Jesús siempre usaba historias y ejemplos como estos cuando hablaba a las multitudes. De hecho, nunca les hablaba sin usar parábolas. Mateo 13:34 NTV
—¡Rásquele a su chilpayate! —repetía una y otra vez aquel
hombre, mientras mis hijos lo observaban fascinados, esperando con impaciencia
la siguiente ocurrencia que seguramente terminaría provocando otra explosión de
carcajadas.
Estábamos en una feria del libro, en el enorme salón del
Parque de la Industria. Habíamos recorrido los anaqueles con los ojos embotados
de tantas posibilidades de lectura y con el deseo frustrado de llevarnos a casa
todos aquellos ejemplares que hojeábamos. Todavía recuerdo ese aroma a papel y
tinta de impresión que parecía ejercer una especie de hechizo sobre nosotros.
Cada libro prometía una aventura diferente, un mundo por descubrir, personajes
por conocer y experiencias que probablemente nunca viviríamos fuera de aquellas
páginas.
El lugar estaba lleno de personajes de todo tipo, desde los
más bohemios hasta los intelectuales, pero predominaba la alegría desinhibida
de los niños. Yo disfrutaba de la compañía de mis pequeños, de edades bastante
diferentes, y deseaba inculcarles el amor por la lectura. Aunque el presupuesto
no nos permitía comprar todo lo que queríamos, estaba convencido de que pocas
cosas podían compararse con una buena historia.
Sin embargo, aquel hombre, con su peculiar manera de contar
cuentos, me enseñó algo que no había considerado. Las risas espontáneas, los
ojos brillantes y la atención de mis hijos me hicieron comprender que no se
trataba solamente de una buena historia, sino de una historia bien contada.
Había algo extraordinario en su manera de utilizar las
palabras, los gestos, las pausas y, especialmente, aquellas frases que repetía
una y otra vez. Lo curioso era que, lejos de perder su gracia por la
repetición, parecían volverse cada vez más divertidas. Los niños anticipaban lo
que vendría, esperaban el momento preciso y estallaban en risas como si lo
escucharan por primera vez.
Aquel día comprendí que tenía a mi alcance un recurso
maravilloso que no dependía de cuánto dinero llevara en el bolsillo: mi
imaginación, mis palabras y el tiempo que todavía podía compartir con ellos.
Quizá no podía comprarles todos los libros que deseábamos, pero podía
regalarles historias. Y, mejor aún, podíamos construirlas juntos.
Así comenzaron a surgir pequeños relatos durante las
veladas, los viajes en autobús y, más adelante, incluso en nuestras
conversaciones por las redes sociales. Existía una ciudad oculta de gatos, todo
un submundo escondido detrás de las paredes y debajo de las casas, donde
seguramente ocurrían cosas que los humanos jamás imaginábamos. También estaban
las aventuras de la familia Delgado y la Gordillo, Pescadito, el gato de
Estambul, una oruga en el jardín y aquella familia de cinco.
No eran grandes obras literarias ni relatos demasiado
elaborados. Los personajes aparecían en situaciones absurdas, enfrentaban
dificultades inesperadas y protagonizaban aventuras que desafiaban cualquier
lógica. Había frases que se repetían una y otra vez, expresiones que terminaron
formando parte de nuestro lenguaje y que bastaba mencionar para provocar una
sonrisa cómplice.
Con el tiempo, aquellas historias fueron convirtiéndose en
algo más que entretenimiento. Eran espacios donde podíamos encontrarnos,
compartir sentimientos, expresar sueños, hablar de frustraciones y, en
ocasiones, decir indirectamente aquello que no sabíamos expresar de otra
manera. Sin darme cuenta, mientras les contaba historias a mis hijos, estábamos
construyendo una historia juntos. Y había algo más que entonces necesitaba
desesperadamente: mantener abiertos los puentes hacia sus corazones.
