Más bien, honren en su corazón a Cristo como Señor. Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes. Pero háganlo con gentileza y respeto, 1 Pedro 3:15 NVI
Desde la semana pasada he tenido una inquietud extraña. No
sé si fue por tantas noticias alarmantes que comenzaron a circular —esas
publicaciones que anuncian “el diluvio del año”, tormentas históricas,
inundaciones nunca antes vistas— o simplemente porque, viviendo en Guatemala,
uno aprende que cuando las lluvias llegan de verdad, no preguntan si estamos
listos.
Así que empecé a hacer algunas diligencias pendientes en
casa. Primero revisé las tuberías que conducen las aguas pluviales y los
drenajes que las reciben. Confieso que llevaba tiempo posponiendo esa tarea.
Uno siempre piensa: “todavía aguanta”, “la próxima semana lo hago”, hasta que
una pequeña lluvia basta para revelar cuánto descuido se ha acumulado
silenciosamente.
Después vino la parte más complicada: subir al techo de la
casa. Mi amigo Estuardo me prestó una escalera bastante larga, de esas que ya
solo verlas dan una mezcla de confianza y temor. Mientras subía, iba pensando
que probablemente encontraría algunas hojas secas y quizá una que otra rama
acumulada. Pero cuando finalmente asomé la cabeza sobre la cubierta, me
sorprendí de verdad.
Había capas y capas de hojas de pino, tierra, ramas pequeñas
y residuos que el viento había ido depositando lentamente durante meses. Sin
exagerar, aquello no parecía simplemente suciedad acumulada; parecía el inicio
de un ecosistema completo. Pensé que fácilmente podrían haberse escondido allí
no solo nidos de pájaros, sino pequeñas madrigueras de zorros.
Practiquen el dominio propio y manténganse alerta. Su
enemigo el diablo ronda como león rugiente, buscando a quién devorar.
Resístanlo, manteniéndose firmes en la fe, sabiendo que los creyentes en todo
el mundo soportan la misma clase de sufrimientos. 1 Pedro 5:8-9 NVI
Lo curioso es que desde abajo nada de eso se veía. Desde el
patio, el techo parecía perfectamente normal. Ordenado. Funcional. Seguro. Pero
arriba, en las partes que casi nunca revisamos, el deterioro avanzaba
silenciosamente. Mientras limpiaba, me di cuenta de algo: el problema nunca
empieza con la tormenta. La tormenta solo revela lo que se descuidó durante el
tiempo de calma. Porque las lluvias no crean el caos; simplemente exponen lo
que estaba obstruido.
Luego, cuando llegue, daré cartas de presentación a los
que ustedes hayan aprobado y los enviaré a Jerusalén con los donativos que
hayan recogido. 1 Corintios 16:3 NVI
Hay áreas de nuestra vida que desde lejos parecen estar
bien. Pero al asomarnos a lo profundo del corazón descubrimos que, aunque seguimos
funcionando, trabajando, sirviendo, sonriendo, asistiendo a la iglesia,
cumpliendo responsabilidades, en los lugares altos y escondidos del alma
comienzan a acumularse pequeñas cosas: resentimientos no tratados, cansancio
ignorado, orgullo disfrazado de fortaleza, heridas que nunca llevamos delante
de Dios, pecados “pequeños” que dejamos quedarse demasiado tiempo.
Así mismo deben ustedes estar preparados, porque el Hijo
del hombre vendrá cuando menos lo esperen. Lucas 12:40 NVI
Nada parece grave, hasta que llega la tormenta y cuando
llegan temporadas de presión, pérdida, conflicto o dolor, entonces descubrimos
que el agua no pudo fluir correctamente porque había demasiadas cosas
acumuladas dentro de nosotros. Quizá por eso Dios muchas veces nos inquieta
antes de ciertas temporadas. Nos mueve a revisar, limpiar, ordenar y atender
áreas que hemos ignorado. No para vivir aterrados por la tormenta, sino para
prepararnos sabiamente para ella.
