra mente y en nuestra historia. Reconocemos que vivimos entre cicatrices del Edén, pero también entre ecos de Tu promesa de redención. Sostén nuestra esperanza cuando el cuerpo se debilita y cuando la vida nos recuerda que no fuimos hechos para la muerte.  Y mientras esperamos la restauración final, ayúdanos a confiar en Tu obra perfecta, la que transforma lo que fue quebrado en gloria futura. Amén.

 

Lily & Ray

https://www.youtube.com/watch?v=wOgO7AelScg&list=RDwOgO7AelScg&start_radio=1

LICENCIA PARA PECAR

¡Él te ha mostrado, oh mortal, lo que es bueno! ¿Y qué es lo que espera de ti el Señor? Practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente ante tu Dios. Miqueas 6:8 NVI

 

Rondaba apenas los 16 años cuando una oportunidad laboral se presentó en mi vida. Después de un par de intentos fallidos, que incluían un taller de electromecánica donde mi esmirriada figura no encajó con la fuerza requerida para el trabajo, me encontré ante una posibilidad que, en principio, era solo temporal, a menos que obtuviera una licencia para conducir motocicleta.

 

Necesitaba un permiso firmado por alguno de mis padres, quienes recientemente se habían separado. Acudí a mi padre, pues de todos mis hermanos fui el único que se quedó con él. No recuerdo cuáles fueron las razones, pero su negativa a apoyarme en aquella gestión me desinfló bastante. Luego fui con mi madre, quien, con un poco de temor, accedió.

 

Ya superada la prueba teórica, me sentí envalentonado, pero mi proceso se detuvo cuando no aprobé el examen médico de la vista. Fue mi hermana mayor, Verito, quien me apoyó para conseguir mi primer par de lentes graduados, con los cuales ya estaba apto para realizar la prueba práctica de conducción.

 

En ese momento era la Policía Nacional la encargada de emitir el documento, y era en distintas dependencias de esa institución donde se realizaban las pruebas. Tuve que madrugar para conseguir un número que me adjudicara un turno y, luego de una larga espera, llegó mi hora. Resultado: reprobado. Perdí el examen y también el dinero que me costó alquilar el vehículo para realizar la prueba.

 

Desde el principio percibí algo extraño en el ambiente. Y cuando la persona que me alquiló el vehículo me preguntó si quería dar un dinero extra para asegurarme de aprobar, comprendí que en ese lugar no podría avanzar sin ser parte de aquel juego. Así que, en la siguiente oportunidad, agregué a la cuota de alquiler la correspondiente cuota de soborno.

 

Así fue como salí con mi constancia de habilidades de conducción, que me acreditaba para manejar un vehículo de dos ruedas. Días más tarde, un pedazo de cartulina celeste, con firmas y sellos policiales, se convirtió en mi primera licencia, la cual diligentemente emplastiqué para hacerla más duradera.

 

La utilicé durante varios años, pero después de un tiempo dejó de ser necesaria, pues conseguí mi primer automóvil y, con él, la respectiva licencia. Para entonces ya era una institución privada la que estaba a cargo, y el trámite resultó mucho más sencillo. La otra licencia quedó en el olvido y nunca fue renovada.

 

Hasta que, en 2020, después de muchísimos años y de incontables experiencias vividas —demasiadas para relatarlas en este espacio—, volví a necesitarla. Ya no teníamos automóvil, pues el último lo habíamos donado por indicación del Señor. Entonces recibimos un regalo de unos amigos: una motocicleta negra, casi nueva.

 

En su caso ha sucedido lo que acertadamente afirman estos proverbios: «El perro vuelve a su vómito» y «la puerca lavada, a revolcarse en el lodo». 2 Pedro 2:22 NVI

 

Volvió así la necesidad de aquel documento. Ya no tenía expediente y era menester comenzar desde cero. La pandemia nos tenía con recursos limitados y el pago se me hacía oneroso, no tanto por la cantidad, sino por lo que representaba en aquel momento. Todo fluyó hasta la famosa prueba práctica. No aprobado. Debía volver a intentarlo y volver a pagar, a menos que añadiera una pequeña suma adicional.

 

Me quedé unos minutos sentado, abatido, decepcionado y frustrado. Las cosas no habían cambiado mucho, y lo peor fue comprobar que mi corazón tampoco lo había hecho. No quería volver a ese lugar. No quería volver a pagar. Y sucumbí ante la propuesta. Incluso negocié el precio, pues no tenía suficiente dinero. Fue espantoso. Salí de ahí con el certificado aprobado, pero con la moral reprobada.

 

Durante años pensé que el problema era mi incapacidad para aprobar un examen. Más tarde comprendí que el problema era mucho más profundo. Lo que me derrotaba no era la falta de habilidad para conducir una motocicleta, sino la facilidad con la que mi corazón buscaba una salida cuando se sentía frustrado, incapaz o insuficiente.

 

Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio. ¿Quién puede comprenderlo? Jeremías 17:9 NVI

 

Y, para ser honesto, eso no cambió de la noche a la mañana. Lo que sí cambió fue mi comprensión de la gracia. El domingo, mientras cantábamos en la iglesia, una verdad volvió a golpear mi corazón. Dios conoce cada una de mis fallas. Conoce las que ya cometí y las que todavía cometeré. Conoce mis momentos de integridad y también aquellos de los que me avergüenzo. Sin embargo, no me pide que llegue ante Él con un historial perfecto. Me pide algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: que confiese, que me arrepienta y que crea.

 

Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad. 1 Juan 1:9 NVI

 

Que crea que la sangre de Cristo fue suficiente. Que crea que soy perdonado. Que crea que, aun cuando vuelva a tropezar, encontraré en Él un Padre dispuesto a restaurarme. Por muchos años escuché esa verdad, pero en el fondo la traducía de otra manera: "Dios te perdonará, pero ya está cansado de vos". Sin embargo, el evangelio dice algo diferente. Dice que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. No para que peque más, sino para que deje de huir.

 

¿Qué concluiremos? ¿Vamos a persistir en el pecado para que la gracia abunde? ¡De ninguna manera! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él? Romanos 6:1-2 NVI

 

Porque la gracia no es una licencia para pecar. La gracia es la libertad de dejar de esconderme. Es la seguridad de que mi peor fracaso no tiene la última palabra. Es la fuerza para volver a levantarme cuando he caído. Es el gozo de saber que soy más amado de lo que merezco y más perdonado de lo que alcanzo a comprender.