Mis malas decisiones habían provocado heridas y fracturas en
nuestra relación. Había capítulos de nuestra historia familiar que no eran
precisamente motivo de orgullo. Decisiones que afectaron a personas que amaba
profundamente, consecuencias que no podía deshacer y momentos que, si hubiera
tenido la oportunidad, habría querido vivir de una manera muy diferente. Pero
la vida no nos permite arrancar las páginas que ya hemos escrito.
No siempre encontraba las palabras adecuadas para acercarme
a mis hijos. Seguramente había conversaciones que ninguno de nosotros sabía
cómo comenzar, preguntas difíciles de responder y sentimientos que todavía no
encontraban la manera de expresarse. Sin embargo, las historias nos permitían
encontrarnos en un territorio donde todavía podíamos reír, imaginar y
compartir.
Aquellos cuentos no borraban las heridas ni resolvían por sí
solos nuestras dificultades. Tampoco sustituían las conversaciones necesarias,
las disculpas sinceras o los cambios que debía hacer. Pero nos ayudaban a
conservar algo precioso: la posibilidad de seguir acercándonos. Hoy, cuando
recuerdo aquellas experiencias, pienso en el enorme poder que puede tener una
historia para alcanzar el corazón humano.
Contaremos a la siguiente generación las gloriosas obras
del Señor, su poder y sus grandes maravillas. Salmos 78:4 NTV
Quizá por eso me conmueve tanto la manera en que Jesús
enseñaba. El Maestro tenía la capacidad de comunicar las verdades más profundas
utilizando las cosas más sencillas. No necesitaba grandes escenarios ni
complicadas explicaciones para llevar a sus oyentes a reflexionar sobre la
eternidad.
Hablaba de semillas que caían en diferentes terrenos, de
ovejas que se extraviaban, de monedas perdidas, de trabajadores en una viña, de
pescadores que lanzaban sus redes y de hombres que construían sus casas sobre
distintos fundamentos. Historias tomadas de la vida cotidiana que contenían
verdades capaces de confrontar las convicciones más profundas de quienes las
escuchaban.
Jesús no contaba historias solamente para entretener. Sus
parábolas revelaban el carácter de Dios, confrontaban la dureza del corazón y
desafiaban a sus oyentes a responder a la verdad. Algunos escuchaban y
comprendían; otros, aunque oían las mismas palabras, permanecían indiferentes. Y
entre todas aquellas historias hay una que siempre me ha parecido
particularmente conmovedora: la de un padre y sus dos hijos.
Pocos días después, el hijo menor empacó sus pertenencias
y se mudó a una tierra distante, donde derrochó todo su dinero en una vida
desenfrenada. Lucas 15:13 NTV
Uno de ellos decidió marcharse de casa, exigir su herencia y
desperdiciarla viviendo como mejor le parecía. Cuando lo perdió todo, terminó
en una situación tan miserable que deseaba alimentarse con la comida de los
cerdos. Finalmente, reconoció su condición y decidió regresar, dispuesto a
pedirle a su padre que lo recibiera, ya no como hijo, sino como uno de sus
trabajadores.
Pero Jesús introduce un detalle extraordinario. Mientras el
muchacho todavía estaba lejos, su padre lo vio venir. No esperó sentado a que
llegara para reprocharle sus decisiones. Corrió a su encuentro, lo abrazó y lo
besó. Antes de que pudiera terminar su discurso de arrepentimiento, el padre ya
había comenzado a restaurar públicamente su dignidad.
Entonces regresó a la casa de su padre, y cuando todavía
estaba lejos, su padre lo vio llegar. Lleno de amor y de compasión, corrió
hacia su hijo, lo abrazó y lo besó. Lucas 15:20 NTV
Qué manera tan extraordinaria de contar una historia. Jesús
no necesitó explicar extensamente cómo es el corazón del Padre celestial. Nos
permitió contemplarlo en aquel hombre que corría hacia su hijo perdido. Y la
historia no termina allí. Había otro hijo, uno que nunca se había marchado
físicamente de casa, pero cuyo corazón también estaba lejos de comprender el
amor de su padre. Se había quedado, había trabajado y había obedecido, pero
parecía entender su relación familiar más como una obligación que como un
privilegio.
