El Señor es mi fuerza y mi escudo; mi corazón en él confía; de él recibo ayuda. Mi corazón salta de alegría, y con cánticos le daré gracias. Salmo 28:7 NVI
Corro las cortinas y la luz entra radiante, casi me
enceguece, pues mis pupilas dilatadas estaban a causa de la oscuridad en la
habitación. No puedo distinguir mucho, no veo con claridad, pero puedo percibir
el calor que emana. La noche quedó atrás y la oscuridad que la acompaña. Así es
cada jornada, el ciclo que se repite día con día; ambas partes lo conforman,
pero no coexiste la una con la otra.
Y dijo Dios: «¡Que haya luz!». Y la luz llegó a existir. Dios
consideró que la luz era buena y la separó de las tinieblas. Génesis 1:3-4 NVI
Después de nuestro intento fallido por llevar a mi hermana
mayor de paseo, frustrado por un desperfecto en el auto, hago el recuento de
los daños y los costos que implicó la grúa que nos trajo de vuelta a casa.
Mientras viajábamos en la cabina, junto al joven conductor, recuerdo las
sonrisas de dos de las mujeres más importantes en mi vida y sé que será una
anécdota que recordaremos con humor.
Medito en las oraciones que hicimos durante el tiempo que
estuvimos varados. A decir verdad, parece que no fuimos atendidos; hablo por mi
parte: no escuché nada de vuelta, ni un susurro, impulso, versículo o cosa
alguna que me diera dirección en el momento. La llamada a Obed, nuestro amigo
mecánico, y las posibles soluciones que nos sugirió no tuvieron efecto.
Esperaba unos minutos y luego volvía a intentar encender y poner en marcha el
motor, solo para encontrarme con el hecho de que no seguía funcionando.
El pueblo que andaba en la oscuridad ha visto una gran
luz; sobre los que vivían en tierra de sombra de muerte una luz ha
resplandecido. Isaías 9:2 NVI
Finalmente, otro amigo nos pasó el contacto de quien nos
proporcionó el servicio de grúa. Otro tiempo de espera, más del que supusimos,
y las oraciones seguían sin una respuesta que me pareciera clara. Cuando mi
hermana dijo, con aquella serenidad tan suya: “El Señor nos está librando de
algo”, yo asentí, aunque por dentro no estaba conforme. No sé de qué nos libró
Dios aquella noche, y tampoco quiero afirmar que conozco sus propósitos. Pero
sí puedo reconocer, al mirar hacia atrás, de qué maneras nos proveyó y nos
cuidó.
Entró la oscuridad y seguimos varados a la orilla de la
carretera, esperando ya no un milagro, sino al conductor que ya se había
comunicado y que tardaba más de la cuenta en llegar. Compré unas bebidas en la
estación de servicio que se encontraba a unos 100 metros de distancia. La calma
reinaba dentro del auto; nos reíamos de pensar en todas las cosas que
imaginamos a priori que disfrutaríamos en el destino que habíamos planeado: los
alimentos, las personas y la hamaca en que descansaríamos contemplando el cielo
estrellado.
Los pensamientos nos hicieron voltear al cosmos y logramos
divisar la pequeña figura de la Luna, como el resto de una uña cortada. Y cerca
de ella, una luz brillante: el lucero del alba, como se le conoce al planeta
Venus. Después del Sol y la Luna, es el objeto más brillante que se puede ver
en nuestro firmamento. En medio de la oscuridad, aún la luz se hacía espacio y
nos dejaba contemplar su belleza.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de la
humanidad. Esta luz resplandece en la oscuridad, y la oscuridad no ha podido apagarla.
Juan 1:4-5 NVI
Mientras contemplábamos aquella pequeña luz en medio de la
noche, pensé en cuántas veces confundimos la ausencia de luz con la ausencia de
Dios. La Escritura es insistente en mostrarnos que Dios es luz y que en él no
hay oscuridad. Jesús mismo se presentó como la luz del mundo, y Pedro, al
hablar de Cristo, utiliza una imagen que aquella noche tenía frente a nuestros
ojos: el lucero de la mañana que nace en nuestros corazones. Venus no había
aparecido de repente; allí estaba, visible para quien levantara la mirada. La
luz seguía existiendo, aunque nosotros estuviéramos rodeados de oscuridad.
Una vez más Jesús se dirigió a la gente y les dijo: ―Yo
soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en oscuridad, sino que tendrá
la luz de la vida. Juan 8:12 NVI
Quizá algo parecido había sucedido conmigo. Yo había orado
esperando una respuesta concreta, una indicación, alguna señal que me dijera
qué hacer. Pero como no escuché lo que esperaba escuchar, asumí que no había
respuesta. Ahora, al hacer el recuento con un poco más de distancia, empiezo a
descubrir que la provisión de Dios no comenzó aquella noche. De hecho, ya había
sucedido antes de que el auto se detuviera. Este mes había recibido mucho más
de lo que esperaba ganar, y ahora podía entender que aquello que yo había
considerado simplemente una buena provisión quizá también era parte de la
respuesta de Dios para un gasto que todavía no sabía que tendría.