 

Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir la misericordia y encontrar la gracia que nos ayuden oportunamente. Hebreos 4:16 NVI

 

Y paradójicamente, cuando esa verdad desciende de la cabeza al corazón, el pecado pierde parte de su atractivo. Ya no obedezco para ganar aceptación; obedezco porque ya fui aceptado en Cristo. Entonces quito el foco de mí mismo y pongo los ojos en Él. Y es allí donde encuentro la fuerza para ser libre. Ya no lucho para que Dios me ame; lucho porque sé que me ama. Ya no camino para alcanzar su gracia; camino porque su gracia me alcanzó primero.

 

Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús, pues por medio de él la ley del Espíritu de vida te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte. Romanos 8:1-2 NVI

 

Descubro algo aún más maravilloso: me encuentro capacitado para dar de gracia lo que de gracia he recibido. Puedo perdonar porque he sido perdonado. Puedo amar porque he sido amado. Puedo extender misericordia porque la misericordia de Dios ha sido extendida hacia mí una y otra vez. Al final, la gracia no me dio una licencia para pecar. Me dio una razón para amar a Aquel que me perdonó y una fuerza nueva para caminar en libertad.

 

Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Hebreos 12:2 NVI

 

ORACIÓN:

Señor, gracias por un perdón tan inmenso y por una salvación tan grande que jamás podré merecer ni comprender por completo. Gracias porque, aun conociendo mis fallas, me invitas a acercarme confiadamente a Tu presencia. Allí encuentro misericordia, restauración y el gozo de saber que soy amado y aceptado en Cristo. Que ese gozo sea mi fuerza para resistir la tentación, caminar en libertad y vivir de una manera que te honre. Y así como he recibido gracia de Ti, ayúdame a extenderla a quienes me rodean. Amén.

 

https://www.youtube.com/watch?v=jsXVjLAK6PM&list=RDjsXVjLAK6PM&start_radio=1

LA AFIRMACIÓN

¡Te alabo porque soy una creación admirable! ¡Tus obras son maravillosas y esto lo sé muy bien! Salmo 139:14 NVI

 

Hace muchos años, mi amigo Ramón Ávila me contó una historia que nunca olvidé. Él es un artista catalán nacido en Barcelona. Después de vivir los estragos de la posguerra en España, emigró a Brasil y posteriormente llegó a Guatemala contratado como publicista. Aquí desarrolló una prolífica carrera en las artes gráficas y más tarde se consolidó como pintor, convirtiéndose en una figura importante del arte guatemalteco.

 

Tuve el privilegio de conocerlo durante mi paso por las artes plásticas. Compartimos conversaciones, proyectos y exposiciones. Recuerdo especialmente una exhibición que montamos en el Centro de Formación de la Compañía de Jesús, en Antigua Guatemala, donde se exhibieron más de trescientas de sus obras. Ramón siempre fue un creador incansable. Su capacidad de producir arte parecía inagotable.

 

En una de nuestras conversaciones me relató un recuerdo de su niñez. Después de la guerra, muchas casas de su ciudad habían quedado destruidas. Poco a poco los vecinos comenzaron a reconstruir los muros derribados. Uno de ellos levantó una pared nueva y la dejó completamente blanca. Ramón era apenas un niño. Tomó un trozo de carbón y, junto con algunos amigos, comenzó a dibujar sobre aquel enorme lienzo improvisado. Trazó una escena de batalla: soldados, movimientos, combates y detalles que brotaban de su imaginación infantil.

 

Cuando el vecino descubrió lo ocurrido, se enfureció. Fue de inmediato a buscar a la madre de Ramón. —¡Mire lo que ha hecho su hijo! —le reclamó señalando el muro. Su madre observó el dibujo y luego se volvió hacia él. —¿Tú hiciste esto, hijo? Ramón quedó en silencio. No sabía qué esperar. Entonces ella abrió los ojos con asombro, llevó las manos a su rostro y exclamó: —¡Qué increíble lo que hiciste! ¡Qué increíble lo que hiciste, hijo! Después añadió: —Pero este no es el lugar correcto. Tendremos que limpiarlo.

 

Muchos años después, Ramón todavía recordaba aquel momento. Su madre no aprobó la acción, pero sí reconoció el talento. Corrigió el comportamiento sin apagar el don. Afirmó al niño antes de corregir la conducta. Y quizás, solo quizás, aquel instante ayudó a formar al artista que décadas después seguiría pintando a sus más de noventa años, aun desde una silla de ruedas, dejando tras de sí miles de obras y una huella imborrable en la vida cultural de Guatemala.

 

Mientras recordaba la historia de Ramón, pensé en cuántas vidas son moldeadas por una palabra de afirmación. Su madre vio algo que nadie más estaba viendo. Mientras el vecino veía una pared arruinada, ella vio un don. Mientras otros veían un problema, ella vio potencial. La afirmación tiene ese poder. No niega los errores ni ignora las correcciones necesarias. Simplemente reconoce la obra de Dios en una persona antes de que esa obra haya alcanzado su madurez.

 

Quizá por eso la Biblia está llena de historias donde Dios afirma a las personas antes de que ellas mismas crean en lo que pueden llegar a ser. Gedeón es un ejemplo extraordinario. Cuando el ángel del Señor lo encontró, no estaba liderando un ejército ni liberando a Israel. Estaba escondido, trillando trigo en un lagar para protegerse de los madianitas. Sin embargo, la primera palabra que recibió no fue una corrección ni un regaño. Fue una afirmación.

 

Entonces el ángel del Señor se le apareció y le dijo: —¡Guerrero valiente, el Señor está contigo! Jueces 6:12 NTV

 

Lo interesante es que Gedeón no se sentía valiente. Sus respuestas posteriores revelan miedo, inseguridad y una profunda sensación de insuficiencia. Pero Dios no le habló según su condición presente. Le habló según el propósito que había depositado en él. Dios vio al guerrero antes de que Gedeón pudiera verlo. Lo mismo ocurrió con Simón. Antes de convertirse en Pedro, una roca y parte del los 12 que revolucionarían el mundo con la iglesia, era un pescador impulsivo, inestable y lleno de contradicciones. Sin embargo, Jesús lo llamó por aquello en lo que habría de convertirse.