El padre salió también a buscarlo. ¡Qué imagen tan poderosa!
Un padre que sale al encuentro del hijo que se fue y también del que se quedó.
Dos hijos con corazones diferentes, pero igualmente necesitados de comprender
el amor que habían recibido.
Y entonces comienzo a descubrir algo todavía más
maravilloso: aquella parábola no es una historia aislada. Es una pequeña
ventana hacia la gran historia que Dios ha venido revelando desde el principio.
Porque, si lo pensamos detenidamente, la Biblia entera nos cuenta la historia
de un Dios amoroso que busca restaurar su relación con una humanidad caída.
Dios miró todo lo que había hecho y consideró que era muy
bueno. Vino la noche y llegó la mañana: ese fue el sexto día. Génesis 1:31 NVI
En sus primeras páginas encontramos a Dios creando un mundo
bueno, lleno de vida, belleza y propósito. Al ser humano lo formó a su imagen,
le concedió dignidad y lo invitó a vivir en comunión con Él. No fuimos creados
para la soledad, la vergüenza o el temor, sino para disfrutar de una relación
con nuestro Creador.
Sin embargo, el pecado entró en aquella historia. La
confianza fue reemplazada por la sospecha, la obediencia por la rebeldía y la
comunión por el distanciamiento. Adán y Eva, que antes disfrutaban de la
presencia de Dios, terminaron escondiéndose entre los árboles del jardín. Y
entonces aparece una de las preguntas más conmovedoras de toda la Escritura.
Cuando el día comenzó a refrescar, el hombre y la mujer
oyeron que Dios el Señor andaba recorriendo el jardín; entonces corrieron a
esconderse entre los árboles para que Dios no los viera. Pero Dios el Señor
llamó al hombre y le dijo: ―¿Dónde estás? Génesis 3:8-9 NVI
Dios sabía dónde estaba Adán. No necesitaba información
sobre su ubicación. Aquella pregunta ponía al descubierto la ruptura que el
pecado había provocado y llamaba al hombre a salir de su escondite. ¡Cuántas
veces nosotros también hemos intentado escondernos! Detrás de las excusas, de
nuestras ocupaciones, de la apariencia de tenerlo todo bajo control o de la
vergüenza por aquello que hicimos. A veces nos alejamos porque creemos que Dios
solamente quiere recordarnos nuestros errores, cuando en realidad somos
nosotros quienes necesitamos reconocer nuestra condición y volver a Él.
Desde aquel jardín, la historia bíblica continúa mostrando
las consecuencias del pecado y la fidelidad de Dios a sus promesas. Generación
tras generación encontramos seres humanos que fallan, familias que se
fracturan, pueblos que se rebelan y personas que, aun habiendo experimentado su
bondad, vuelven a apartarse de sus caminos.
Pero también encontramos a un Dios que llama, hace pactos,
corrige, sostiene, perdona y cumple lo que promete. No es una historia de
personas extraordinarias que lograron ganarse el favor divino mediante una
conducta impecable. Es, una y otra vez, la historia de un Dios
extraordinariamente fiel que obra en medio de personas profundamente
imperfectas.
Pero este es el nuevo pacto que haré con el pueblo de
Israel después de esos días —dice el Señor —. Pondré mis instrucciones en lo
más profundo de ellos y las escribiré en su corazón. Yo seré su Dios, y ellos
serán mi pueblo. Jeremías 31:33 NTV
Y esa historia alcanza su momento culminante cuando el Hijo
de Dios entra en nuestra humanidad. Jesús no vino solamente a contarnos cómo es
el Padre. Vino a mostrárnoslo con su propia vida. Tocó a quienes otros
rechazaban, se acercó a los pecadores, recibió a los despreciados, confrontó la
hipocresía religiosa y anunció buenas noticias a quienes habían perdido la
esperanza. Pero hizo mucho más que enseñarnos acerca del amor. Entregó su vida
para reconciliarnos con Dios.
