LICENCIA PARA PECAR

¡Él te ha mostrado, oh mortal, lo que es bueno! ¿Y qué es lo que espera de ti el Señor? Practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente ante tu Dios. Miqueas 6:8 NVI

 

Rondaba apenas los 16 años cuando una oportunidad laboral se presentó en mi vida. Después de un par de intentos fallidos, que incluían un taller de electromecánica donde mi esmirriada figura no encajó con la fuerza requerida para el trabajo, me encontré ante una posibilidad que, en principio, era solo temporal, a menos que obtuviera una licencia para conducir motocicleta.

 

Necesitaba un permiso firmado por alguno de mis padres, quienes recientemente se habían separado. Acudí a mi padre, pues de todos mis hermanos fui el único que se quedó con él. No recuerdo cuáles fueron las razones, pero su negativa a apoyarme en aquella gestión me desinfló bastante. Luego fui con mi madre, quien, con un poco de temor, accedió.

 

Ya superada la prueba teórica, me sentí envalentonado, pero mi proceso se detuvo cuando no aprobé el examen médico de la vista. Fue mi hermana mayor, Verito, quien me apoyó para conseguir mi primer par de lentes graduados, con los cuales ya estaba apto para realizar la prueba práctica de conducción.

 

En ese momento era la Policía Nacional la encargada de emitir el documento, y era en distintas dependencias de esa institución donde se realizaban las pruebas. Tuve que madrugar para conseguir un número que me adjudicara un turno y, luego de una larga espera, llegó mi hora. Resultado: reprobado. Perdí el examen y también el dinero que me costó alquilar el vehículo para realizar la prueba.

 

Desde el principio percibí algo extraño en el ambiente. Y cuando la persona que me alquiló el vehículo me preguntó si quería dar un dinero extra para asegurarme de aprobar, comprendí que en ese lugar no podría avanzar sin ser parte de aquel juego. Así que, en la siguiente oportunidad, agregué a la cuota de alquiler la correspondiente cuota de soborno.

 

Así fue como salí con mi constancia de habilidades de conducción, que me acreditaba para manejar un vehículo de dos ruedas. Días más tarde, un pedazo de cartulina celeste, con firmas y sellos policiales, se convirtió en mi primera licencia, la cual diligentemente emplastiqué para hacerla más duradera.

 

La utilicé durante varios años, pero después de un tiempo dejó de ser necesaria, pues conseguí mi primer automóvil y, con él, la respectiva licencia. Para entonces ya era una institución privada la que estaba a cargo, y el trámite resultó mucho más sencillo. La otra licencia quedó en el olvido y nunca fue renovada.

 

Hasta que, en 2020, después de muchísimos años y de incontables experiencias vividas —demasiadas para relatarlas en este espacio—, volví a necesitarla. Ya no teníamos automóvil, pues el último lo habíamos donado por indicación del Señor. Entonces recibimos un regalo de unos amigos: una motocicleta negra, casi nueva.

 

En su caso ha sucedido lo que acertadamente afirman estos proverbios: «El perro vuelve a su vómito» y «la puerca lavada, a revolcarse en el lodo». 2 Pedro 2:22 NVI

 

Volvió así la necesidad de aquel documento. Ya no tenía expediente y era menester comenzar desde cero. La pandemia nos tenía con recursos limitados y el pago se me hacía oneroso, no tanto por la cantidad, sino por lo que representaba en aquel momento. Todo fluyó hasta la famosa prueba práctica. No aprobado. Debía volver a intentarlo y volver a pagar, a menos que añadiera una pequeña suma adicional.

 

Me quedé unos minutos sentado, abatido, decepcionado y frustrado. Las cosas no habían cambiado mucho, y lo peor fue comprobar que mi corazón tampoco lo había hecho. No quería volver a ese lugar. No quería volver a pagar. Y sucumbí ante la propuesta. Incluso negocié el precio, pues no tenía suficiente dinero. Fue espantoso. Salí de ahí con el certificado aprobado, pero con la moral reprobada.