 

Jesús respondió: —Bendito eres, Simón hijo de Juan, porque mi Padre que está en el cielo te lo ha revelado. No lo aprendiste de ningún ser humano. Ahora te digo que tú eres Pedro (que significa “roca”), y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y el poder de la muerte no la conquistará. Mateo 16:17-18 NTV

 

Y quizá el ejemplo más hermoso lo encontramos en el bautismo de Jesús. Antes de predicar un sermón, antes de sanar un enfermo, antes de realizar un milagro, el Padre habló desde el cielo. La afirmación vino antes de la obra. Antes del ministerio hubo identidad. Antes del desempeño hubo amor. Antes de los resultados hubo aprobación.

 

y el Espíritu Santo, en forma visible, descendió sobre él como una paloma. Y una voz dijo desde el cielo: «Tú eres mi Hijo muy amado y me das gran gozo». Lucas 3:22 NTV

 

Vivimos en un mundo que suele afirmar después de que demostramos algo: cuando ganamos, cuando producimos, cuando alcanzamos metas o cuando cumplimos expectativas. Dios actúa de manera diferente. Él afirma desde la identidad para capacitarnos para la misión. Nos recuerda quiénes somos para que podamos caminar hacia aquello para lo cual fuimos creados.

 

Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco, y ellas me siguen. Les doy vida eterna, y nunca perecerán. Nadie puede quitármelas, Juan 10:27-28 NTV

 

Tal vez hoy necesitas escuchar nuevamente la voz de Dios por encima de todas las demás voces. La voz del Padre que ve más allá de tus errores, más allá de tus temores y más allá de tus limitaciones. La voz que sigue llamando guerrero al que se siente escondido, sigue llamando roca al que se siente inestable, sigue llamando hijo amado al que ha olvidado quién es.

 

Mientras ellos se acercaban, Jesús dijo: —Aquí viene un verdadero hijo de Israel, un hombre totalmente íntegro. —¿Cómo es que me conoces? —le preguntó Natanael. —Pude verte debajo de la higuera antes de que Felipe te encontrara —contestó Jesús. Juan 1:47-48 NTV

 

Al final, la pregunta no es solamente qué palabras hemos recibido. La pregunta es qué palabras estamos pronunciando. Cada día interpretamos a las personas que nos rodean. Cada día hablamos sobre nuestros hijos, nuestro cónyuge, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo y aun sobre nosotros mismos. Y en cierto sentido, nuestras palabras revelan a quién estamos escuchando.

 

No empleen un lenguaje grosero ni ofensivo. Que todo lo que digan sea bueno y útil, a fin de que sus palabras resulten de estímulo para quienes las oigan. Efesios 4:29 NTV

 

Satanás es llamado en la Escritura "el acusador de los hermanos". Su lenguaje favorito es la condenación, la vergüenza, el desprecio y la desesperanza. Él toma una caída y la convierte en una identidad. Toma un fracaso y lo convierte en un nombre. Dios, en cambio, corrige, pero también redime. Confronta, pero también restaura. Ve el pecado, pero también ve el potencial de su gracia obrando en una persona.

 

Luego oí una fuerte voz que resonaba por todo el cielo: «Por fin han llegado la salvación y el poder, el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo. Pues el acusador de nuestros hermanos —el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche— ha sido lanzado a la tierra. Apocalipsis 12:10 NTV

 

Satanás suele llamar a las personas por su peor momento. Dios las llama por su destino. Por eso vale la pena preguntarnos qué hacemos cuando hablamos de nuestros hijos, ¿estamos anunciando vida o muerte? Cuando hablamos de nuestro cónyuge, ¿estamos revelando el corazón de Dios o repitiendo las acusaciones del enemigo? Y que, sobre nuestros hermanos en la fe, ¿estamos ayudándoles a ver el oro que Dios puso en ellos o solamente señalando el barro que todavía no ha sido transformado?

 

Las palabras sabias satisfacen igual que una buena comida; las palabras acertadas traen satisfacción. La lengua puede traer vida o muerte; los que hablan mucho cosecharán las consecuencias. Proverbios 18:20-21 NTV

 

No se trata de negar la realidad ni de ignorar el pecado. Dios nunca hace eso. Se trata de aprender a ver a las personas desde la perspectiva del Redentor. Tal vez nunca seremos artistas reconocidos como Ramón Ávila. Tal vez nuestras palabras jamás aparecerán en un libro o serán escuchadas por multitudes. Pero todos tenemos la oportunidad de hacer lo que aquella madre hizo hace tantos años frente a un muro blanco.

 

Podemos ayudar a alguien a verse con los ojos de Dios. Podemos llamar a la valentía donde hoy hay temor. Podemos llamar a la roca donde hoy hay inestabilidad. Podemos llamar a la belleza donde hoy hay inseguridad. Podemos llamar a la esperanza donde hoy hay desánimo. Porque cuando nuestras palabras nacen del corazón del Padre, nos convertimos en portadores de vida. Y la vida siempre tiene el poder de transformar destinos.

 

Pues somos la obra maestra de Dios. Él nos creó de nuevo en Cristo Jesús, a fin de que hagamos las cosas buenas que preparó para nosotros tiempo atrás. Efesios 2:10 NTV

 

ORACIÓN

Padre, gracias porque me has amado, afirmado y llamado según tu propósito, aun cuando yo no podía verlo. Gracias porque tus palabras traen vida, esperanza e identidad a mi corazón. Ayúdame a escuchar tu voz por encima de cualquier otra voz. Que mis palabras reflejen tu corazón y no las acusaciones del enemigo. Hazme un instrumento para afirmar, animar y sacar a la luz el oro que has puesto en cada persona. En el nombre de Jesús, amén.

 

Lily & Ray

https://www.youtube.com/watch?v=Su2LSzHgb9s&list=RDSu2LSzHgb9s&start_radio=1

VENENO, EL TRAGO AMARGO

Mientras guardé silencio, mis huesos se fueron consumiendo por mi gemir de todo el día. Mi fuerza se fue debilitando como al calor del verano, porque día y noche tu mano pesaba sobre mí. Pero te confesé mi pecado, y no te oculté mi maldad. Me dije: «Voy a confesar mis transgresiones al Señor», y tú perdonaste mi maldad y mi pecado.» Salmo 32:3-5 NVI

 

Mientras cierro la puerta del estudio, mis labios esbozan una sonrisa, hace días que no veo a mi hijo Emanuel y logramos cuadrar para esa mañana de viernes. Ufano de ser colaborador del medio ambiente, me dirijo al lugar convenido en mi transporte ecológico. Me cercioro de traer lo necesario para asegurarla en el estacionamiento del centro comercial, donde la dejaré durante la cita.