Pues el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar a los
que están perdidos. Lucas 19:10 NTV
Aquí es donde la historia se vuelve verdaderamente
extraordinaria. El Dios santo, contra quien nos rebelamos, tomó la iniciativa
de rescatarnos. No porque nuestras decisiones fueran insignificantes ni porque
el pecado careciera de consecuencias, sino porque su amor es inmensamente mayor
de lo que alcanzamos a comprender.
En la cruz, Jesús cargó con nuestros pecados. Su muerte y
resurrección abrieron el camino para que quienes estábamos separados de Dios
pudiéramos ser reconciliados con Él. La restauración que jamás habríamos podido
conseguir por nuestros propios méritos nos fue ofrecida por gracia, mediante la
fe.
Dios los salvó por su gracia cuando creyeron. Ustedes no
tienen ningún mérito en eso; es un regalo de Dios. Efesios 2:8 NTV
¡Qué maravillosa noticia para quienes tenemos capítulos de
nuestra historia que quisiéramos borrar! La gracia no significa que nuestras
malas decisiones no hayan causado daño. No elimina automáticamente las
consecuencias, no borra los recuerdos dolorosos ni nos exime de asumir nuestra
responsabilidad. Pero nos anuncia algo que jamás podríamos conseguir por
nosotros mismos: que nuestro pasado no tiene que ser la última palabra sobre
nuestra relación con Dios.
En Cristo hay perdón, reconciliación y una vida nueva. Y esa
gracia, cuando verdaderamente la recibimos, no nos deja indiferentes. Nos mueve
al arrepentimiento, nos enseña a reconocer nuestros errores, nos da humildad
para pedir perdón y nos capacita para comenzar a vivir de una manera diferente.
No podemos exigir que las personas a quienes lastimamos
olviden lo sucedido. Tampoco podemos apresurar los procesos de restauración.
Pero sí podemos permitir que el Señor transforme nuestro corazón y aprender a
amar de una manera más parecida a la suya.
Esto significa que todo el que pertenece a Cristo se ha
convertido en una persona nueva. La vida antigua ha pasado; ¡una nueva vida ha
comenzado! 2 Corintios 5:17 NTV
Hoy miro hacia atrás y recuerdo aquellos cuentos que
inventaba para mis hijos. No sé cuánto conservarán en su memoria de aquella
ciudad escondida detrás de las paredes, de Pescadito, de la familia Delgado y
la Gordillo o de las aventuras que nos acompañaban durante nuestros viajes.
Quizá algunas historias se mezclaron, otras se olvidaron y algunas frases
todavía tengan el poder de arrancarnos una sonrisa.
Pero me gusta pensar que, detrás de aquellos personajes
imaginarios, permanece el recuerdo de momentos en los que pudimos encontrarnos.
Y al contemplar mi propia historia, con sus aciertos y sus dolorosas
equivocaciones, descubro que la gracia de Dios ha sido mucho más grande que mi
capacidad de comprenderla.
No siempre fui el padre que habría querido ser. Tampoco he
sido el esposo, el amigo o el discípulo que debí haber sido en cada
circunstancia. He tomado decisiones equivocadas, he lastimado a personas que
amo y he tenido que enfrentar consecuencias que habría preferido evitar. Pero
Dios no me ha abandonado.
Y estoy seguro de que Dios, quien comenzó la buena obra
en ustedes, la continuará hasta que quede completamente terminada el día que
Cristo Jesús vuelva. Filipenses 1:6 NTV
Su paciencia no convierte mis errores en virtudes, ni su
misericordia hace que el daño desaparezca. Sin embargo, me ha permitido
reconocer mis faltas, aprender, pedir perdón y descubrir que todavía hay
oportunidades para amar, servir y hacer el bien. Y mientras pienso en esto, me
doy cuenta de que hay algo mucho más grande que las historias que alguna vez
les conté a mis hijos.
