VENENO, EL TRAGO AMARGO

Mientras guardé silencio, mis huesos se fueron consumiendo por mi gemir de todo el día. Mi fuerza se fue debilitando como al calor del verano, porque día y noche tu mano pesaba sobre mí. Pero te confesé mi pecado, y no te oculté mi maldad. Me dije: «Voy a confesar mis transgresiones al Señor», y tú perdonaste mi maldad y mi pecado.» Salmo 32:3-5 NVI

 

Mientras cierro la puerta del estudio, mis labios esbozan una sonrisa, hace días que no veo a mi hijo Emanuel y logramos cuadrar para esa mañana de viernes. Ufano de ser colaborador del medio ambiente, me dirijo al lugar convenido en mi transporte ecológico. Me cercioro de traer lo necesario para asegurarla en el estacionamiento del centro comercial, donde la dejaré durante la cita.

 

Ya en el lugar termino poner candado a la bicicleta y comienzo a caminar hacia la entrada, cuando el sonido del gorgorito me hace levantar la mirada y la agente de seguridad me indica que no puedo dejar el vehículo en ese lugar, que dicho sea de paso está señalizado y con todas las indicaciones y reglas para dejarlo ahí. Hago una mueca y mascullando palabras refuto diciendo que debería haber un rótulo que indicara la prohibición. Mi actitud ya fue adulterada y a regañadientes procedo a quitarla y llevarla hasta el nuevo lugar indicado.

 

La tensión se siente en el ambiente, mejor dicho, la siento en mi interior y respondo de mala gana – A comprar- cuando me pregunta a dónde me dirijo. Trago saliva, me sabe amarga, y marco el número de mi hijo para ubicarlo en el recinto. Su abrazo me relaja y reconforta, procedimos a evaluar las opciones y después de visitar un par de tiendas, nos decidimos a hacer la compra de su traje para la boda, en la que mejor atención y opciones nos dio.

 

Terminamos comprando el traje. Después nos sentamos a comer algo juntos. Conversamos tranquilos, sin prisa. De esos momentos sencillos que uno quisiera congelar por un instante. Mientras lo escuchaba hablar, pensé en lo rápido que pasa la vida y en lo mucho que agradezco todavía poder compartir espacios así con mis hijos. No hubo grandes discursos. Solo presencia. Y a veces eso también es amor. Pero el sabor dulce del día cambió al salir del centro comercial.

 

Antes de llegar al parqueo, una persona me esperaba para hablar sobre la bicicleta. Me pidió explicaciones y mostré las facturas para demostrar que sí había estado comprando. El problema no fue realmente la conversación… fui yo. Mi tono. Mi actitud. Mi manera defensiva de responder. Por fuera quizá parecía controlado, pero por dentro ya estaba contaminado. Y es increíble cómo unos minutos pueden revelar lo que todavía hay escondido en el corazón.

 

Las personas sabias piensan antes de actuar; los necios no lo hacen y hasta se jactan de su necedad. Proverbios 13:16 NTV

 

Me fui antes de que llegara el administrador, porque intuía hacia dónde iba todo. Pero durante el camino de regreso ya no pude disfrutar nada. La escena se repetía una y otra vez en mi mente. Mi conciencia pesaba. Y para empeorar las cosas, al día siguiente debía interpretar a Jesús en una obra. La contradicción me golpeó fuerte.

 

¿Cómo hablar de Cristo mientras mi corazón sigue reaccionando con orgullo, irritación y autosuficiencia? ¿Cómo representar externamente a Jesús mientras internamente sigo luchando con un carácter que muchas veces quiere defenderse, justificarse y tener la razón?

 

Quien encubre su pecado jamás prospera; quien lo confiesa y lo deja, alcanza la misericordia. Proverbios 28:13 NVI

 

Y ahí entendí algo más. El problema del veneno no es solamente cuando explota hacia afuera. El problema es que lentamente nos amarga por dentro. Durante años pensé que madurez espiritual era dejar de equivocarme. Pero cada vez entiendo más que también es aprender a correr hacia la luz cuando me equivoco. No justificarme. No minimizarlo. No esconderlo detrás del cansancio, el estrés. Correr a la gracia.

 

Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir la misericordia y encontrar la gracia que nos ayuden oportunamente. Hebreos 4:16 NVI

 

Así que al llegar a casa hice algo que antes me costaba mucho: lo confesé. Primero a Dios. Después a mi esposa. Y aunque nadie salió herido, aunque “no pasó a más”, yo sabía que algo dentro de mí necesitaba ser expuesto para sanar. Porque el Espíritu Santo no solo confronta nuestros grandes pecados visibles. También señala esas pequeñas reacciones, esos gestos, esos tonos, esas defensas que revelan que todavía necesitamos gracia.

 

Y si soy honesto, aún hay algo que me cuesta profundamente: perdonarme a mí mismo. A veces acepto más rápido el perdón de Dios para otros que para mí. Pero el evangelio también confronta eso. Porque seguir castigándome no es humildad; muchas veces es orgullo disfrazado. Es creer que mi acusación tiene más autoridad que la cruz.

 

Hay algo que he ido entendiendo con el tiempo: las relaciones no se dañan solamente por lo que hacemos, sino también por lo que dejamos de hacer. A veces herimos con palabras; otras veces con silencios. A veces fallamos por reacción, otras por indiferencia. Y aunque nos gusta pensar que siempre somos las víctimas, la verdad es que también hemos sido causa de dolor para otros.

 

Por eso la restauración verdadera es tan difícil. Porque no se trata solamente de que me perdonen. También implica reconocer dónde fallé yo, dónde dañé, dónde manipulé, dónde reaccioné desde mis heridas y no desde el amor de Cristo. Y creo que ahí es donde muchos queremos detenernos, porque perdonar ya cuesta, pero pedir perdón cuesta aún más.

 

Todos queremos gracia cuando fallamos. Pero cuando somos nosotros quienes hemos sido heridos, aparece el orgullo, la justicia propia y esa necesidad silenciosa de cobrar emocionalmente lo que perdimos. Sin embargo, Jesús no habló solamente de recibir misericordia, sino de convertirnos en personas misericordiosas.

 

Dichosos los compasivos, porque serán tratados con compasión. Mateo 5:7 NVI

 

Y eso cambia completamente la conversación. Porque entonces el perdón deja de ser solamente un acto emocional y se convierte en una decisión espiritual. No significa justificar el abuso, negar el dolor o fingir que nada pasó. Tampoco significa volver automáticamente a relaciones destructivas. Pero sí significa renunciar al derecho de seguir alimentando el resentimiento como identidad.

 

siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor. Efesios 4:2 NVI

 

Y quizá una de las partes más difíciles del proceso no es perdonar a otros, sino recibir el perdón de Dios para nosotros mismos. Yo, como otras personas, pasé años castigándome internamente. Una insistencia en defenderse por lo que se hizo, por lo que se perdió o por la forma en que se falló. Viviendo como acusados aun después de haber sido perdonados. Pero el evangelio no solo nos llama a pedir perdón y otorgarlo; también nos invita a vivir como personas realmente perdonadas. Porque la restauración no es teoría. El amor madura cuando se hace responsable.

 

Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Mateo 5:9 NVI

 

Hoy entiendo algo mejor: seguir a Jesús no es solamente aprender a amar a Dios. También es permitir que Su amor sane la manera en que nos relacionamos con los demás. Y muchas veces esa sanidad comienza con conversaciones incómodas, confesiones honestas y corazones dispuestos a dejar de huir.

 

Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad. 1 Juan 1:8-9 NVI

 

 

En el salmo 32:5 David no dice: “Y tuve que pagar emocionalmente durante meses para entonces merecer paz.” Dice: “Tú perdonaste.” Tal vez crecer también es esto: aprender a arrepentirnos rápido, a pedir perdón sinceramente y a dejar de beber el veneno de la autoacusación constante. Porque la culpa que nos lleva a Cristo produce vida. Pero la culpa que nos mantiene lejos de Su gracia solo sigue enfermando el alma.

 

Mis queridos hijos, les escribo estas cosas para que no pequen. Pero, si alguno peca, tenemos ante el Padre a un intercesor, a Jesucristo, el Justo. Él es el sacrificio por el perdón de nuestros pecados y no solo por los nuestros, sino por los de todo el mundo.  1 Juan 2:1-2 NVI

 

ORACIÓN:

Señor, gracias porque Tu gracia sigue alcanzando incluso esas áreas de mi corazón que aún necesitan ser rendidas. Perdóname cuando reacciono desde el orgullo, el temor o la autosuficiencia, y enséñame a vivir en humildad y verdad. Ayúdame a correr hacia Tu luz y no esconderme detrás de excusas o autoacusación. Sana mis relaciones y forma en mí un corazón manso, dispuesto a pedir perdón y a extender misericordia. Que cada caída me acerque más a Ti y no más lejos de Tu amor. Amén.

 

Lily & Ray

 

https://www.youtube.com/watch?v=dAkXG4muMQM&list=RDdAkXG4muMQM&start_radio=1

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