 

Durante años pensé que el problema era mi incapacidad para aprobar un examen. Más tarde comprendí que el problema era mucho más profundo. Lo que me derrotaba no era la falta de habilidad para conducir una motocicleta, sino la facilidad con la que mi corazón buscaba una salida cuando se sentía frustrado, incapaz o insuficiente.

 

Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio. ¿Quién puede comprenderlo? Jeremías 17:9 NVI

 

Y, para ser honesto, eso no cambió de la noche a la mañana. Lo que sí cambió fue mi comprensión de la gracia. El domingo, mientras cantábamos en la iglesia, una verdad volvió a golpear mi corazón. Dios conoce cada una de mis fallas. Conoce las que ya cometí y las que todavía cometeré. Conoce mis momentos de integridad y también aquellos de los que me avergüenzo. Sin embargo, no me pide que llegue ante Él con un historial perfecto. Me pide algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: que confiese, que me arrepienta y que crea.

 

Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad. 1 Juan 1:9 NVI

 

Que crea que la sangre de Cristo fue suficiente. Que crea que soy perdonado. Que crea que, aun cuando vuelva a tropezar, encontraré en Él un Padre dispuesto a restaurarme. Por muchos años escuché esa verdad, pero en el fondo la traducía de otra manera: "Dios te perdonará, pero ya está cansado de vos". Sin embargo, el evangelio dice algo diferente. Dice que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. No para que peque más, sino para que deje de huir.

 

¿Qué concluiremos? ¿Vamos a persistir en el pecado para que la gracia abunde? ¡De ninguna manera! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él? Romanos 6:1-2 NVI

 

Porque la gracia no es una licencia para pecar. La gracia es la libertad de dejar de esconderme. Es la seguridad de que mi peor fracaso no tiene la última palabra. Es la fuerza para volver a levantarme cuando he caído. Es el gozo de saber que soy más amado de lo que merezco y más perdonado de lo que alcanzo a comprender.

 

Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir la misericordia y encontrar la gracia que nos ayuden oportunamente. Hebreos 4:16 NVI

 

Y paradójicamente, cuando esa verdad desciende de la cabeza al corazón, el pecado pierde parte de su atractivo. Ya no obedezco para ganar aceptación; obedezco porque ya fui aceptado en Cristo. Entonces quito el foco de mí mismo y pongo los ojos en Él. Y es allí donde encuentro la fuerza para ser libre. Ya no lucho para que Dios me ame; lucho porque sé que me ama. Ya no camino para alcanzar su gracia; camino porque su gracia me alcanzó primero.

 

Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús, pues por medio de él la ley del Espíritu de vida te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte. Romanos 8:1-2 NVI

 

Descubro algo aún más maravilloso: me encuentro capacitado para dar de gracia lo que de gracia he recibido. Puedo perdonar porque he sido perdonado. Puedo amar porque he sido amado. Puedo extender misericordia porque la misericordia de Dios ha sido extendida hacia mí una y otra vez. Al final, la gracia no me dio una licencia para pecar. Me dio una razón para amar a Aquel que me perdonó y una fuerza nueva para caminar en libertad.

 

Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Hebreos 12:2 NVI

 

ORACIÓN:

Señor, gracias por un perdón tan inmenso y por una salvación tan grande que jamás podré merecer ni comprender por completo. Gracias porque, aun conociendo mis fallas, me invitas a acercarme confiadamente a Tu presencia. Allí encuentro misericordia, restauración y el gozo de saber que soy amado y aceptado en Cristo. Que ese gozo sea mi fuerza para resistir la tentación, caminar en libertad y vivir de una manera que te honre. Y así como he recibido gracia de Ti, ayúdame a extenderla a quienes me rodean. Amén.

 

https://www.youtube.com/watch?v=jsXVjLAK6PM&list=RDjsXVjLAK6PM&start_radio=1

No hay comentarios: