CONTIGO APRENDÍ

Así que, desde que supimos de ustedes, no dejamos de tenerlos presentes en nuestras oraciones. Le pedimos a Dios que les dé pleno conocimiento de su voluntad y que les conceda sabiduría y comprensión espiritual. Colosenses 1:9 NTV

 

Ser padre es un privilegio y una de las cosas más hermosas y divertidas que puede existir en la vida. Por supuesto, también es una gran responsabilidad que puede llegar a pesar y hacernos sentir incompetentes para tan inmensa tarea. Se dice popularmente que no existe un manual para serlo, y mucho menos que cada hijo traiga su propio instructivo de acuerdo con su temperamento y personalidad.

 

Ha pasado el tiempo y lejos está aquel simulacro de padre que, a sus dieciocho años, se estrenó en uno de los nombramientos más importantes que me han sido asignados en toda mi vida: padre. El otro título es esposo, pero hoy no hablaré de este último y me centraré en el primero. Hago la aclaración de que, en ambos casos, la lista de fracasos es más grande que la de éxitos.

 

Una de las frases más hermosas que me ha tocado escuchar a lo largo de estos años, en mis pobres intentos de desempeñarme en ese rol, ha sido: “Contigo aprendí”. No hay satisfacción más grande ni motivo que haga brotar lágrimas de nuestros ojos que escuchar esas palabras de los labios de un hijo o una hija que, con un corazón agradecido, expresa sin reparos algunas de las cosas bonitas que pudimos enseñarles.

 

Estoy convencido de que las hernias discales en la región lumbar son un trofeo de éxito en la faena de enseñar a caminar y luego a montar bicicleta a ese pequeño ser que anhela poder desplazarse a mayor velocidad y con independencia sobre dos extremidades y luego dos ruedas. Y también lo es el nerviosismo que, años más tarde, les haría sudar las manos mientras sujetaban el timón de un automóvil.

 

¡Qué decir de las horas invertidas enseñando las vocales y luego el abecedario, para que después no pararan de leer las etiquetas, los rótulos y toda cosa que se les atravesara en el camino! Sus garabatos y aquella hoja con la impronta de su nombre escrito por primera vez. Sus dibujos, los cuales nunca serán superados por las obras maestras colgadas en el MoMA, el Centro Pompidou o el Louvre. Verlos despejar ecuaciones que evocan el recuerdo de aquel uno más uno que se representaba con manzanas.

 

Pero hay una parte dolorosa en todo esto, porque no se imparte solamente lo que se enseña, sino también lo que somos. Y también les heredamos conductas, hábitos y respuestas equivocadas, inteligencia emocional y pecado. Notarlo es una estaca que atraviesa los sentidos y es casi mortal cuando lo escuchamos decir. Una de las imágenes más perturbadoras que he presenciado en mi vida fue ver a una chica compartiendo su adicción a una sustancia con su progenitora. Esto me lleva a pensar: ¿cuántas cosas nocivas he heredado a mis generaciones?

 

Cuando Adán pecó, el pecado entró en el mundo. El pecado de Adán introdujo la muerte, de modo que la muerte se extendió a todos, porque todos pecaron. Romanos 5:12 NTV

 

Tenemos una naturaleza inclinada al pecado, una herencia con la que todos tenemos que lidiar, y hacer caso omiso de ella puede convertirse en uno de los mayores fracasos de nuestra vida. Pensar que era intrínsecamente bueno fue una de las mayores debacles de mi vida y la causa de algunas de mis peores decisiones. Llegar a la conclusión de que nada bueno había en mí me llevó a uno de los momentos más oscuros de mi vida.

 

Pues soy pecador de nacimiento, así es, desde el momento en que me concibió mi madre. Salmos 51:5 NTV

 

Pero también aprendí que fui creado de una manera maravillosa (Salmo 139), que soy obra maestra de Dios (Efesios 2:10), además de único e irrepetible. Sí, nací con una naturaleza inclinada al pecado, y esto es muy importante: hay una degeneración que, si no es detenida, me llevará a la destrucción. Desde Adán y Eva, la muerte entró en la humanidad (Romanos 5), y el ser humano y sus pensamientos tienen una tendencia continua hacia el mal (Génesis 6). No hay un solo hombre o mujer que, por sí solo, pueda salir de este círculo.

 

No hay una sola persona en la tierra que siempre sea buena y nunca peque. Eclesiastés 7:20 NTV

 

Y entonces descubrí que yo también tenía un Padre. Porque si de mi padre terrenal heredé cosas buenas y malas, necesitaba conocer a un Padre cuya naturaleza no estuviera dañada por el pecado. Un Padre que no solamente me dijera qué hacer, sino que me enseñara quién soy. Y fue allí donde comenzó otra historia.