El Hijo refleja el brillo de la gloria de Dios y es la
fiel representación de lo que él es. Él sostiene todas las cosas con su palabra
poderosa. Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a
la derecha de la Majestad en las alturas. Hebreos 1:3 NVI
La grúa también fue parte de esa provisión. No llegó de
inmediato, es cierto, y tuvimos que esperar más de lo que hubiéramos querido,
pero finalmente llegó. Y no solo eso: quien nos prestó el servicio era un
hermano de la iglesia y nos cobró mucho menos de lo que razonablemente podría
haber costado. Yo estaba buscando una respuesta extraordinaria, mientras Dios
parecía estar utilizando cosas mucho más sencillas y cotidianas para cuidarnos.
Además, estaban mi esposa y mi hermana. Su presencia aquella
noche fue un regalo que quizá no supe valorar mientras estábamos varados.
Estaban sus conversaciones, sus sonrisas y, sobre todo, esa calma que han ido
adquiriendo con los años y con las muchas circunstancias que les ha tocado
atravesar. Hoy pienso que quizá también necesitaba aprender a reconocer la
manera en que Dios puede hablar a través de la vida de alguien que ha aprendido
a descansar en medio de las dificultades.
Incluso el conductor de la grúa terminó siendo parte de la
historia de una manera inesperada. Al principio nos asustó su juventud.
Pensamos en todas las cosas que podían salir mal y, probablemente, dudamos de
que pudiera maniobrar aquel vehículo con la experiencia necesaria. Pero después
nos dejó asombrados. Con una pericia que no esperábamos, logró entrar por
aquella calle estrecha, llena de vehículos estacionados a ambos lados y con una
curva que hacía todavía más complicada la maniobra. Una vez más, nuestras
primeras impresiones no tenían toda la información.
Y como si la noche todavía tuviera algo más que enseñarnos,
nuestro vecino nos contó la historia de un accidente que ellos habían sufrido
tiempo atrás en un poblado. Nos habló de las dificultades que tuvieron que
atravesar, de la necesidad de buscar abogados porque incluso pretendían
detenerlos y de cómo su vehículo terminó consignado en un predio donde
posteriormente le robaron partes importantes. Mientras lo escuchábamos, nuestra
experiencia comenzó a tomar otra dimensión. No era que nuestro problema hubiera
dejado de ser incómodo, ni que el desperfecto del auto se hubiera convertido
mágicamente en algo agradable. Simplemente comenzábamos a ver que, aun dentro
de aquello que nos había frustrado, habíamos sido guardados de muchas cosas que
ni siquiera habíamos considerado.
Entonces vuelvo al Salmo que había estado al principio de
todo esto: “El Señor es mi fuerza y mi escudo; mi corazón en él confía; de él
recibo ayuda”. El salmista no dice que nunca habrá dificultades, ni que la
ayuda siempre llegará de la manera que imaginamos. Dice que el Señor es su
fuerza y su escudo, y que de él recibe ayuda. A veces esa ayuda se hace
evidente en el momento; otras veces solamente podemos reconocerla cuando
hacemos el inventario de lo ocurrido y descubrimos que Dios ya había estado
obrando mucho antes de que nosotros pudiéramos verlo.
Esto ha venido a confirmarnos la palabra de los profetas,
a la cual ustedes hacen bien en prestar atención como a una lámpara que brilla
en un lugar oscuro, hasta que amanezca el día y salga el lucero de la mañana en
sus corazones. 2 Pedro 1:19 NVI
Quizá por eso me conmueve tanto pensar en Venus aquella
noche. El lucero del alba estaba allí, aunque todavía no había amanecido. La
noche no había conseguido apagarlo. Y tampoco la oscuridad consigue apagar a
Dios. La luz no deja de existir porque nosotros no podamos verla. A veces
simplemente estamos mirando hacia otro lado, tenemos los ojos acostumbrados a
la oscuridad o estamos tan concentrados en aquello que salió mal que dejamos de
levantar la mirada.
»Yo, Jesús, he enviado a mi ángel para darles testimonio
de estas cosas que conciernen a las iglesias. Yo soy la raíz y la descendencia
de David, la brillante estrella de la mañana». Apocalipsis 22:16 NVI
Quizá la diferencia no estaba en que Dios hubiera comenzado
a alumbrar esa mañana. Él había estado allí durante toda la noche. La
diferencia era que ahora podía verlo con mayor claridad. Tal vez algunas
respuestas de Dios no se reconocen mientras estamos esperando que suceda algo,
sino cuando, después de atravesarlo, corremos las cortinas y finalmente podemos
mirar hacia atrás y decir: la luz siempre estuvo allí.
Desde la salida del sol hasta su ocaso, sea alabado el
nombre del Señor. Salmo 113:3 NVI
ORACIÓN:
Señor, qué bueno es darme cuenta de tu manera de obrar. Mi
pequeña fe me falla, pero mantenerla puesta en ti me reconforta. ¿A qué otro
lugar podría recurrir, si cuando yo voy, tú ya vienes? Tú alumbras nuestras
vidas y estás en nuestro futuro, aunque no lo veamos ni lo sintamos. Tú estás
obrando todo el tiempo; no te adormeces ni te cansas. Eres siempre bueno y
haces que todo obre para nuestro bien. Amén.
Lily & Ray
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