 

Ya en el lugar termino poner candado a la bicicleta y comienzo a caminar hacia la entrada, cuando el sonido del gorgorito me hace levantar la mirada y la agente de seguridad me indica que no puedo dejar el vehículo en ese lugar, que dicho sea de paso está señalizado y con todas las indicaciones y reglas para dejarlo ahí. Hago una mueca y mascullando palabras refuto diciendo que debería haber un rótulo que indicara la prohibición. Mi actitud ya fue adulterada y a regañadientes procedo a quitarla y llevarla hasta el nuevo lugar indicado.

 

La tensión se siente en el ambiente, mejor dicho, la siento en mi interior y respondo de mala gana – A comprar- cuando me pregunta a dónde me dirijo. Trago saliva, me sabe amarga, y marco el número de mi hijo para ubicarlo en el recinto. Su abrazo me relaja y reconforta, procedimos a evaluar las opciones y después de visitar un par de tiendas, nos decidimos a hacer la compra de su traje para la boda, en la que mejor atención y opciones nos dio.

 

Terminamos comprando el traje. Después nos sentamos a comer algo juntos. Conversamos tranquilos, sin prisa. De esos momentos sencillos que uno quisiera congelar por un instante. Mientras lo escuchaba hablar, pensé en lo rápido que pasa la vida y en lo mucho que agradezco todavía poder compartir espacios así con mis hijos. No hubo grandes discursos. Solo presencia. Y a veces eso también es amor. Pero el sabor dulce del día cambió al salir del centro comercial.

 

Antes de llegar al parqueo, una persona me esperaba para hablar sobre la bicicleta. Me pidió explicaciones y mostré las facturas para demostrar que sí había estado comprando. El problema no fue realmente la conversación… fui yo. Mi tono. Mi actitud. Mi manera defensiva de responder. Por fuera quizá parecía controlado, pero por dentro ya estaba contaminado. Y es increíble cómo unos minutos pueden revelar lo que todavía hay escondido en el corazón.

 

Las personas sabias piensan antes de actuar; los necios no lo hacen y hasta se jactan de su necedad. Proverbios 13:16 NTV

 

Me fui antes de que llegara el administrador, porque intuía hacia dónde iba todo. Pero durante el camino de regreso ya no pude disfrutar nada. La escena se repetía una y otra vez en mi mente. Mi conciencia pesaba. Y para empeorar las cosas, al día siguiente debía interpretar a Jesús en una obra. La contradicción me golpeó fuerte.

 

¿Cómo hablar de Cristo mientras mi corazón sigue reaccionando con orgullo, irritación y autosuficiencia? ¿Cómo representar externamente a Jesús mientras internamente sigo luchando con un carácter que muchas veces quiere defenderse, justificarse y tener la razón?

 

Quien encubre su pecado jamás prospera; quien lo confiesa y lo deja, alcanza la misericordia. Proverbios 28:13 NVI

 

Y ahí entendí algo más. El problema del veneno no es solamente cuando explota hacia afuera. El problema es que lentamente nos amarga por dentro. Durante años pensé que madurez espiritual era dejar de equivocarme. Pero cada vez entiendo más que también es aprender a correr hacia la luz cuando me equivoco. No justificarme. No minimizarlo. No esconderlo detrás del cansancio, el estrés. Correr a la gracia.

 

Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir la misericordia y encontrar la gracia que nos ayuden oportunamente. Hebreos 4:16 NVI

 

Así que al llegar a casa hice algo que antes me costaba mucho: lo confesé. Primero a Dios. Después a mi esposa. Y aunque nadie salió herido, aunque “no pasó a más”, yo sabía que algo dentro de mí necesitaba ser expuesto para sanar. Porque el Espíritu Santo no solo confronta nuestros grandes pecados visibles. También señala esas pequeñas reacciones, esos gestos, esos tonos, esas defensas que revelan que todavía necesitamos gracia.

 

Y si soy honesto, aún hay algo que me cuesta profundamente: perdonarme a mí mismo. A veces acepto más rápido el perdón de Dios para otros que para mí. Pero el evangelio también confronta eso. Porque seguir castigándome no es humildad; muchas veces es orgullo disfrazado. Es creer que mi acusación tiene más autoridad que la cruz.

 

Hay algo que he ido entendiendo con el tiempo: las relaciones no se dañan solamente por lo que hacemos, sino también por lo que dejamos de hacer. A veces herimos con palabras; otras veces con silencios. A veces fallamos por reacción, otras por indiferencia. Y aunque nos gusta pensar que siempre somos las víctimas, la verdad es que también hemos sido causa de dolor para otros.

 

Por eso la restauración verdadera es tan difícil. Porque no se trata solamente de que me perdonen. También implica reconocer dónde fallé yo, dónde dañé, dónde manipulé, dónde reaccioné desde mis heridas y no desde el amor de Cristo. Y creo que ahí es donde muchos queremos detenernos, porque perdonar ya cuesta, pero pedir perdón cuesta aún más.

 

Todos queremos gracia cuando fallamos. Pero cuando somos nosotros quienes hemos sido heridos, aparece el orgullo, la justicia propia y esa necesidad silenciosa de cobrar emocionalmente lo que perdimos. Sin embargo, Jesús no habló solamente de recibir misericordia, sino de convertirnos en personas misericordiosas.

 

Dichosos los compasivos, porque serán tratados con compasión. Mateo 5:7 NVI

 

Y eso cambia completamente la conversación. Porque entonces el perdón deja de ser solamente un acto emocional y se convierte en una decisión espiritual. No significa justificar el abuso, negar el dolor o fingir que nada pasó. Tampoco significa volver automáticamente a relaciones destructivas. Pero sí significa renunciar al derecho de seguir alimentando el resentimiento como identidad.

 

siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor. Efesios 4:2 NVI

 

Y quizá una de las partes más difíciles del proceso no es perdonar a otros, sino recibir el perdón de Dios para nosotros mismos. Yo, como otras personas, pasé años castigándome internamente. Una insistencia en defenderse por lo que se hizo, por lo que se perdió o por la forma en que se falló. Viviendo como acusados aun después de haber sido perdonados. Pero el evangelio no solo nos llama a pedir perdón y otorgarlo; también nos invita a vivir como personas realmente perdonadas. Porque la restauración no es teoría. El amor madura cuando se hace responsable.