 

Yo había aprendido a ser padre observando, intentando, equivocándome y volviendo a intentar. Pero cuando conocí a Dios como Padre, descubrí que antes de enseñarles algo a mis hijos, yo necesitaba aprender a ser hijo. Y sí, había un manual, donde se narran historias de desaciertos y fracasos, de hombres y mujeres, que al igual que yo lo intentaron a su modo. Pero principalmente narra la historia de un padre que no se cansa de hacer el bien a sus hijos.

 

Y ustedes no han recibido un espíritu que los esclavice al miedo. En cambio, recibieron el Espíritu de Dios cuando él los adoptó como sus propios hijos. Ahora lo llamamos «Abba, Padre». Pues su Espíritu se une a nuestro espíritu para confirmar que somos hijos de Dios. Romanos 8:15-16 NTV

 

Yo también tenía un Padre. No un padre perfecto, porque ningún padre terrenal lo es, sino un Padre cuya naturaleza no está corrompida por el pecado. Un Padre que no necesitaba aprender a amar, porque Él es amor; que no necesitaba aprender a perdonar, porque su misericordia es eterna; que no tenía que descubrir cómo tratar conmigo, porque me conocía desde antes de que yo pudiera conocerlo. Y quizás lo primero que tuve que aprender fue precisamente eso: que antes de intentar ser un buen padre, necesitaba aprender a ser un buen hijo.

 

Todo lo que es bueno y perfecto es un regalo que desciende a nosotros de parte de Dios nuestro Padre, quien creó todas las luces de los cielos. Él nunca cambia ni varía como una sombra en movimiento. Santiago 1:17 NTV

 

Durante mucho tiempo pensé que mi relación con Dios dependía de qué tan bien me portara, de cuánto hiciera, de cuánto leyera la Biblia, de cuánto orara o de qué tan lejos lograra mantenerme del pecado. Sin darme cuenta, había convertido mi relación con Él en una especie de evaluación permanente: si hacía las cosas bien, merecía acercarme; si fallaba, debía esconderme. Pero contigo aprendí algo completamente diferente. Aprendí que antes de hacer cosas para Ti, Tú ya habías hecho algo por mí. Que no me amabas porque fuera bueno, sino que tu amor estaba transformando aquello que en mí no era bueno. Aprendí que la gracia no era un premio para quien se portaba bien, sino un regalo para quien reconoce que no puede salvarse a sí mismo.

 

Pero Dios es tan rico en misericordia, y nos amó tanto, que, a pesar de que estábamos muertos por causa de nuestros pecados, nos dio vida cuando levantó a Cristo de los muertos. Efesios 2:4-5 NTV

 

Contigo aprendí que podía acercarme a Ti con mis errores, mis contradicciones, mis heridas y hasta con aquellas partes de mí que preferiría que nadie conociera. No porque el pecado dejara de ser pecado, sino porque descubrí que tu gracia era más grande que mi pecado. Aprendí que reconocer mi incapacidad no era una sentencia de muerte, sino el comienzo de una vida diferente. Que podía decir “me equivoqué” sin que eso significara “soy un fracaso”. Que podía pedir perdón sin tener que esconderme detrás de excusas. Que podía comenzar otra vez. Y quizás una de las cosas más difíciles para alguien que ha pasado buena parte de su vida intentando demostrar que puede con todo es aceptar que delante del Padre no tengo que demostrar nada. Puedo simplemente ser su hijo.

 

Así que acerquémonos con toda confianza al trono de la gracia de nuestro Dios. Allí recibiremos su misericordia y encontraremos la gracia que nos ayudará cuando más la necesitemos. Hebreos 4:16 NTV

 

También aprendí que un padre no solamente enseña con lo que dice, sino con la manera en que vive. Y ahí fue donde comencé a entender cuánto necesitaba que Tú cambiaras cosas en mí. Porque yo podía intentar enseñarles a mis hijos a perdonar, pero primero necesitaba aprender a perdonar. Podía decirles que fueran humildes, mientras todavía luchaba con mi orgullo. Podía hablarles de controlar el enojo, mientras yo seguía reaccionando impulsivamente. Podía pedirles que confiaran en Dios mientras yo intentaba controlar cada circunstancia de mi propia vida. Y entonces entendí que la transformación que necesitaba no era solamente para mí. Había generaciones detrás de mí que podían recibir algo diferente si yo permitía que Tú hicieras en mí una obra que yo solo no podía hacer.

 

Y todo esto es un regalo de Dios, quien nos acercó a sí mismo por medio de Cristo y nos dio la tarea de reconciliarnos con los demás. 2 Corintios 5:18 NTV

 

Contigo aprendí también que mi pasado podía explicar muchas cosas, pero no tenía que determinarlo todo. Pude reconocer aquello que recibí de mis padres, aquello que aprendí de mi entorno, las conductas que adopté, las heridas que cargué y las respuestas equivocadas que fui construyendo a lo largo de los años. Algunas cosas no las escogí; simplemente las recibí. Pero también descubrí que en Cristo podía comenzar una historia diferente. No podía cambiar la familia en la que nací, pero sí podía permitir que Tú cambiaras lo que esa historia produciría a través de mí. Y eso fue profundamente liberador. Porque ya no tenía que vivir condenado a repetir lo que había recibido. La gracia podía interrumpir una cadena que parecía destinada a continuar.

 

Esto significa que todo el que pertenece a Cristo se ha convertido en una persona nueva. La vida antigua ha pasado, ¡una nueva vida ha comenzado! 2 Corintios 5:17 NTV

 

Y quizás aquí es donde empiezo a comprender de una manera diferente aquella frase que tanto me conmueve cuando la escucho de mis hijos: “Contigo aprendí”. Porque ahora sé que muchas de las cosas buenas que ellos pudieron aprender de mí, yo primero las aprendí de Ti. Si alguna vez aprendieron de mí a pedir perdón, primero Tú me enseñaste a reconocer mis errores. Si aprendieron a levantarse después de caer, primero Tú me levantaste. Si alguna vez encontraron en mí paciencia, probablemente fue porque Tú tuviste paciencia conmigo. Si recibieron amor, no puedo atribuírmelo completamente, porque antes de que yo pudiera amarlos, Tú me enseñaste lo que significa ser amado por un Padre.

 

Nosotros amamos porque él nos amó primero. 1 Juan 4:19 NVI

 

Y entonces la frase comenzó a tener otro significado. Ya no era solamente un reconocimiento hacia el padre que enseña a sus hijos. Se convirtió también en una confesión de un hijo que mira hacia su Padre y reconoce de dónde recibió todo aquello que ahora puede entregar. Porque yo no llegué hasta aquí por mi propia sabiduría, ni porque finalmente descubrí cómo ser un buen hombre, un buen esposo o padre. Llegué hasta aquí por gracia. Una gracia que me encontró cuando yo todavía no sabía que la necesitaba, que me confrontó cuando pensaba que estaba bien, que me levantó cuando había caído y que poco a poco comenzó a enseñarme que ser hijo era mucho más importante que aparentar ser perfecto.

 

Pues por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe. Esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios. Efesios 2:8 NTV

 

Ahora entiendo que quizá el mayor legado que puedo dejarles a mis hijos no sea lo que les enseñé a hacer, cuánto dinero pude dejarles, los lugares que visitamos, los consejos que les di o incluso la cantidad de errores que logré evitar. Quizás sea algo mucho más sencillo y mucho más profundo: que ellos puedan descubrir también al Padre. Que puedan saber que existe un Dios al que pueden volver cuando se equivocan, un Padre al que pueden llamar cuando tienen miedo, un Dios que no se cansa de recibirlos y cuya gracia es suficientemente grande para alcanzar incluso aquello que nosotros mismos hemos dañado.

 

Porque si algo he aprendido después de tantos años de intentar ser padre, es que no necesito entregarle hijos perfectos a la siguiente generación. Necesito enseñarles, con mi propia vida, dónde está el Padre perfecto. Y si alguna vez mis hijos pueden mirar hacia atrás y decir que conmigo aprendieron algo bueno, mi respuesta ya no será solamente una sonrisa llena de orgullo y lágrimas en los ojos. Será también una mirada hacia arriba, llena de gratitud, porque ahora sé que detrás de cada cosa buena que pude transmitir había alguien que me la había enseñado primero.

 

De Ti, Jesús, aprendí a llamar a Dios Padre. Tú eres el regalo más hermoso y valioso que Él nos ha dado, porque en Ti no solo recibimos salvación: recibimos al Padre. Y, como dice una vieja canción: “Contigo aprendí que yo nací el día en que te conocí”.

 

“Miren con cuánto amor nos ama nuestro Padre que nos permite ser llamados hijos de Dios. ¡Y lo somos! 1 Juan 3:1 NTV

 

ORACIÓN:

Padre, que hermoso es poder pronunciar esa palabra, saber que no soy huérfano y que, aunque muera, nuestros hijos, que son primeramente tuyos, siempre tendrán un lugar seguro a donde acudir. Cuantas cosas aún tengo que aprender y que bueno saber que tendré una eternidad contigo. No quiero llevarme esa verdad solo para mí, ayúdame a compartirla con todo aquel que necesita aprender que tiene un Padre eterno y amoroso. Amén.

 

Lily & Ray… y nuestros hijos, Sindy, Pame, Emanuel, Paula, Saris y Abbie.

https://www.youtube.com/watch?v=bZF5-Om1HLw&list=RDbZF5-Om1HLw&start_radio=1

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