Por ese tiempo, Ezequías se enfermó gravemente, y el profeta Isaías, hijo de Amoz, fue a visitarlo. Le dio al rey el siguiente mensaje: «Esto dice el Señor: “Pon tus asuntos en orden porque vas a morir. No te recuperarás de esta enfermedad”». 2 Reyes 20:1 NTV
El trepidar
involuntario de mis piernas y la gélida sensación en las manos al llevarlas al
cuello dan testimonio de los 7 grados centígrados con los que amaneció hoy mi
ciudad. Pensar que hay lugares del país que llegaron a –2 grados. Y qué decir
del hemisferio norte, donde se registran números que no soy capaz de concebir,
y mucho menos de imaginar resistir. Aunque el cielo está abierto y se deja
husmear en las profundidades de un azul violeta, persiste una sensación de
tristeza y apatía: un ralentizar de los movimientos y también de los
pensamientos.
Sudadera con
capuchón y un pants sobre los shorts son mi escudera para hacerle frente a la
gélida madrugada. Ya tengo una victoria en el día: fue la de salir de mi tibio
lecho, dejando a mi amada acurrucada y entorchada entre las sábanas. Su aliento
marca un ritmo mucho más lento, y no me atrevo a despedirme con el ósculo
acostumbrado, por temor a despertarla. Me quedo impávido y la observo por un
tiempo, antes de salir a la intemperie.
Comienzo a
conducir y todo parece congelarse: mis pies dentro de los zapatos, y así
también el tránsito. Enciendo la radio y escucho a una de mis predicadoras
preferidas. Ya he escuchado el tema y, a decir verdad, más que instruirme, me
acompaña como banda sonora de un cortometraje que durará poco menos de una
hora. Cedo el paso a quienes se integran a la ruta con más frecuencia que de
costumbre. Creo que tengo fría la materia gris.
Cuando Ezequías oyó el mensaje, volvió su rostro hacia la
pared y oró al Señor: «Acuérdate, oh Señor, que siempre te he sido fiel y te he
servido con singular determinación, haciendo siempre lo que te agrada»; y el
rey se echó a llorar amargamente. 2 Reyes 20:2-3 NTV
Puedo imaginar a Ezequías al escuchar la noticia de su
pronta muerte: sería como una estalactita de hielo cayendo sobre su cabeza y
atravesando todo su ser. Las oportunidades se acabaron, los sueños terminaron y
los planes pendientes quedarán así, congelados. ¿Qué hacer en las últimas horas
de su vida? ¿Cómo explicar una noticia que ni siquiera él mismo logra asimilar?
Un frío de muerte debió haber recorrido su cuerpo.
Para Ezequías debió ser como estar muerto en vida; y para
mí, también lo era esta fría mañana, al menos en algunos sueños que compartimos
mi esposa y yo, mi dulce Ileana. Los pensamientos transitan como lentas
imágenes de una animación cuadro por cuadro. Hay preguntas que amenazan con
convertirse en dudas, y un silencio de cielo que no puedo explicar, como si el
amor se estuviera enfriando.
El silencio tiene esa peligrosa capacidad: empujarnos a
interpretar, a deducir. Cuando el cielo no responde, la mente comienza a llenar
los espacios en blanco, y no siempre lo hace con verdad, sino con reels
emocionales y sin fundamento, que tergiversan y mienten. El silencio se parece
demasiado a la ausencia, y el frío, a la muerte. Tal vez por eso Ezequías
volvió su rostro hacia la pared; no para huir, sino para orar sin
distracciones, para llorar sin testigos, para hablarle a un Dios que, aunque
callado, seguía presente.
Yo también volteo el rostro, no hacia una pared física, sino
hacia adentro. Allí donde el ruido se apaga y las preguntas se ordenan, aunque
no se respondan. Allí donde la ira contenida se agazapa y el amor no
desaparece, pero se enfría, y necesita ser buscado con la misma determinación
con la que una vez fue abrazado. Y así, con mi cabeza recostada en el brazo
izquierdo, contra la puerta del auto, allí lloré, recordando la historia que
tengo con Dios.
Sin embargo, antes de que Isaías saliera del patio
central, recibió este mensaje de parte del Señor: «Regresa y dile a Ezequías,
el líder de mi pueblo: “Esto dice el Señor, Dios de tu antepasado David: ‘He
oído tu oración y he visto tus lágrimas. Voy a sanarte y en tres días te
levantarás de la cama e irás al templo del Señor. 2 Reyes 20:4-5 NTV
Por mucho tiempo pasé separado de Dios, lo que equivale a
estar muerto, y ese frío que sentía en mi interior no era otra cosa que
distanciamiento de la fuente de calor. El frío no duele al principio; primero
adormece. Luego vuelve torpes los movimientos, lentos los pensamientos, y
finalmente hace creer que así es la vida cuando, en realidad, solo es ausencia
de fuego. Es increíble cómo, al solo volver mi rostro a Él, casi de inmediato
hay una respuesta.
La respuesta de Dios no negó el frío que había sentido
antes; no lo corrigió ni lo desmintió. Lo resignificó. El frío no fue señal de
abandono, sino el contexto donde aprendí a distinguir la ausencia del silencio,
la muerte del descanso, la distancia del llamado a volver. Dios no me sacó
inmediatamente del invierno; me habló en medio de él.
Te añadiré quince años más de vida y te rescataré del rey
de Asiria junto con esta ciudad. Defenderé esta ciudad por mi propia honra y
por amor a mi siervo David’”». 2 Reyes 20:6 NTV
Como con Ezequías, la respuesta llegó cuando las lágrimas
aún estaban frescas y el cuerpo seguía temblando. No porque el frío hubiera
terminado, sino porque el corazón, al fin, había vuelto su rostro. Y entonces
entendí que el calor de Dios no siempre se manifiesta como alivio inmediato,
sino como presencia fiel que permanece, incluso cuando la temperatura no
cambia.
Entonces Isaías dijo: «Preparen un ungüento de higos».
Así que los sirvientes de Ezequías untaron el ungüento sobre la llaga, ¡y
Ezequías se recuperó! 2 Reyes 20:7 NTV
Volver a la identidad que me ha otorgado es el inicio del
regreso a la vida. Recordar el camino que hemos recorrido juntos: su fidelidad
y mi respuesta en gratitud; su inmensa bondad y mi asombro reverente ante la
grandeza y santidad de Aquel que, aun así, quiere mi compañía. Él tiene
respuestas para las preguntas y tiene años de vida; mejor aún, vida eterna para
nosotros.
El propósito del ladrón es robar y matar y destruir; mi
propósito es darles una vida plena y abundante. Juan 10:10 NTV
ORACIÓN:
Señor, reconozco que he confundido tu silencio con ausencia,
hoy vuelvo mi rostro a Ti. Si el frío ha adormecido mi corazón, si mi mente
está rígida y helada, recuérdame que sigo cerca de la fuente de calor. No te
pido que el invierno termine de inmediato, entiendo que los procesos tienen
tiempos diferentes, solo que me hables en medio de él y me devuelvas la vida
que solo Tú sabes dar. Quítame este frío de muerte. Amén.
Lily & Ray
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