 

Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Mateo 5:9 NVI

 

Hoy entiendo algo mejor: seguir a Jesús no es solamente aprender a amar a Dios. También es permitir que Su amor sane la manera en que nos relacionamos con los demás. Y muchas veces esa sanidad comienza con conversaciones incómodas, confesiones honestas y corazones dispuestos a dejar de huir.

 

Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad. 1 Juan 1:8-9 NVI

 

 

En el salmo 32:5 David no dice: “Y tuve que pagar emocionalmente durante meses para entonces merecer paz.” Dice: “Tú perdonaste.” Tal vez crecer también es esto: aprender a arrepentirnos rápido, a pedir perdón sinceramente y a dejar de beber el veneno de la autoacusación constante. Porque la culpa que nos lleva a Cristo produce vida. Pero la culpa que nos mantiene lejos de Su gracia solo sigue enfermando el alma.

 

Mis queridos hijos, les escribo estas cosas para que no pequen. Pero, si alguno peca, tenemos ante el Padre a un intercesor, a Jesucristo, el Justo. Él es el sacrificio por el perdón de nuestros pecados y no solo por los nuestros, sino por los de todo el mundo.  1 Juan 2:1-2 NVI

 

ORACIÓN:

Señor, gracias porque Tu gracia sigue alcanzando incluso esas áreas de mi corazón que aún necesitan ser rendidas. Perdóname cuando reacciono desde el orgullo, el temor o la autosuficiencia, y enséñame a vivir en humildad y verdad. Ayúdame a correr hacia Tu luz y no esconderme detrás de excusas o autoacusación. Sana mis relaciones y forma en mí un corazón manso, dispuesto a pedir perdón y a extender misericordia. Que cada caída me acerque más a Ti y no más lejos de Tu amor. Amén.

 

Lily & Ray

 

https://www.youtube.com/watch?v=dAkXG4muMQM&list=RDdAkXG4muMQM&start_radio=1

PREPARADOS

Más bien, honren en su corazón a Cristo como Señor. Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes. Pero háganlo con gentileza y respeto, 1 Pedro 3:15 NVI

 

Desde la semana pasada he tenido una inquietud extraña. No sé si fue por tantas noticias alarmantes que comenzaron a circular —esas publicaciones que anuncian “el diluvio del año”, tormentas históricas, inundaciones nunca antes vistas— o simplemente porque, viviendo en Guatemala, uno aprende que cuando las lluvias llegan de verdad, no preguntan si estamos listos.

 

Así que empecé a hacer algunas diligencias pendientes en casa. Primero revisé las tuberías que conducen las aguas pluviales y los drenajes que las reciben. Confieso que llevaba tiempo posponiendo esa tarea. Uno siempre piensa: “todavía aguanta”, “la próxima semana lo hago”, hasta que una pequeña lluvia basta para revelar cuánto descuido se ha acumulado silenciosamente.

 

Después vino la parte más complicada: subir al techo de la casa. Mi amigo Estuardo me prestó una escalera bastante larga, de esas que ya solo verlas dan una mezcla de confianza y temor. Mientras subía, iba pensando que probablemente encontraría algunas hojas secas y quizá una que otra rama acumulada. Pero cuando finalmente asomé la cabeza sobre la cubierta, me sorprendí de verdad.

 

Había capas y capas de hojas de pino, tierra, ramas pequeñas y residuos que el viento había ido depositando lentamente durante meses. Sin exagerar, aquello no parecía simplemente suciedad acumulada; parecía el inicio de un ecosistema completo. Pensé que fácilmente podrían haberse escondido allí no solo nidos de pájaros, sino pequeñas madrigueras de zorros.

 

Practiquen el dominio propio y manténganse alerta. Su enemigo el diablo ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resístanlo, manteniéndose firmes en la fe, sabiendo que los creyentes en todo el mundo soportan la misma clase de sufrimientos. 1 Pedro 5:8-9 NVI

 

Lo curioso es que desde abajo nada de eso se veía. Desde el patio, el techo parecía perfectamente normal. Ordenado. Funcional. Seguro. Pero arriba, en las partes que casi nunca revisamos, el deterioro avanzaba silenciosamente. Mientras limpiaba, me di cuenta de algo: el problema nunca empieza con la tormenta. La tormenta solo revela lo que se descuidó durante el tiempo de calma. Porque las lluvias no crean el caos; simplemente exponen lo que estaba obstruido.

 

Luego, cuando llegue, daré cartas de presentación a los que ustedes hayan aprobado y los enviaré a Jerusalén con los donativos que hayan recogido. 1 Corintios 16:3 NVI

 

Hay áreas de nuestra vida que desde lejos parecen estar bien. Pero al asomarnos a lo profundo del corazón descubrimos que, aunque seguimos funcionando, trabajando, sirviendo, sonriendo, asistiendo a la iglesia, cumpliendo responsabilidades, en los lugares altos y escondidos del alma comienzan a acumularse pequeñas cosas: resentimientos no tratados, cansancio ignorado, orgullo disfrazado de fortaleza, heridas que nunca llevamos delante de Dios, pecados “pequeños” que dejamos quedarse demasiado tiempo.

 

Así mismo deben ustedes estar preparados, porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen. Lucas 12:40 NVI

 

Nada parece grave, hasta que llega la tormenta y cuando llegan temporadas de presión, pérdida, conflicto o dolor, entonces descubrimos que el agua no pudo fluir correctamente porque había demasiadas cosas acumuladas dentro de nosotros. Quizá por eso Dios muchas veces nos inquieta antes de ciertas temporadas. Nos mueve a revisar, limpiar, ordenar y atender áreas que hemos ignorado. No para vivir aterrados por la tormenta, sino para prepararnos sabiamente para ella.

 

Así que recuerda lo que has recibido y oído; obedécelo y arrepiéntete. Si no te mantienes despierto, cuando menos lo esperes caeré sobre ti como un ladrón. Apocalipsis 3:3 NVI

 

Una imagen en Hechos 1 me llama la atención y hay algo profundamente humano en esa escena. Jesús acaba de ascender y ellos simplemente se quedan viendo el cielo. Inmóviles. Asombrados. Tal vez confundidos. Quizá con una mezcla de esperanza y nostalgia. Y sinceramente, ¿quién no habría hecho lo mismo? Pero los ángeles prácticamente les hacen una pregunta que también resuena para nosotros hoy: “¿Y ahora qué?”

 

Pero les digo la verdad: les conviene que me vaya porque, si no lo hago, el Consolador no vendrá a ustedes; en cambio, si me voy, se lo enviaré.  Juan 16:7 NVI

 

Porque Jesús prometió que volvería, sí. Pero mientras esperamos su regreso, no nos dejó solos mirando hacia arriba con resignación o escapismo espiritual. Nos dejó su Espíritu Santo. Y eso lo cambia todo. Él no es un sustituto frío de la presencia de Jesús; es la presencia misma de Dios habitando en nosotros. Consolándonos, guiándonos, corrigiéndonos, fortaleciéndonos y recordándonos que aún hay obra por hacer.

 

La esperanza cristiana nunca fue diseñada para convertirse en una excusa para desconectarnos del mundo diciendo: “Ojalá ya todo se termine”. Al contrario, la esperanza del regreso de Cristo debería impulsarnos a amar más, servir más, perdonar más y anunciar más urgentemente las buenas noticias. Esperamos su regreso, sí, pero no escondidos del mundo; caminamos hacia él llevando luz.

 

El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan. 2 Pedro 3:9 NVI

 

 

Porque cuando entendemos el corazón de Dios, descubrimos que su deseo nunca ha sido la destrucción del ser humano, sino su rescate. Él “no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan” (2 Pedro 3:9). Y si ese es el deseo del Padre, debería convertirse también en el nuestro. Tal vez por eso no basta con limpiar los drenajes de la casa; también necesitamos revisar si nuestro corazón todavía se conmueve por las personas que viven sin esperanza. Porque es posible prepararnos tanto para “la tormenta” que terminemos olvidando a quienes siguen afuera bajo la lluvia.

 

Jesús volverá. Esa promesa sigue en pie. Pero mientras el cielo se abre nuevamente, la iglesia no fue llamada solamente a mirar hacia arriba, sino a salir hacia adelante. Porque la preparación rara vez es urgente cuando el cielo está despejado. Pero los que esperan hasta escuchar los primeros truenos, normalmente ya van tarde.

 

Ellos se quedaron mirando fijamente al cielo mientras él se alejaba. De repente, se les acercaron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: ―Galileos, ¿qué hacen aquí mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido llevado de entre ustedes al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que lo han visto irse. Hechos 1:10-11 NVI

ORACIÓN:

Señor Jesús, gracias porque no nos dejaste solos; gracias por tu Espíritu Santo, que nos guía, consuela y fortalece cada día. Ayúdanos a vivir preparados, con un corazón limpio y atento a tu voz. Mientras esperamos tu regreso, que no nos quedemos solamente mirando al cielo, sino llevando esperanza, amor y verdad a quienes aún no te conocen. Danos un corazón como el tuyo, que anhele que nadie se pierda. Ven, Señor Jesús, y ayúdanos a permanecer fieles hasta el final. Amén.

 

Lily & Ray

https://www.youtube.com/watch?v=_NtM19FqFNU&list=RD_NtM19FqFNU&start_radio=1

TODO SE DERRUMBÓ

¡Tú guardarás en perfecta paz a todos los que confían en ti, a todos los que concentran en ti sus pensamientos! Confíen siempre en el Señor, porque el Señor Dios es la Roca eterna. Isaías 26:3-4 NTV

 

Con la cabeza hundida entre sus mulos y su cuerpo acuclillado sobre un ladrillo se preguntó —¿Era realmente Su voz?   La humedad de la prisión no solo se sentía en las paredes, se le había metido en los huesos. Tal parecía que el moho brotaría de sus oídos que parecían traicionarlo. Ya no contaba los días —había dejado de hacerlo— pero su cuerpo sí llevaba registro: en el peso de los hombros, en el pulso lento de la esperanza que a ratos parecía apagarse.

 

Había obedecido, eso era lo único claro, pero ahora, en el silencio interrumpido por pasos lejanos y ecos de una ciudad sitiada, la pregunta comenzaba a tomar forma —¿Y si no era Dios? — se dijo en voz audible pero tenue. No lo decía en voz alta, no por fe sino por miedo a escuchar su propia duda rebotar contra esas paredes y hacerse más real. Porque si no era Dios, entonces todo había sido en vano.

 

La advertencia al pueblo, seguida del rechazo de este. Luego la traición que lo llevaría a la celda que lo retenía.  Cerró los ojos e intentó reconstruir el momento cuando aquella voz disrumpió la normalidad de su cotidiana existencia. No fue un susurro emocional ni una idea brillante, aquella intrusión clara, autoritativa, innegable, ahora parecía lejana.

 

El cuerpo le sudaba frío, una gota descendió por su sien que parecía explotar de la presión sanguínea, bajó lenta, casi pesada, como si cargara el mismo peso de sus pensamientos. Le siguió un escalofrío que le recorrió la espalda. Afuera, la ciudad se desmoronaba, ahí adentro él trataba de no hacerlo. “Voy a estar contigo”, le había dicho Dios.  —¿Contigo… dónde? — Se preguntaba. ¿En la obediencia? Sí, ¿En la prisión? también.

 

Pero esa promesa, que antes lo sostenía, ahora parecía exigirle más de lo que sentía tener. Y entonces vino lo absurdo. El terreno. Comprar tierra, cuando todo está por perderse. Casi podía escuchar otras voces ahora —no audibles, pero insistentes. “Esto no tiene sentido.” “Te equivocaste.” “Dios no te pediría algo así.” Su humanidad, desgastada, no discutía, solo resistía como podía. Y en medio de ese deterioro la memoria comenzó a abrirse paso. No como argumento. Como verdad.

 

Yo soy el Señor, Dios de toda la humanidad. ¿Hay algo imposible para mí? Jeremías 32:27 NVI

 

La frase no llegó como consuelo suave. Apareció como confrontación que atraviesa la niebla. “¿Hay algo imposible para mí?”. Jeremías no respondió. No porque no quisiera sino porque entendió que la pregunta no requería respuesta, buscaba rendición. No le aclaraba el futuro, ni lo sacaba de la prisión. Tampoco detenía el juicio sobre Jerusalén, pero redefinía todo.

 

Si Dios era quien decía ser entonces, incluso este momento oscuro, ilógico, incómodo, no estaba fuera de Su alcance y tal vez, solo tal vez, la tierra que acababa de comprar no era una mala inversión, era un sermón expositivo, una profecía que él no vería cumplirse. Setenta años, una generación entera. Ni sus ojos ni sus manos tocarían esa restauración. Pero su obediencia sí.

