¡Te alabo porque soy una creación admirable! ¡Tus obras son maravillosas y esto lo sé muy bien! Salmo 139:14 NVI
Hace muchos años, mi amigo Ramón Ávila me contó una historia
que nunca olvidé. Él es un artista catalán nacido en Barcelona. Después de
vivir los estragos de la posguerra en España, emigró a Brasil y posteriormente
llegó a Guatemala contratado como publicista. Aquí desarrolló una prolífica
carrera en las artes gráficas y más tarde se consolidó como pintor,
convirtiéndose en una figura importante del arte guatemalteco.
Tuve el privilegio de conocerlo durante mi paso por las
artes plásticas. Compartimos conversaciones, proyectos y exposiciones. Recuerdo
especialmente una exhibición que montamos en el Centro de Formación de la
Compañía de Jesús, en Antigua Guatemala, donde se exhibieron más de trescientas
de sus obras. Ramón siempre fue un creador incansable. Su capacidad de producir
arte parecía inagotable.
En una de nuestras conversaciones me relató un recuerdo de
su niñez. Después de la guerra, muchas casas de su ciudad habían quedado
destruidas. Poco a poco los vecinos comenzaron a reconstruir los muros
derribados. Uno de ellos levantó una pared nueva y la dejó completamente
blanca. Ramón era apenas un niño. Tomó un trozo de carbón y, junto con algunos
amigos, comenzó a dibujar sobre aquel enorme lienzo improvisado. Trazó una
escena de batalla: soldados, movimientos, combates y detalles que brotaban de
su imaginación infantil.
Cuando el vecino descubrió lo ocurrido, se enfureció. Fue de
inmediato a buscar a la madre de Ramón. —¡Mire lo que ha hecho su hijo! —le
reclamó señalando el muro. Su madre observó el dibujo y luego se volvió hacia
él. —¿Tú hiciste esto, hijo? Ramón quedó en silencio. No sabía qué esperar. Entonces
ella abrió los ojos con asombro, llevó las manos a su rostro y exclamó: —¡Qué
increíble lo que hiciste! ¡Qué increíble lo que hiciste, hijo! Después añadió: —Pero
este no es el lugar correcto. Tendremos que limpiarlo.
Muchos años después, Ramón todavía recordaba aquel momento. Su
madre no aprobó la acción, pero sí reconoció el talento. Corrigió el
comportamiento sin apagar el don. Afirmó al niño antes de corregir la conducta.
Y quizás, solo quizás, aquel instante ayudó a formar al artista que décadas
después seguiría pintando a sus más de noventa años, aun desde una silla de
ruedas, dejando tras de sí miles de obras y una huella imborrable en la vida
cultural de Guatemala.
Mientras recordaba la historia de Ramón, pensé en cuántas
vidas son moldeadas por una palabra de afirmación. Su madre vio algo que nadie
más estaba viendo. Mientras el vecino veía una pared arruinada, ella vio un
don. Mientras otros veían un problema, ella vio potencial. La afirmación tiene
ese poder. No niega los errores ni ignora las correcciones necesarias.
Simplemente reconoce la obra de Dios en una persona antes de que esa obra haya
alcanzado su madurez.
Quizá por eso la Biblia está llena de historias donde Dios
afirma a las personas antes de que ellas mismas crean en lo que pueden llegar a
ser. Gedeón es un ejemplo extraordinario. Cuando el ángel del Señor lo
encontró, no estaba liderando un ejército ni liberando a Israel. Estaba
escondido, trillando trigo en un lagar para protegerse de los madianitas. Sin
embargo, la primera palabra que recibió no fue una corrección ni un regaño. Fue
una afirmación.
Entonces el ángel del Señor se le apareció y le dijo:
—¡Guerrero valiente, el Señor está contigo! Jueces 6:12 NTV
Lo interesante es que Gedeón no se sentía valiente. Sus
respuestas posteriores revelan miedo, inseguridad y una profunda sensación de
insuficiencia. Pero Dios no le habló según su condición presente. Le habló
según el propósito que había depositado en él. Dios vio al guerrero antes de
que Gedeón pudiera verlo. Lo mismo ocurrió con Simón. Antes de convertirse en
Pedro, una roca y parte del los 12 que revolucionarían el mundo con la iglesia,
era un pescador impulsivo, inestable y lleno de contradicciones. Sin embargo,
Jesús lo llamó por aquello en lo que habría de convertirse.
Jesús respondió: —Bendito eres, Simón hijo de Juan,
porque mi Padre que está en el cielo te lo ha revelado. No lo aprendiste de
ningún ser humano. Ahora te digo que tú eres Pedro (que significa “roca”), y
sobre esta roca edificaré mi iglesia, y el poder de la muerte no la
conquistará. Mateo 16:17-18 NTV
Y quizá el ejemplo más hermoso lo encontramos en el bautismo
de Jesús. Antes de predicar un sermón, antes de sanar un enfermo, antes de
realizar un milagro, el Padre habló desde el cielo. La afirmación vino antes de
la obra. Antes del ministerio hubo identidad. Antes del desempeño hubo amor. Antes
de los resultados hubo aprobación.
y el Espíritu Santo, en forma visible, descendió sobre él
como una paloma. Y una voz dijo desde el cielo: «Tú eres mi Hijo muy amado y me
das gran gozo». Lucas 3:22 NTV
Vivimos en un mundo que suele afirmar después de que
demostramos algo: cuando ganamos, cuando producimos, cuando alcanzamos metas o
cuando cumplimos expectativas. Dios actúa de manera diferente. Él afirma desde
la identidad para capacitarnos para la misión. Nos recuerda quiénes somos para
que podamos caminar hacia aquello para lo cual fuimos creados.
Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco, y ellas me
siguen. Les doy vida eterna, y nunca perecerán. Nadie puede quitármelas, Juan
10:27-28 NTV
Tal vez hoy necesitas escuchar nuevamente la voz de Dios por
encima de todas las demás voces. La voz del Padre que ve más allá de tus
errores, más allá de tus temores y más allá de tus limitaciones. La voz que
sigue llamando guerrero al que se siente escondido, sigue llamando roca al que
se siente inestable, sigue llamando hijo amado al que ha olvidado quién es.
Mientras ellos se acercaban, Jesús dijo: —Aquí viene un
verdadero hijo de Israel, un hombre totalmente íntegro. —¿Cómo es que me
conoces? —le preguntó Natanael. —Pude verte debajo de la higuera antes de que
Felipe te encontrara —contestó Jesús. Juan 1:47-48 NTV
Al final, la pregunta no es solamente qué palabras hemos
recibido. La pregunta es qué palabras estamos pronunciando. Cada día
interpretamos a las personas que nos rodean. Cada día hablamos sobre nuestros
hijos, nuestro cónyuge, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo y aun
sobre nosotros mismos. Y en cierto sentido, nuestras palabras revelan a quién
estamos escuchando.
No empleen un lenguaje grosero ni ofensivo. Que todo lo
que digan sea bueno y útil, a fin de que sus palabras resulten de estímulo para
quienes las oigan. Efesios 4:29 NTV
Satanás es llamado en la Escritura "el acusador de los
hermanos". Su lenguaje favorito es la condenación, la vergüenza, el
desprecio y la desesperanza. Él toma una caída y la convierte en una identidad.
Toma un fracaso y lo convierte en un nombre. Dios, en cambio, corrige, pero
también redime. Confronta, pero también restaura. Ve el pecado, pero también ve
el potencial de su gracia obrando en una persona.
Luego oí una fuerte voz que resonaba por todo el cielo:
«Por fin han llegado la salvación y el poder, el reino de nuestro Dios, y la
autoridad de su Cristo. Pues el acusador de nuestros hermanos —el que los acusa
delante de nuestro Dios día y noche— ha sido lanzado a la tierra. Apocalipsis
12:10 NTV
Satanás suele llamar a las personas por su peor momento. Dios
las llama por su destino. Por eso vale la pena preguntarnos qué hacemos cuando
hablamos de nuestros hijos, ¿estamos anunciando vida o muerte? Cuando hablamos
de nuestro cónyuge, ¿estamos revelando el corazón de Dios o repitiendo las
acusaciones del enemigo? Y que, sobre nuestros hermanos en la fe, ¿estamos
ayudándoles a ver el oro que Dios puso en ellos o solamente señalando el barro
que todavía no ha sido transformado?
Las palabras sabias satisfacen igual que una buena
comida; las palabras acertadas traen satisfacción. La lengua puede traer vida o
muerte; los que hablan mucho cosecharán las consecuencias. Proverbios 18:20-21 NTV
No se trata de negar la realidad ni de ignorar el pecado.
Dios nunca hace eso. Se trata de aprender a ver a las personas desde la
perspectiva del Redentor. Tal vez nunca seremos artistas reconocidos como Ramón
Ávila. Tal vez nuestras palabras jamás aparecerán en un libro o serán
escuchadas por multitudes. Pero todos tenemos la oportunidad de hacer lo que
aquella madre hizo hace tantos años frente a un muro blanco.
Podemos ayudar a alguien a verse con los ojos de Dios. Podemos
llamar a la valentía donde hoy hay temor. Podemos llamar a la roca donde hoy
hay inestabilidad. Podemos llamar a la belleza donde hoy hay inseguridad. Podemos
llamar a la esperanza donde hoy hay desánimo. Porque cuando nuestras palabras
nacen del corazón del Padre, nos convertimos en portadores de vida. Y la vida
siempre tiene el poder de transformar destinos.
Pues somos la obra maestra de Dios. Él nos creó de nuevo
en Cristo Jesús, a fin de que hagamos las cosas buenas que preparó para
nosotros tiempo atrás. Efesios 2:10 NTV
ORACIÓN
Padre, gracias porque me has amado, afirmado y llamado según
tu propósito, aun cuando yo no podía verlo. Gracias porque tus palabras traen
vida, esperanza e identidad a mi corazón. Ayúdame a escuchar tu voz por encima
de cualquier otra voz. Que mis palabras reflejen tu corazón y no las
acusaciones del enemigo. Hazme un instrumento para afirmar, animar y sacar a la
luz el oro que has puesto en cada persona. En el nombre de Jesús, amén.
Lily & Ray
https://www.youtube.com/watch?v=Su2LSzHgb9s&list=RDSu2LSzHgb9s&start_radio=1

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