Cristo también es la cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo. Él es el principio, supremo sobre todos los que se levantan de los muertos. Así que él es el primero en todo. Colosenses 1:18 NTV
Por muchos años trabajé en una galería de arte, como
asistente de dirección. Había acumulado experiencia, relaciones, conocimiento y
cierto grado de sabiduría en el tema. Supervisaba y revisaba muchas de las
cosas que se hacían allí; mi opinión era tomada en cuenta y tenía injerencia en
múltiples asuntos de la institución. Me había hecho un nombre.
Cada catálogo que se escribía, la columna semanal en un
conocido diario, la selección de obras para exhibiciones, el registro y
valuación de colecciones, la elaboración de guiones científicos, las visitas
guiadas, la asesoría para ampliación de colecciones, y el acompañamiento a
nuevos coleccionistas… en todo, de alguna manera, yo estaba involucrado.
Había voces. “Tienes colmillo” “Qué gran juicio tienes” “Deberías
estar a cargo” “Tú deberías escribir los textos” Palabras que, poco a poco,
comenzaron a sembrar algo en mí. No era evidente al inicio, pero crecía. Me
hacían pensar que no era valorado, que merecía un mejor trato, un mejor
salario, un mejor lugar.
¡Ahora es tu oportunidad! —los hombres le susurraron a
David—. Hoy el Señor te dice: “Te aseguro que pondré a tu enemigo en tu poder,
para que hagas con él lo que desees”». Entonces David se le acercó
sigilosamente y cortó un pedazo del borde del manto de Saúl. 5Pero comenzó a
remorderle la conciencia por haber cortado el manto de Saúl, y les dijo a sus
hombres: «Que el Señor me libre de hacerle tal cosa a mi señor el rey. No debo
atacar al ungido del Señor, porque el Señor mismo lo ha elegido». 1 Samuel 24:4-6 NTV
Sumado a eso, mi hermano trabajaba conmigo. Él es brillante.
Y en algún momento, la idea apareció: podríamos hacer lo nuestro. Podríamos
tomar lo que sabíamos, lo que habíamos construido y dar un paso. No sonaba mal.
No parecía injusto. Incluso parecía lógico. Pero no todo lo lógico es correcto.
¡Esta vez, sin duda alguna, Dios te ha entregado a tu
enemigo! —le susurró Abisai a David—. Déjame que lo clave en la tierra con un
solo golpe de mi lanza; ¡no hará falta darle dos! —¡No! —dijo David—. No lo
mates. Pues ¿quién quedará inocente después de atacar al ungido del Señor? 1
Samuel 26:8-9 NTV
En 1 Samuel 24 y 26 se narran dos momentos que siempre me
confrontan. David tiene frente a sí la oportunidad de terminar con Saúl. No
una, sino dos veces. Y no solo es una posibilidad estratégica, es una
oportunidad que otros interpretan como divina. “¡Esta es tu oportunidad!” —le
dicen—. El argumento es fuerte: Dios ya lo había ungido. Saúl ya había sido
desechado.
El camino parecía claro. Pero David hace algo
desconcertante. Se detiene. Y más aún, se quebranta por haber cortado un pedazo
del manto de Saúl. ¿Por qué? Porque entendía algo que yo estaba comenzando a
olvidar: no todo lo que puedo hacer, debo hacerlo. David no tocó lo que Dios
aún no le había entregado. No tomó lo que podía tomar. No aceleró lo que Dios
estaba formando. Decidió permanecer como número 2, aun cuando ya había sido
escogido para ser número 1.
Entonces Samuel le dijo a Saúl: —¡Basta! ¡Escucha lo que
el Señor me dijo anoche! —¿Qué te dijo? —preguntó Saúl. Y Samuel le dijo: —Aunque
te tengas en poca estima, ¿acaso no eres el líder de las tribus de Israel? El
Señor te ungió como rey de Israel, ¿Por qué no obedeciste al Señor? ¿Por qué te
apuraste a tomar del botín y a hacer lo que es malo a los ojos del Señor? 1
Samuel 15:16-17,19 NTV
Saúl, por otro lado, no supo vivir así. También en 1 Samuel
vemos cómo un hombre puede perderlo todo cuando deja de verse correctamente
delante de Dios. Ese fue el punto de quiebre. Saúl fue rey, pero olvidó que no
era el soberano. Y cuando dejó de reconocerse como número 2, comenzó a defender
su posición como si fuera suya. Entonces apareció David, y lo que debió ser
propósito, se volvió amenaza. Los cantos del pueblo no cambiaron a David, revelaron
a Saúl. Porque cuando el corazón no está firme en Dios, el reconocimiento de
otros se vuelve un espejo incómodo. Saúl no perdió el reino por David. Lo
perdió por no saber permanecer debajo de Dios.