 

Apoyó la cabeza contra la pared, pues la prisión seguía ahí, el frío también. Pero algo dentro de él dejó de pelear por entender y comenzó, apenas, a descansar en quien había hablado. El Dios de toda carne para quien no hay nada imposible y su plan aún seguía en marcha.

 

Dios bendice a los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Mateo 5:6 NTV



Yo no estoy en una prisión de piedra, pero sí he escuchado voces, algunas no gritaban y aun así eran más peligrosas que eso, susurraban: “Así eres tú.” “No es tan grave.” “Esto también es alegría.” Lo creí y construí sobre eso, palabras con doble sentido, risas fáciles, una versión de mí que parecía ligera, agradable, incluso feliz. Hasta que la comparé con Jesús y ahí dejó de ser tan gracioso. Despertó un hambre por lo correcto, por conocer la verdad, un hambre por su justicia.

 

y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres. Juan 8:32 NTV

 

Su verdad no corta para destruir por destruir, corta para correr el velo y lo que reveló en mí no fue cómodo. Pensaba que amaba, pero muchas veces era codependencia disfrazada. Pensaba que daba y en el fondo también necesitaba recibir para sentirme bien. Creía que era libre en ciertas áreas donde simplemente me había acostumbrado, había normalizado.

 

El corazón humano es lo más engañoso que hay, y extremadamente perverso. ¿Quién realmente sabe qué tan malo es? Jeremías 17:9 NTV

 

Y entonces viene la parte que no nos gusta, Dios no solo consuela también derriba. Y yo había construido bastante.  Ideas sobre paternidad a mi manera, conceptos de sexualidad mezclados, formas de relacionarme que parecían amor, pero no eran el amor sacrificial de Cristo. Se parecían, pero no eran. Y al inicio duele, porque compararte con Jesús no te levanta el ánimo, te expone. Pero si te quedas solo ahí, te pierdes la mitad del evangelio.

 

Mira, hoy te doy autoridad sobre naciones y reinos, para arrancar y derribar, para destruir y demoler, para construir y plantar». Jeremías 1:10 NVI

 

Porque Él no solo revela también restaura. Ese amor no usa, no demanda, no negocia, se entrega. Y cuando empiezo a entender eso me doy cuenta de que yo no sabía amar así, pero Él sí, y no se queda lejos señalando, se acerca, como cuando tocó al leproso en Mateo 8:3  “Jesús extendió la mano y lo tocó…”  Sin contaminarse Él, limpiando lo que tocaba. Eso cambia todo, entonces mi historia ya no es solo de culpa y vergüenza, es de transformación. No se trata de negar lo que fui sino de permitir que Él lo redima. Implica dejar caer estructuras viejas, reconocer mentiras que parecían verdad y rendirse una y otra vez.

 

Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo! 2 Corintios 5:17 NVI

 

Así como Jeremías compró un terreno en medio del caos, yo estoy aprendiendo a construir sobre algo que aún no veo completo. Pero ahora ya no sobre mis ideas sino sobre la Verdad. No una verdad, La Verdad, que no es un concepto sino una persona. Jesús.

 

―Yo soy el camino, la verdad y la vida —le contestó Jesús—. Nadie llega al Padre sino por mí. Juan 14:6 NVI

 

ORACIÓN:

Padre, no quiero seguir sosteniendo lo que Tú ya estás derribando porque me cansa, me pesa y en el fondo sé que no es verdad. Algunas veces duele, porque me saca de la comodidad que no era libertad. No alcanzo a comprender todo lo que estás haciendo en mí, pero admito que no necesito entenderlo todo. Necesito confiar y recordar que no hay nada imposible para Ti. Amén.

 

Lily & Ray

 

https://www.youtube.com/watch?v=518Jzuozb7w&list=RD518Jzuozb7w&start_radio=1

 

FIRME EN LAS ALTURAS

Cristo también es la cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo. Él es el principio, supremo sobre todos los que se levantan de los muertos. Así que él es el primero en todo. Colosenses 1:18 NTV

 

Por muchos años trabajé en una galería de arte, como asistente de dirección. Había acumulado experiencia, relaciones, conocimiento y cierto grado de sabiduría en el tema. Supervisaba y revisaba muchas de las cosas que se hacían allí; mi opinión era tomada en cuenta y tenía injerencia en múltiples asuntos de la institución. Me había hecho un nombre.

 

Cada catálogo que se escribía, la columna semanal en un conocido diario, la selección de obras para exhibiciones, el registro y valuación de colecciones, la elaboración de guiones científicos, las visitas guiadas, la asesoría para ampliación de colecciones, y el acompañamiento a nuevos coleccionistas… en todo, de alguna manera, yo estaba involucrado.

 

Había voces. “Tienes colmillo” “Qué gran juicio tienes” “Deberías estar a cargo” “Tú deberías escribir los textos” Palabras que, poco a poco, comenzaron a sembrar algo en mí. No era evidente al inicio, pero crecía. Me hacían pensar que no era valorado, que merecía un mejor trato, un mejor salario, un mejor lugar.

 

¡Ahora es tu oportunidad! —los hombres le susurraron a David—. Hoy el Señor te dice: “Te aseguro que pondré a tu enemigo en tu poder, para que hagas con él lo que desees”». Entonces David se le acercó sigilosamente y cortó un pedazo del borde del manto de Saúl. 5Pero comenzó a remorderle la conciencia por haber cortado el manto de Saúl, y les dijo a sus hombres: «Que el Señor me libre de hacerle tal cosa a mi señor el rey. No debo atacar al ungido del Señor, porque el Señor mismo lo ha elegido». 1 Samuel 24:4-6 NTV

 

Sumado a eso, mi hermano trabajaba conmigo. Él es brillante. Y en algún momento, la idea apareció: podríamos hacer lo nuestro. Podríamos tomar lo que sabíamos, lo que habíamos construido y dar un paso. No sonaba mal. No parecía injusto. Incluso parecía lógico. Pero no todo lo lógico es correcto.

 

¡Esta vez, sin duda alguna, Dios te ha entregado a tu enemigo! —le susurró Abisai a David—. Déjame que lo clave en la tierra con un solo golpe de mi lanza; ¡no hará falta darle dos! —¡No! —dijo David—. No lo mates. Pues ¿quién quedará inocente después de atacar al ungido del Señor? 1 Samuel 26:8-9 NTV

 

En 1 Samuel 24 y 26 se narran dos momentos que siempre me confrontan. David tiene frente a sí la oportunidad de terminar con Saúl. No una, sino dos veces. Y no solo es una posibilidad estratégica, es una oportunidad que otros interpretan como divina. “¡Esta es tu oportunidad!” —le dicen—. El argumento es fuerte: Dios ya lo había ungido. Saúl ya había sido desechado.