Yo también soy parte de una historia de redención. Una
historia que no comenzó con mis esfuerzos por ser mejor persona, sino con el
amor de un Dios que me buscó cuando estaba perdido. Una historia cuyo
protagonista no soy yo, sino Jesucristo, quien me amó y se entregó por mí. Y lo
más extraordinario es que la historia de Dios no termina con nuestra
reconciliación individual. La Biblia concluye mostrándonos la esperanza de una
creación restaurada, donde el pecado, el sufrimiento y la muerte ya no tendrán
lugar, y donde Dios habitará para siempre con su pueblo.
Oí una potente voz que provenía del trono y decía:
«¡Aquí, entre los seres humanos, está el santuario de Dios! Él habitará en
medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su
Dios. Apocalipsis 21:3 NVI
Desde aquel jardín donde el hombre se escondió de la
presencia de Dios hasta esta promesa gloriosa de habitar eternamente con Él,
encontramos el desarrollo de una misma historia de redención. ¡Qué
extraordinaria es la gracia de Dios!
Tal vez también tienes recuerdos que preferirías olvidar,
relaciones que necesitan ser restauradas o capítulos de tu vida que todavía te
producen vergüenza. Quizá has intentado compensar tus errores haciendo cosas
buenas, esforzándote por demostrar que has cambiado o procurando convencerte de
que el pasado ya no importa.
Al probar Jesús el vinagre, dijo: ―Todo se ha cumplido.
Luego inclinó la cabeza y entregó el espíritu. Juan 19:30 NVI
Pero la buena noticia del evangelio no es que podamos
escribir una historia suficientemente hermosa para que Dios nos acepte. La
buena noticia es que Jesús vino a rescatarnos cuando nuestra historia estaba
marcada por el pecado y no podíamos salvarnos a nosotros mismos. Su gracia no
depende de que nuestro pasado haya sido perfecto. Depende de la obra perfecta
de Cristo.
Por eso, mientras todavía tengamos vida, tenemos
oportunidades para contar lo que Dios ha hecho, reconocer nuestros errores,
construir puentes, sembrar esperanza y dejar un testimonio de su bondad a
quienes vienen detrás de nosotros. Quizá no podamos cambiar las historias que
ya vivimos, pero sí podemos rendirle a Dios nuestro presente y confiarle
nuestro futuro.
Nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto
y oído. Hechos 4:20 NVI
Y cuando alguien escuche nuestra historia, ojalá no termine
admirando nuestra capacidad de levantarnos, nuestra perseverancia o nuestros
logros. Ojalá pueda descubrir, detrás de cada nueva oportunidad, la paciencia,
la misericordia y el amor inmerecido de nuestro Salvador. Porque, al final, la
historia más maravillosa que podemos contar no es la de todo lo que hemos hecho
por Dios, sino la de todo lo que Dios ha hecho por nosotros a través de
Jesucristo.
¡Cuenta historias! Cuenta sus maravillas, su fidelidad y su
gracia. Y mientras lo haces, recuerda que tu propia vida puede convertirse en
un testimonio de ese amor extraordinario. Que cuando otros escuchen nuestra
historia, terminen maravillados por la gracia de Dios.
¡Canten al
Señor una nueva canción! ¡Que toda la tierra cante al Señor! Canten al Señor,
alaben su nombre; cada día anuncien las buenas noticias de que él salva.
Anuncien sus gloriosas obras entre las naciones; cuéntenles a todos las cosas
asombrosas que él hace. Salmos 96:1-3 NTV
ORACIÓN:
Padre, ¡qué
hermoso es poder llamarte así! Gracias, Jesús, por tu obediencia sencilla pero
extraordinaria, por tu manera tan radical de amar y vivir, y por tu sacrificio
en la cruz, con el que compraste mi libertad. Gracias, Espíritu Santo, porque
el mismo poder que resucitó a Jesús de entre los muertos habita hoy en mí. Mi
historia todavía no ha terminado, pero sé que el final está en tus manos.
Gracias por buscarme, por amarme y por hacerme parte de tu maravillosa historia
de redención. Amén.
Lily & Ray
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