Así que recuerda lo que has recibido y oído; obedécelo y
arrepiéntete. Si no te mantienes despierto, cuando menos lo esperes caeré sobre
ti como un ladrón. Apocalipsis 3:3 NVI
Una imagen en Hechos 1 me llama la atención y hay algo
profundamente humano en esa escena. Jesús acaba de ascender y ellos simplemente
se quedan viendo el cielo. Inmóviles. Asombrados. Tal vez confundidos. Quizá
con una mezcla de esperanza y nostalgia. Y sinceramente, ¿quién no habría hecho
lo mismo? Pero los ángeles prácticamente les hacen una pregunta que también
resuena para nosotros hoy: “¿Y ahora qué?”
Pero les digo la verdad: les conviene que me vaya porque,
si no lo hago, el Consolador no vendrá a ustedes; en cambio, si me voy, se lo
enviaré. Juan 16:7 NVI
Porque Jesús prometió que volvería, sí. Pero mientras
esperamos su regreso, no nos dejó solos mirando hacia arriba con resignación o
escapismo espiritual. Nos dejó su Espíritu Santo. Y eso lo cambia todo. Él no
es un sustituto frío de la presencia de Jesús; es la presencia misma de Dios
habitando en nosotros. Consolándonos, guiándonos, corrigiéndonos,
fortaleciéndonos y recordándonos que aún hay obra por hacer.
La esperanza cristiana nunca fue diseñada para convertirse
en una excusa para desconectarnos del mundo diciendo: “Ojalá ya todo se
termine”. Al contrario, la esperanza del regreso de Cristo debería impulsarnos
a amar más, servir más, perdonar más y anunciar más urgentemente las buenas
noticias. Esperamos su regreso, sí, pero no escondidos del mundo; caminamos
hacia él llevando luz.
El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden
algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere
que nadie perezca, sino que todos se arrepientan. 2 Pedro 3:9 NVI
Porque cuando entendemos el corazón de Dios, descubrimos que
su deseo nunca ha sido la destrucción del ser humano, sino su rescate. Él “no
quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan” (2 Pedro 3:9). Y si
ese es el deseo del Padre, debería convertirse también en el nuestro. Tal vez
por eso no basta con limpiar los drenajes de la casa; también necesitamos
revisar si nuestro corazón todavía se conmueve por las personas que viven sin
esperanza. Porque es posible prepararnos tanto para “la tormenta” que
terminemos olvidando a quienes siguen afuera bajo la lluvia.
Jesús volverá. Esa promesa sigue en pie. Pero mientras el
cielo se abre nuevamente, la iglesia no fue llamada solamente a mirar hacia
arriba, sino a salir hacia adelante. Porque la preparación rara vez es urgente
cuando el cielo está despejado. Pero los que esperan hasta escuchar los
primeros truenos, normalmente ya van tarde.
Ellos se quedaron mirando fijamente al cielo mientras él
se alejaba. De repente, se les acercaron dos hombres vestidos de blanco que les
dijeron: ―Galileos, ¿qué hacen aquí mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha
sido llevado de entre ustedes al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que
lo han visto irse. Hechos 1:10-11 NVI
ORACIÓN:
Señor Jesús, gracias porque no nos dejaste solos; gracias
por tu Espíritu Santo, que nos guía, consuela y fortalece cada día. Ayúdanos a
vivir preparados, con un corazón limpio y atento a tu voz. Mientras esperamos
tu regreso, que no nos quedemos solamente mirando al cielo, sino llevando
esperanza, amor y verdad a quienes aún no te conocen. Danos un corazón como el
tuyo, que anhele que nadie se pierda. Ven, Señor Jesús, y ayúdanos a permanecer
fieles hasta el final. Amén.
Lily & Ray
https://www.youtube.com/watch?v=_NtM19FqFNU&list=RD_NtM19FqFNU&start_radio=1

No hay comentarios:
Publicar un comentario