 

El camino parecía claro. Pero David hace algo desconcertante. Se detiene. Y más aún, se quebranta por haber cortado un pedazo del manto de Saúl. ¿Por qué? Porque entendía algo que yo estaba comenzando a olvidar: no todo lo que puedo hacer, debo hacerlo. David no tocó lo que Dios aún no le había entregado. No tomó lo que podía tomar. No aceleró lo que Dios estaba formando. Decidió permanecer como número 2, aun cuando ya había sido escogido para ser número 1.

 

Entonces Samuel le dijo a Saúl: —¡Basta! ¡Escucha lo que el Señor me dijo anoche! —¿Qué te dijo? —preguntó Saúl. Y Samuel le dijo: —Aunque te tengas en poca estima, ¿acaso no eres el líder de las tribus de Israel? El Señor te ungió como rey de Israel, ¿Por qué no obedeciste al Señor? ¿Por qué te apuraste a tomar del botín y a hacer lo que es malo a los ojos del Señor? 1 Samuel 15:16-17,19 NTV

 

Saúl, por otro lado, no supo vivir así. También en 1 Samuel vemos cómo un hombre puede perderlo todo cuando deja de verse correctamente delante de Dios. Ese fue el punto de quiebre. Saúl fue rey, pero olvidó que no era el soberano. Y cuando dejó de reconocerse como número 2, comenzó a defender su posición como si fuera suya. Entonces apareció David, y lo que debió ser propósito, se volvió amenaza. Los cantos del pueblo no cambiaron a David, revelaron a Saúl. Porque cuando el corazón no está firme en Dios, el reconocimiento de otros se vuelve un espejo incómodo. Saúl no perdió el reino por David. Lo perdió por no saber permanecer debajo de Dios.

 

«No tengas miedo —le aseguró Jonatán—, ¡mi padre nunca te encontrará! Tú vas a ser el rey de Israel, y yo voy a estar a tu lado, como mi padre bien lo sabe». 18Luego los dos renovaron su pacto solemne delante del Señor. Después Jonatán regresó a su casa, mientras que David se quedó en Hores. 1 Samuel 23:17-18 NTV

 

Pero no todos reaccionan así. Jonatán, su hijo, tenía todo el derecho al trono y sin embargo reacciona de una manera que me conmueve y confronta en gran manera al leer una de las declaraciones más libres que puede hacer un hombre: “Tú reinarás… y yo seré segundo después de ti.” No hay lucha. No hay negociación. No hay resentimiento. Hay claridad.

 

Jonatán entendió que el propósito de Dios es más importante que su posición personal. Y eso solo es posible cuando tu identidad no está en el lugar que ocupa, sino en el Dios a quien perteneces.

 

Él debe tener cada vez más importancia y yo, menos. »Él vino de lo alto y es superior a cualquier otro. Nosotros somos de la tierra y hablamos de cosas terrenales, pero él vino del cielo y es superior a todos. Juan 3:30-31 NTV

 

Siglos después, otro hombre viviría esta misma verdad. Juan el Bautista dice: “Es necesario que él crezca, pero que yo disminuya.” Juan tenía multitudes. Tenía influencia. Tenía autoridad. Pero cuando Jesús apareció, no sintió que perdía, entendió que todo cobraba sentido.

 

El verdadero número 2 no compite con el número 1, lo celebra. Incluso vio a sus propios discípulos seguir a Jesús y no los detuvo. Eso no es debilidad. Eso es identidad. No estamos en este mundo para hacer seguidore nuestros sino discípulos para Jesús. Eso nos libra de la tentación de querer manipular y controlar a las personas y su crecimiento, el cual solo viene de Dios.

 

Después de todo, ¿quién es Apolos?, ¿quién es Pablo? Nosotros solo somos siervos de Dios mediante los cuales ustedes creyeron la Buena Noticia. Cada uno de nosotros hizo el trabajo que el Señor nos encargó. 1 Corintios 3:5 NTV

 

Pablo también lo entendió. Plantó iglesias, formó líderes, escribió el porcentaje más grande del nuevo testamento y aun así dijo: “¿Qué es Pablo… sino servidor?” “No nos predicamos a nosotros mismos…” Nunca ocupó el centro del mensaje. Porque cuando el hombre ocupa el lugar central, Cristo deja de ser visible.

 

Entonces Jesús explicó: «Les digo la verdad, el Hijo no puede hacer nada por su propia cuenta; solo hace lo que ve que el Padre hace. Todo lo que hace el Padre, también lo hace el Hijo, Juan 5:19 NTV

 

Y finalmente, Jesús. El modelo perfecto. “El Hijo no puede hacer nada por sí mismo…” Y en Getsemaní: “No se haga mi voluntad, sino la tuya.” Jesús nunca compitió con el Padre. Nunca buscó protagonismo independiente. Vivió en perfecta dependencia.

 

Él se adelantó un poco más y se inclinó rostro en tierra mientras oraba: «¡Padre mío! Si es posible, que pase de mí esta copa de sufrimiento. Sin embargo, quiero que se haga tu voluntad, no la mía». Mateo 26:39 NTV

 

Hoy entiendo algo que en aquel momento apenas intuía: Ser un buen número 2 no es resignarse a menos, es entender quién es el 1. Es liderar sin usurpar. Es crecer sin desplazar. Es influir sin adueñarse. Es permanecer firme en las alturas correctas. Porque el problema nunca ha sido subir, sino olvidar desde dónde subimos.

 

»Ciertamente, yo soy la vid; ustedes son las ramas. Los que permanecen en mí y yo en ellos producirán mucho fruto porque, separados de mí, no pueden hacer nada. Juan 15:5 NTV

 

ORACIÓN:

Señor, no importa el lugar que ocupe en la tierra, si Cristo no ocupa el primero en mi corazón estoy perdido. Recuérdame quién eres Tú y quién no soy yo. Guarda mi corazón de la ambición disfrazada de oportunidad. Líbrame de tomar lo que no me has entregado. Enséñame a esperar, a honrar, a permanecer. Si en algún momento olvido que Tú eres el primero en todo, detenme. Amén.

 

Lily & Ray

 

https://www.youtube.com/watch?v=llbh-N2xPFk&list=RDllbh-N2xPFk&start_radio=1