«No tengas miedo —le aseguró Jonatán—, ¡mi padre nunca te
encontrará! Tú vas a ser el rey de Israel, y yo voy a estar a tu lado, como mi
padre bien lo sabe». 18Luego los dos renovaron su pacto solemne delante del
Señor. Después Jonatán regresó a su casa, mientras que David se quedó en Hores.
1 Samuel 23:17-18 NTV
Pero no todos reaccionan así. Jonatán, su hijo, tenía todo
el derecho al trono y sin embargo reacciona de una manera que me conmueve y
confronta en gran manera al leer una de las declaraciones más libres que puede
hacer un hombre: “Tú reinarás… y yo seré segundo después de ti.” No hay lucha. No
hay negociación. No hay resentimiento. Hay claridad.
Jonatán entendió que el propósito de Dios es más importante
que su posición personal. Y eso solo es posible cuando tu identidad no está en
el lugar que ocupa, sino en el Dios a quien perteneces.
Él debe tener cada vez más importancia y yo, menos. »Él
vino de lo alto y es superior a cualquier otro. Nosotros somos de la tierra y
hablamos de cosas terrenales, pero él vino del cielo y es superior a todos. Juan
3:30-31 NTV
Siglos después, otro hombre viviría esta misma verdad. Juan
el Bautista dice: “Es necesario que él crezca, pero que yo disminuya.” Juan
tenía multitudes. Tenía influencia. Tenía autoridad. Pero cuando Jesús
apareció, no sintió que perdía, entendió que todo cobraba sentido.
El verdadero número 2 no compite con el número 1, lo
celebra. Incluso vio a sus propios discípulos seguir a Jesús y no los detuvo. Eso
no es debilidad. Eso es identidad. No estamos en este mundo para hacer
seguidore nuestros sino discípulos para Jesús. Eso nos libra de la tentación de
querer manipular y controlar a las personas y su crecimiento, el cual solo
viene de Dios.
Después de todo, ¿quién es Apolos?, ¿quién es Pablo?
Nosotros solo somos siervos de Dios mediante los cuales ustedes creyeron la
Buena Noticia. Cada uno de nosotros hizo el trabajo que el Señor nos encargó. 1
Corintios 3:5 NTV
Pablo también lo entendió. Plantó iglesias, formó líderes,
escribió el porcentaje más grande del nuevo testamento y aun así dijo: “¿Qué es
Pablo… sino servidor?” “No nos predicamos a nosotros mismos…” Nunca ocupó el
centro del mensaje. Porque cuando el hombre ocupa el lugar central, Cristo deja
de ser visible.
Entonces Jesús explicó: «Les digo la verdad, el Hijo no
puede hacer nada por su propia cuenta; solo hace lo que ve que el Padre hace.
Todo lo que hace el Padre, también lo hace el Hijo, Juan 5:19 NTV
Y finalmente, Jesús. El modelo perfecto. “El Hijo no puede
hacer nada por sí mismo…” Y en Getsemaní: “No se haga mi voluntad, sino la
tuya.” Jesús nunca compitió con el Padre. Nunca buscó protagonismo
independiente. Vivió en perfecta dependencia.
Él se adelantó un poco más y se inclinó rostro en tierra
mientras oraba: «¡Padre mío! Si es posible, que pase de mí esta copa de
sufrimiento. Sin embargo, quiero que se haga tu voluntad, no la mía». Mateo
26:39 NTV
Hoy entiendo algo que en aquel momento apenas intuía: Ser un
buen número 2 no es resignarse a menos, es entender quién es el 1. Es liderar
sin usurpar. Es crecer sin desplazar. Es influir sin adueñarse. Es permanecer
firme en las alturas correctas. Porque el problema nunca ha sido subir, sino
olvidar desde dónde subimos.
»Ciertamente, yo soy la vid; ustedes son las ramas. Los
que permanecen en mí y yo en ellos producirán mucho fruto porque, separados de
mí, no pueden hacer nada. Juan 15:5 NTV
ORACIÓN:
Señor, no importa el lugar que ocupe en la tierra, si Cristo
no ocupa el primero en mi corazón estoy perdido. Recuérdame quién eres Tú y
quién no soy yo. Guarda mi corazón de la ambición disfrazada de oportunidad. Líbrame
de tomar lo que no me has entregado. Enséñame a esperar, a honrar, a
permanecer. Si en algún momento olvido que Tú eres el primero en todo, detenme.
Amén.
Lily & Ray
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